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“¿Tienen aquí algo de comer?”

 

El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

En un continuum de la sencillez radical con la que Jesús de Nazaret se condujese en el arco de su tiempo histórico y para acabar de convencer a sus discípulos de que ahora es el Viviente, y según se lee en el capítulo 24 el evangelio de Lucas, les pregunta: “’¿Tienen aquí algo de comer?’. Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos”. Así y de esta manera vuelve a introducir a quienes le siguieran, en el horizonte de la comensalidad, signo que fuera para el Maestro el referente máximo de la praxis del Reino de Dios.

Vale apuntar que por comensalidad hay que entender la mesa compartida, sí, pero no únicamente como un acto social en torno a los alimentos, sino como toda una experiencia que construye la igualdad fraterna propia de la causa de Jesús. Y es que en el mundo mediterráneo del siglo I la comida viene a ser considerada una ceremonia —un acontecimiento regular y predecible— en la que se reafirman o se legitiman los roles en el contexto de una comunidad, ya que el pequeño mundo de la comida viene a ser como reflejo de la red extensa de las relaciones sociales. Lógica y correlativamente, las comidas se celebran entre iguales que comparten, a más de una misma posición social, un conjunto de ideas y valores que los identifica dentro de una suerte de exclusivismo.

Ahora bien, la comensalidad en la praxis del Maestro hace saltar por los aires los códigos sociales de su tiempo y su cultura.

Así lo practica con un publicano venido a discípulo: “Leví le ofreció en su casa un gran banquete. Había un gran número de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y sus escribas refunfuñaban diciendo a los discípulos: ‘¿Cómo es que comen y beben con los publicanos y pecadores?’”. Y así lo predica y enseña.

Y así lo entendieron los discípulos del Galileo después que éste resucitara, tal como consigna el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles: “Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno (…) y con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón…”. Hay, empero, que señalar que esta perspectiva ideal y radical de la comunidad cristiana de la primera hora, encuentra pronto dificultades. Y graves. Y es que, en la medida que el Evangelio se extiende por el mundo mediterráneo, se estrella con la rigidez implacable de la estratificación social del medio urbano, cosa que impacta, precisamente, la igualdad de la comensalidad cristiana en tanto que quienes pertenecen a segmentos elitistas vienen a ser totalmente excluidos familiar y socialmente si comen con gente considerada como de clase inferior.

Una alternativa vino a ser la degeneración de la comensalidad, tal como reprocha Pablo a los cristianos de Corintio: “Cuando se reúnen, pues, en común, eso no es comer la cena del Señor; porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. ¿No tienen casas para comer y beber? ¿O es que deprecian a la iglesia de Dios y avergüenzan a los que no tienen?”. Peor aún resultan las cosas en la comunidad de la que da cuenta la Carta de Santiago: “Supongamos que entra en su asamblea un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido andrajoso; y que dirigen su mirada al que lleva el vestido espléndido y le dicen: ‘Tú, siéntate aquí, en un buen sitio’; y en cambio al pobre le dicen: ‘Tú, quédate ahí de pie’, o ‘Siéntate a mis pies’. ¿No sería esto hacer distinciones entre ustedes y ser jueces con criterios malos?”.

A partir de entonces y hasta hoy, los discípulos de Jesús de Nazaret viven la tensión derivada del desafío continuo del Evangelio para devolver la calidad de igualdad fraterna, en el contexto de la sencillez, a la comensalidad vivida y expresada no sólo en la celebración de la Cena del Señor, sino en todos los ámbitos del horizonte socioeconómico —como lo hiciera el Crucificado Resucitado— en su dimensión de crítica a la desigualdad socioeconómica, pero también como espacio alternativo para quienes, desde la fe o la increencia, buscan honestamente la praxis del Reino de Dios.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

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