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Tres funerales de Joe Biden

Antonio Salgado Borge

El nuevo presidente de Estados Unidos

Antonio Salgado Borge (*)

1972 tendría que haber sido uno de los años más felices en la vida de Joe Biden. Después de un desgastante esfuerzo, contra todo pronóstico, su austera campaña como candidato a senador por Delaware resultó exitosa. Sin embargo, días antes de tomar posesión de su asiento en el Senado, el joven candidato de apenas 29 años recibió una noticia que marcó su vida: su esposa y su hija de nueve años habían fallecido en un accidente automovilístico. Sus dos hijos varones, de dos y tres años, sobrevivieron al impacto.

Devastado, Biden estuvo a punto de renunciar a su puesto en el senado para atender a su familia. No lo hizo. Sus compañeros en el senado, incluyendo los líderes del Partido Republicano, lo arroparon y le dieron todas las facilidades para que pudiese viajar frecuentemente a cuidar a sus hijos. Esta experiencia marcó políticamente al nuevo senador: aprendió que la política implicaba hacer alianzas sobre asuntos en común y que sus adversarios políticos no eran necesariamente sus enemigos. Este fue el primer funeral de Joe Biden. Y también su primer renacimiento.

Tras quince años en el Senado, ambicioso, el joven Biden se sintió listo para aspirar a la presidencia. En 1987, decidió lanzar su precampaña dentro del Partido Demócrata. Su participación fue un desastre por todos los flancos. En primer lugar, la posición del senador fue consistente con su idea original de privilegiar la presentación sobre la discusión de asuntos. Es decir, más allá del contenido o de propuestas estructuradas, la apuesta fue que la presentación y el carisma de Biden sería una locomotora capaz de jalar toda una campaña. Lo contrario fue cierto: el candidato adquirió fama de improvisado y de ser una persona que hablaba mucho tan sólo para enredarse en sus propias palabras.

En segundo lugar, Biden fue descubierto plagiando partes del discurso de un político británico. Aunque en un principio, el precandidato demócrata citaba a su fuente, en al menos un par de ocasiones no lo hizo y, en un hecho adicionalmente bochornoso, incluso asumió detalles biográficos del autor como propios. Esto coincide con un patrón de conducta común en el Joe Biden de aquella época: inflar su currículum. Por ejemplo, llegó a decir falsamente que fue herido de bala en Vietnam o que tenía tres títulos universitarios.

Un año después, Biden fue internado de emergencia en un hospital debido a un aneurisma craneal. Se estimaba que sus posibilidades de sobrevivir eran bajas. Tan es así, que incluso se le dio la unción de los enfermos. Pero después de varias intervenciones y tras permanecer en cama tres meses, su vida fue salvada. Paradojas de la vida, si no hubiese salido de la competencia interna de su partido, probablemente Biden no estaría con vida.

Esta experiencia fue el segundo funeral de Joe Biden. Pero el político demócrata volvió a renacer. Y lo hizo consciente de que la vida le había dado una “segunda oportunidad”. Dado que las nuevas oportunidades son escasas, Biden se comprometió consigo mismo a no desaprovecharla.

Transformación

Con treinta años adicionales sobre sus espaldas, en 2007 el hombre que apostaba por las “apariencias” se había transformado gradualmente en un individuo interesado en la sustancia, al punto de convertirse en una voz autorizada para hablar de política exterior y en una figura mundialmente conocida por su conocimiento de contextos y líderes mundiales.

Esto no es todo, Biden había aprendido a mirar esa faceta de su yo del pasado con desprecio e incluso la repudió públicamente: “El punto fundamental es que cometí un error y que este error nació de mi arrogancia. No merecía ser presidente”. Como suele pasar a muchos seres humanos, con el tiempo el senador Biden evolucionó y rectificó su ruta.

Biden no dejó de hablar en privado hasta por los codos. Distintos testimonios le describen como una persona capaz de conversar con cualquier ser humano a su alrededor y de hablar 90% del tiempo. Sin embargo, aprendió a ser institucional y preciso en su discurso público. Cuando alguien le preguntó en un debate si había aprendido a medir sus palabras, su respuesta fue perfecta: “sí”.

En 2008, Joe Biden se sintió verdaderamente preparado para buscar la presidencia de Estados Unidos. Su segunda precampaña dentro del Partido Demócrata se topó con un gigante: Barack Obama. Pronto fue claro que Biden no tendría ninguna posibilidad de derrotar a su colega senador, así que terminó suspendiendo su campaña. Sin embargo, algo muy importante ganó en este proceso: la admiración de Obama.

En particular, el expresidente quedó sorprendido por la capacidad de Biden de manejar asuntos de política exterior. En consecuencia, lo invitó primero a ser su asesor en este tema y luego a hacer mancuerna con él como candidato a la vicepresidencia.

Inicialmente, Biden rechazó la propuesta. Toda su vida había sido su propio jefe y no se podía ver trabajando para otra persona. Pero, de acuerdo con una persona con acceso a la pareja, su actual esposa Jill Biden terminó convenciéndole. Cuando Joe preguntó, “¿cómo podré manejar esta situación?”, Jill le respondió: “madura”.

Y Joe Biden maduró. Aceptó el cargo y terminó por convertirse en una pieza clave dentro de la nueva administración. Obama incluso afirmó públicamente que elegir a su colega senador como vicepresidente había sido la mejor decisión que había tomado. Por su parte, un año después Biden confesó a un periodista que cuando tomó la presidencia todavía tenía dudas y pensaba que el sería mejor presidente que Obama, pero que ahora no tenía duda: “El hombre correcto ganó. Yo sólo estoy verdaderamente orgulloso de estar asociado con él”.

En 2015, Biden consideró por tercera vez ser el candidato del Partido Demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Pero la segunda gran tragedia de su vida se interpuso en su camino: su adorado hijo Beau murió de cáncer. Este evento le quitó toda su fuerza física y mental. Por ende, terminó apoyando la campaña de Hillary Clinton. Menos de cuatro años después, Biden se sintió capaz de buscar nuevamente la presidencia de Estados Unidos. Este fue el tercer funeral de Joe Biden. Y, como en los anteriores, de éste renació transformado.

La semana pasada, a sus 78 años, Joe Biden se convirtió en el presidente número 46 de Estados Unidos con la promesa de unir a su país y de rescatarle del estercolero heredado por su predecesor. Apenas llegó a la Casa Blanca firmó 17 órdenes ejecutivas que, en los hechos, tiran abajo algunas de las peores políticas del trumpismo. Por ejemplo, Estados Unidos regresará al acuerdo de París para luchar contra la emergencia climática, apoyará a la OMS, protegerá a los niños migrantes de ser deportados, detendrá la construcción del muro y dejará de prohibir a musulmanes a Estados Unidos.

El gobierno de Biden también anunció que combatirá la pandemia con toda la fuerza del Estado y con el respaldo de la ciencia. En el mismo sentido se mejorará drásticamente el apoyo económico a las personas más afectadas. A mediano plazo, el esfuerzo estará enfocado en reducir la desigualdad y atender a las personas que han sido olvidadas por gobiernos anteriores.

Además, el gabinete de Biden será el más diverso de la historia de Estados Unidos. Menos del 50% de sus integrantes son personas blancas, incluyendo al primer secretario de defensa negro y a la primera mujer transexual. Biden también ha firmado decretos para proteger a las personas Lgbti de la discriminación en espacios gubernamentales —-algo que Trump trató de eliminar—. Finalmente, Biden tiene la meta firme de regresar a Estados Unidos a los acuerdos que Trump deshizo con sus aliados.

El nuevo presidente estadounidense no es un hombre perfecto o inmaculado. Estamos ante una persona curtida en Washington —con todo lo que eso implica— y que como cualquier presidente representará, en primer lugar, los intereses de sus gobernadas y gobernados.

Sin embargo, dadas las circunstancias, Joe Biden parece encontrarse en el momento y en el lugar adecuado. Su historia es la de un hombre que ha caído y que se ha levantado transformado; un individuo que se encuentra en el mejor momento de su carrera y que no busca protagonismos o reflectores, sino “rescatar el alma” del país que todo le ha quitado y que todo le ha dado.

En eso hay que creerle a Biden. Tres funerales y tres renacimientos dan cuenta de que, si las almas existen, el actual presidente de Estados Unidos tiene experiencia rescatándolas.— Edimburgo, Reino Unido

Con información del libro Joe Biden: una nueva era (Evan Osnos, 2020).

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (Itesm)

 

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