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Ser padre, giro de 180° en la vida

La estación

Pedro Cabrera Quijano (*)

Es posible que no exista el padre perfecto porque cada ser humano es distinto, tiene una educación propia, tiene valores propios, distinta su manera de ver el mundo, pero muchos de nosotros podemos presumir que tuvimos al mejor papá y que somos muchos más quienes intentamos heredar un mundo mejor a nuestros hijos.

Cada tercer domingo de junio se conmemora en el país el Día del Padre, es decir, este domingo 16 estaremos de manteles largos. A diferencia de los días de la Madre o del Niño, esta celebración carece de una fecha fija; se pensó en los domingos para estar en compañía de los jefes de familia en su día de descanso, pero en el mundo actual las exigencias económicas muchas veces no permiten ya el descanso dominical a los festejados.

Esa es la principal reclamación de hoy. Muchos padres escuchan en sus casas un juego de palabras: que independientemente de su profesión, oficio o trabajo su función es “de jardinero”, es decir, para dejar dinero, pues las obligaciones laborales roban hoy el tiempo que antaño se dedicaba a la familia.

El 6 de mayo pasado, el príncipe Guillermo de Inglaterra saludó el nacimiento del primer hijo de su hermano Enrique, con una expresión de acogida poco reconfortante: “Bienvenido a la sociedad de la privación del sueño”. La pérdida de horas de dormir no es, sin embargo, la mayor alteración en la vida de un padre, el cambio es más profundo.

Con los hijos nacen también temores desconocidos. Por ejemplo, el miedo a morir, con lo que implica dejar a la familia sin papá o peor aún, que nuestros hijos nos dejen antes de tiempo. Lo sufrimos esta semana con el indescriptible dolor, con la profunda impotencia que nos causó el caso de Norberto, el joven universitario víctima de secuestro. A unas horas de su graduación, en la capital del país, el crimen organizado cobró una vida más, la de un muchacho oriundo de Chihuahua, cuyos familiares pagaron el rescate que solicitaron los plagiarios, pero éstos lo privaron de la vida.

No sé si los plagiarios tengan hijos, posiblemente sí ya que de todo hay en la viña del Señor, como lo podemos ver en los juzgados civiles y penales donde hay padres con demandas de manutención, de abusos sexuales o de violencia familiar, pero no puedo ni remotamente pensar cómo los secuestradores acabaron con la vida del estudiante de Mercadotecnia de una manera tan desalmada. Norberto no es una cifra más, es el futuro, es la esperanza, es el sueño, es la ilusión que tiene todo padre de familia, él representa la culminación de años de esfuerzo por dotar a nuestros hijos de una carrera, de medios propios para que vuelen con sus propias alas.

Pero somos más los padres de familia que presumimos los detalles que recibimos de los hijos desde que éstos eran unos párvulos: cartas escritas con garabatos del corazón, manitas de colores plasmadas en hojas blancas o en playeras, tasas con la leyenda “El mejor papá del mundo”, camisetas con los logos de superhéroes y la leyenda “Súper papá” o con estampas de los personajes de caricatura preferida de los niños.

Somos más los padres de familia a los que nos enorgullece escuchar sus primeras palabras y sus primeros pasos. También nos emociona su primer día en la guardería o en la escuela. Nuestra vida da un giro de 180 grados al convertirnos en padres porque nuestros hijos nos enseñan a ver la vida de manera diferente, a comprender y valorar a nuestros papás.

En recientes reportajes de Valentina Boeta Madera, el Diario nos informó que a diferencia de lo que sucede con la mayoría de las mujeres, a quienes la expectativa de tener un hijo las motiva a informarse de los cambios biológicos y sociales que conlleva la maternidad, en los varones no suele haber una preparación para esta etapa, en especial para afrontar la paradoja de trabajar para que no falte nada en la casa y a la vez querer estar más tiempo con la familia y disfrutar a los hijos.

No ha desaparecido del todo la figura del padre ajeno al cuidado del niño y las tareas de la casa, pero los roles se han modificado y hoy a muchos papás nos toca lavar biberones, cambiar pañales, bañar al bebé. Aprendemos a valorar el tiempo que pasamos con los hijos porque ahora crecen muy rápido; en un abrir y cerrar de ojos de preescolar pasan a la primaria, en otro parpadeo ya están en la adolescencia y… lo inevitable: hijos chicos problemas chicos, hijos grandes problemas grandes.

Los especialistas en terapia familiar nos enseñan que la paternidad no dura unos cuantos años. Los niños ríen, te abrazan, pero no es sino hasta que llegan a la juventud y la adultez cuando, si aún nos abrazan y respetan, podemos decir que cubrimos el rol de ser papá. Para lograrlo, la paternidad tiene un precio llamado responsabilidad.

Los retos del Yucatán de hoy nos exigen abandonar la comodidad. No podemos delegar el cuidado y las responsabilidades de la crianza de los hijos exclusivamente a la mamá. Al asumir nuestra responsabilidad ponemos mayor cuidado en los gastos, sacrificamos gustos personales, ponemos reglas por la vía del diálogo, nos acercamos, escuchamos a los hijos y logramos valorar con toda profundidad el gran trabajo que hizo nuestro papá.— Mérida, Yucatán.

pedrocabreraq@hotmail.com

Empresario

 

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