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Trilogía lunar

Foto: Megamedia

Lunar, lunera, lunática…

María Teresa Mézquita Méndez (*)

Era el tiempo de los hombres-naturaleza, de las mujeres que iluminaban su tejido con la plata lunar y miraban al cielo como quien mira una promesa. Era el tiempo de la insondable Tierra, infinita en su horizonte curvo y absoluto, tan misteriosa como oscura.

Era el tiempo en el que, seres humanos al fin, ellos y ellas unieron sus fuerzas en cientos y miles y construyeron palacios y monumentos, y elevaron montañas artificiales, controlaron los estados de la materia, dominaron el fuego, descubrieron que cada semilla crecía en una nueva vida vegetal, observaron que la lluvia era cíclica y que el trueno era tan poderoso que podía cambiar el paisaje en un instante.

Habitantes planetarios, ávidos de aprendizaje, ingenuos y entusiasmados, encauzaron el enorme, exorbitante poder de su imaginación hasta revolucionar la Tierra con su pensamiento, imponerse a los demás seres vivos y también a sus propios congéneres.

Pero todavía miraban al cielo. Miraban, miraban… y allí, orbitando a casi 400 mil kilómetros de distancia de la Tierra, su brillo de plata les formulaba espejismos de rostros y conejos y les decía “aquí estoy, aquí en la distancia, y no solo controlo ciclos hormonales, cosechas y episodios de lucidez y locura. No solo soy diosa, mitología y anécdota. Soy también un territorio real, de cráteres y valles, de amaneceres distintos y de silencio y de noche. Y sobre todo, y para ustedes, soy todavía un territorio aún por conquistar”.

Segundo

Y el sueño se volvió meta y objetivo. Se anotó en un libro de actas, se presupuestó y calendarizó. El sueño lunar se convirtió en proyecto, dejó de ser inaudito e imposible, emprendió el progresista camino de la viabilidad y la prospección.

En la mira, la Luna se acercaba cada vez más gracias a aquellos hombres y mujeres que pavimentaron la ruta astronómica con fórmulas matemáticas, ecuaciones precisas, cálculos, experimentos, pruebas, ensayos, errores, éxitos y certidumbres.

Fue la ciencia, la magia de la verdad, la que hizo el milagro. Y así, hace medio siglo la alcanzaron. Y no había ni rostro ni liebre, ni rodajas de queso, ni los encantamientos mágicos de la mitológica Selene, ni siquiera hombres lobo transformados bajo su luz. Era un paisaje desolado, devastadora postal de inhabitable horizonte, que aún ocupado e invadido era de por sí inhóspito y agreste.

Pero allí estuvieron y dejaron su huella. La conquista de la Luna: cúspide de los deseos, esperanza de la humanidad, deificado logro del verano del 69, el 20 de julio hace 50 años. Y es que alcanzarla no era el fin; era el medio para demostrar cuán grandes somos, qué lejos podíamos llegar, cuántas fuerzas teníamos, cuánta energía, y en qué seres todopoderosos nos habíamos convertido.

Tercero

Millones la vieron estar al alcance de la mano y hoy se han dado cuenta que poseerla tampoco era el signo de los tiempos nuevos y mejores. No fue el triunfo ni el laurel. Siguió su marcha implacable el planeta del exterminio y del cansancio, llegó inclemente el tercer milenio y su desencanto, con sus habitantes hiperocupados, alimentados de transgénicos, saturados, hastiados, hechos de angustia y desazón. El nuevo siglo sin originalidad ni esperanza.

Habrá que regresar a aquellos primeros tiempos. Desandar nuestros pasos, desaprender y mirar otra vez con los ojos nuevos de los seres viejos al satélite de nuestra Tierra, allí, en su órbita distante, en su luminosa faz, y recuperar la mitología, la anécdota, la liebre y el lobo. Verla con una mirada pura que la descubra como hace millones de años, como cada vez que un niño la conoce por vez primera, como cada noche que comienza un nuevo ciclo. En fin, como es ella, la Luna: nuestra Luna.

Periodista y promotora cultural, editora e investigadora

 

Homilía del XVI domingo del tiempo ordinario