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Sergio Aguayo: Puertos cautivos

Sergio Aguayo
Sergio Aguayo, colaborador de Diario de Yucatán

Arriesgada apuesta presidencial por la militarización

La decisión presidencial de entregar aduanas y puertos a las fuerzas militares ¿es un error garrafal o una confirmación de su genialidad? Revisemos la evidencia.

El 2 de julio, en el Diario Oficial de la Federación, se publicó el “Programa Sectorial de Seguridad”. En ningún lado se menciona el polémico cambio. Enumero los hechos que posiblemente influyeron en la decisión.

El 8 y 9 de julio, el presidente visitó Washington, donde hay una gran preocupación por los estragos que está causando el consumo de fentanilo en Estados Unidos, siendo que una parte importante les llega desde México.

Ello se enlaza con la fuerte presencia del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en Manzanillo y Lázaro Cárdenas, los dos puertos de entrada del opiáceo importado de Asia. Ese grupo, además de retar al Estado mexicano, hace un mes atentó, en las Lomas de Chapultepec, contra el secretario de Seguridad de la CDMX. Los antecedentes explican lo acontecido.

Una semana después de que el presidente regresara a México, anunció haber “tomado la decisión” de que los militares se encargarán de puertos y aduanas terrestres. Para subrayar su autoridad, recurrió a la primera persona: “acabo de darlo a conocer al Gabinete de Seguridad”, dijo. Y lo hizo, porque el “mal manejo del puerto”, facilitaba “la corrupción, el contrabando y la introducción de droga al territorio nacional por estos puertos”. Un reproche durísimo a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), cuyo titular (Javier Jiménez Espriú) tomó la única salida digna que le quedaba: renunciar.

El presidente aceleró el paso. Fuentes confiables me aseguran que durante la reunión del Gabinete de Seguridad en Oaxaca (viernes 24 de julio) el presidente pidió al secretario de Marina la lista de almirantes y vicealmirantes retirados que administrarán los puertos. Le puso de plazo el primero de agosto, aunque Manzanillo y Lázaro Cárdenas son tan prioritarios, que al día siguiente ya tenía los nombres de quienes se ocuparán de ellos. Para cerrar la pinza, se llevó a una funcionaria de su confianza (la secretaria de Gobierno capitalino) para administrar los puertos desde la SCT.

Se confirma un patrón. Para ganar las elecciones, el presidente convocó a una coalición amplísima; para enfrentarse a los grandes problemas nacionales, recurre a sus leales y excluye a los recién llegados o a los cuadros del régimen previo.

Una excepción son los militares. Cuando se siente rebasado, llama a los uniformados, siempre dispuestos a cumplir órdenes tan diversas como quitar zargazo y construir sucursales bancarias.

Se expresa con fuerza el voluntarismo de un presidente convencido de que, si él pudo ganar la presidencia pese a tantos obstáculos, cualquiera puede controlar un puerto. Lo confirma esta bravata: “ni modo que sea tan complicado saber la importancia que tiene el comercio exterior y cómo recaudar los impuestos”. La realidad es más complicada.

Los puertos y aduanas son enclaves de una mafia clandestina integrada por funcionarios, criminales y empresarios acostumbrados a controlarlos. Los almirantes recién nombrados ocuparán los niveles más altos de la jerarquía, pero afrontarán un dilema poco atendido. La operación de puertos y aduanas tiene una dimensión técnica bastante complicada.

Los marinos pueden aprender, por supuesto, pero si lo hacen estarán confirmando la militarización, entendida como la sustitución permanente del personal que ejecuta esas tareas. Si se quedan en la cúpula, difícilmente domarán, purgarán o limpiarán las estructuras corrompidas.

Un problema adicional me lo comentó este fin de semana un marino de alto rango. Recupero las frases centrales: “La Marina está muy desgastada … sus efectivos están muy trabajados ... no hay mucho de donde agarrar … todo está siendo muy apresurado … puede ser caótico”.

¿Funcionará el experimento? ¿Sabrán coordinarse marinos y civiles o se crearán cuellos de ineptitudes que asfixien al comercio exterior? ¿Resistirán los uniformados la corrupción? Carezco de respuestas, pero tengo una opinión final.

No me gustan los militares en puertos y aduanas, ni el estilo atrabancado del presidente. Me agrada menos, mucho menos, que estén en manos de criminales y corruptos. La solución no es ideal, pero es razonable en el corto plazo. Por el bien de México, espero que funcione. (Colaboró: Alfonso David Aparicio Bolaños. Incorporé algunas sugerencias de Rodrigo Peña González).— Boston, Massachusetts.

@sergioaguayo

Investigador y analista

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