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Un desafío titánico

La movilidad social

Alejandro Legorreta González (*)

“La sociedad no puede funcionar sin bienestar compartido” —Joseph S. Stiglitz

Roberto y Xitlali nacieron el mismo día en el mismo país. Hijo de ingenieros, Roberto creció en Monterrey, en una economía dinámica; hija de agricultores, Xitlali creció en un pequeño pueblo de Oaxaca. A pesar de que ambos vivieron una infancia sana y divertida, al entrar a la escuela sus mundos empezaron a contrastar radicalmente.

Roberto asistió a una escuela privada en el mismo código postal de su casa, con cursos de fútbol, música, teatro y un importante énfasis en matemáticas e inglés; Xitlali, por su parte, asistió a una escuela pública que estaba a dos horas a pie de su casa, con menos infraestructura, sin biblioteca o internet y sin cursos recreativos.

Siempre curiosa, Xitlali mantuvo calificaciones destacadas hasta que, al final de la primaria, empezó a ayudar en casa en la cocina, con la limpieza y cuidando a su abuelita. Cuando era adolescente, su padre enfermó. Xitlali tuvo que dejar la escuela, mudarse a Ciudad de México y empezar a trabajar en una empresa de limpieza para ayudar a pagar las facturas en casa.

Roberto, con un rendimiento promedio en la escuela, pudo graduarse de la universidad y, gracias a los contactos de sus padres, entrar a una importante firma en la capital. Quizá ambos trabajan en la misma empresa.

Esta historia es la transcripción del video con el cual el Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) presentó recientemente su excelente informe sobre movilidad social en México.

El estudio continúa la tradición de generar evidencia sólida sobre los obstáculos que impiden la movilidad social, ahora desde una dimensión territorial.

El principal hallazgo del informe no solo es que existe una diferencia en oportunidades entre el norte y el sur del país, sino que esta diferencia es enorme.

Según el estudio, el 54% de los mexicanos que nacen en los hogares más pobres del norte del país (los primeros dos quintiles) se quedarán en el mismo nivel económico durante toda la trayectoria de su vida; en el sur (Quintana Roo, Yucatán, Chiapas, Oaxaca, Campeche, Tabasco, Guerrero y Veracruz), el 86%. En el norte, de los que parten de ese escalón social, el 8% llegará al quintil más rico; en el sur solo el 2%.

La desigualdad también se acentúa según el género: las mujeres tienen menos probabilidad de ascender en los estratos y más probabilidad de descender, en parte porque mientras 82% de los hombres participan en el mercado laboral, entre las mujeres ese porcentaje es de 43%.

No es “cultural”

La principal conclusión de toda esta evidencia es que la pobreza en México no es un tema “cultural”, sino de desigualdad de oportunidades.

El país no brinda los servicios públicos o los caminos para que los ciudadanos, como Xitlali, desarrollen al máximo su potencial, aunque así lo deseen, a pesar del talento y el esfuerzo. Quienes más necesitan apoyo no lo reciben.

Esto tiene que cambiar. Tenemos que buscar la igualdad en la calidad de los servicios en educación, salud (con mayor énfasis en prevención y atención en los primeros años de vida), condiciones laborales y protección social para todos los mexicanos.

Los proyectos de vida no deberían depender de las condiciones de origen sino del esfuerzo y capacidades de cada uno. La pobreza no se debería heredar. Avancemos a ese Yucatán y México donde todos tengan la posibilidad de soñar en grande.

En menos de 280 caracteres: Brasil, Panamá y Costa Rica son los países con mayor movilidad social en la región; Honduras, Guatemala, El Salvador y México, los países con menos. Cambiemos el juego.— Mérida, Yucatán.

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