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Tipos, logotipos y estereotipos

Ver, oír y contar

Olegario M. Moguel Bernal (*)

Por razones del azar, ¿o del destino? ayer recibí un mensaje de whatsapp de los que se agradecen. Contiene el vínculo a un catálogo de artistas plásticos de toda época, lo mismo Rembrandt que Cézanne, Monet que Goya, Botero que Frida… entre más de un centenar.

El suculento menú lleva, si se pica en la imagen de un artista, a una muestra de sus obras principales. Uno puede dedicar horas, días a disfrutar el archivo en cuestión.

Las imágenes son una forma de comunicación maravillosa. Antes de Gutenberg, nos recuerda el desaparecido (así les dicen a los muertos, aunque en el caso de éste difícilmente lo haga) Umberto Eco en un lúcido (como todo lo que escribía) ensayo de 1996, la principal vía de comunicación, además de la oral, eran las imágenes plasmadas en los muros de las catedrales e iglesias. Sí, una magnífica forma de comunicación hasta hoy.

Las imágenes, empero, suelen alimentar los estereotipos. Y eso puede ser un problema. Este engullimiento de moldes sociales no sería tan relevante de no usarse para la educación del pueblo. Todos hemos caído víctimas de estereotipos, no solo por encajar en ellos sino también por encuadrar a otros en los esquemas mentales que nos formamos y nos formaron.

Ahí está el estereotipo de la juventud disipada, rebelde y despreocupada, cuando la realidad nos da no pocos ejemplos de jóvenes que día a día construyen su futuro y el de su país a punta de esfuerzo y dedicación. Hay jóvenes disipados y rebeldes, claro, pero no es regla general.

Los anuncios en vídeo manejan el estereotipo de la familia feliz, o la señora que no para de sonreír aunque le estén taladrando las muelas en el dentista, o el varón que regresa a casa alegre y risueño después del trabajo aunque venga de lo que pudo ser una ardua jornada destapando caños o picando piedra en las profundidades de una mina. O qué tal el niño pequeño que no deja de reír en todos los momentos de su vida (según el anuncio), cuando en realidad se la pasa berreando.

Cuando los estereotipos salen de la pantalla y se aterrizan en la vida real suelen llevarnos a discusiones serias sobre temas de enorme relevancia o, por el contrario, a decidir sobre asuntos banales si se les compara con otros verdaderamente preocupantes en el mundo. Dos ejemplos de este último punto: uno, al equipo de fútbol americano Pieles Rojas de Washington le quitaron el mote, se asume que por considerarse despectivo, de otra forma no habría razón.

Y dos, a la masa y a la miel para hot cakes Tia Jemina le cambiarán el nombre y, por supuesto la imagen, en junio próximo. Después de 131 años dejará de aparecer el rostro de una mujer afroamericana en la etiqueta. La pregunta es cuánto mitigan estas medidas una ofensa centenaria que tiene su cabeza más visible en una rodilla aprisionando el cuello de un hombre de raza negra hasta asfixiarlo. No deja de ser un tema de reflexión. Pero ese no es el sentido del comentario de hoy.

Volvamos a los estereotipos. ¡Vaya que los diseñadores tienen difícil la tarea de no caer en los manidos de siempre!: el niño feliz, la madre abnegada, el papá con bigote y serio, las bellas y delgadas mujeres felices y viceversa… Hay trabajos de diseño verdaderamente sorprendentes que esquivan estos moldes con elegancia y creatividad plausibles.

Pero no sucede así en todos los casos. El ejemplo menos feliz tiene que ver con un tema ampliamente socorrido en la actualidad: la campaña de vacunación anti-Covid a personas mayores de 60 años. Las imágenes hablan por sí solas: una viejita de pelo blanco con chongo y lentes en la punta de la nariz, y el marido (se asume) con escaso cabello blanco del mismo color que el de ella. Ambos llevan suéter y, por si fuera poco, bastón. Los dos lucen ligera barriga y miran al frente con una actitud resignada ante la vida, casi despidiéndose de este mundo. ¡Por favor!

El estereotipo está basando en ideas de los años 60 y 70, cuando la esperanza de vida en el país era mucho menor que la actual. Según datos del Banco Mundial, en 1960 tener 60 años o más implicaba rebasar la esperanza de vida del mexicano, que era de 57.08 años. Una década después subió a 61.36. Tener 60 años en aquel entonces, con el ritmo de vida más lento que ahora y una interacción social extremadamente menor que la actual, implicaba ser un anciano, estar en la tercera edad, ser un adulto mayor o de la forma cada vez más eufemística que se le quiera llamar.

Además, los paradigmas sociales condenaban actitudes que entonces no encajaban con personas de esa edad, como practicar ejercicio exigente o, en el caso de las mujeres, maquillarse. El estereotipo era de viejitos sentados en un mullido sillón, él leyendo y ella bordando.

El gobierno que hoy conduce el país basa una buena parte de su comunicación en estereotipar, entendido el concepto como “fijar mediante su repetición frecuente un gesto, una frase…”, convirtiendo o buscando convertir esto en una “imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”. Eso dice la Real Academia.

El problema es que los estereotipos que se intentan sembrar pueden ser falsos a todas luces. Si bien de suyo cuesta imaginar a un par de personajes decrépitos como los de la campaña de vacunación formados en espera de su dosis, más difícil es visualizarlos luego de leer la cristalina descripción del doctor Sergio Aguayo sobre las horas que pasó en la fila para ser vacunado.

Aguayo, un brillante y activo pensador y reputado analista, está a años luz de encajar en el molde de esa malograda comunicación visual. La actriz Maribel Guardia, de quien se han hecho memes formada con su escultural cuerpo en la fila de mayores de 60, es el vivo ejemplo de lo falaz de la campaña. Bueno, ni Chabelo, otro clientazo de los memes, que el miércoles pasado cumplió 86 años, ajusta en el modelito de marras. Tampoco el exfutbolista Carlos Reinoso ni el exbeisbolista Dusty Baker, quienes ya se vacunaron.

Que la cabeza del gobierno encargado de esa campaña encaje con el modelo no significa que todos lo hagan.

En el México de hoy, tener sesenta años es momento de hacer planes, no de darlos por finalizados. Cifras del Banco Mundial y el Inegi arrojan que la esperanza de vida del mexicano no dejó de crecer hasta hace una década. En 1980 fue de 66.55 años; en el 90, 70.87; en el 2000, 74.34; en el 2010, 74.8. Al cierre de esa década bajó por primera vez, pues en 2005 fue de 75.3 años. Para 2015 volvió a bajar, para quedar en 74.7. Pero en 2020, según el censo recién salido del horno, volvimos a subir, a 75.2 años. Vale decir que el dato de 2020 se tomó en el ínterin de la pandemia, por lo que no refleja el impacto total de los decesos causados por el Covid-19.

Es evidente, por tanto, que el estereotipo, el molde que nos presentan en la irritante campaña está totalmente fuera de época. El tema obliga a preguntarnos cuántas ideas mentales propias del México de ayer están marcando la pauta de decisiones de la mayor relevancia para el futuro del país.

Mientras el mundo ve con asombro el descenso de la sonda Perseverance en Marte, nosotros seguimos con estereotipos rupestres.

(El catálogo con el que comencé este comentario puede consultarse aquí: https://bit.ly/3bmg2iz).— Mérida, Yucatán.

olegario.moguel@megamedia.com.mx

@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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