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Una concreción radical del amor

José Rafael Ruz Villamil

Juan 13,31-35

Es lugar común —harto común, por cierto— afirmar que el verbo amar está tan manoseado y desgastado hasta haber perdido todo significado; otro tanto con el concepto amor que, a pesar de algunas acepciones del diccionario de una cierta riqueza, dice poco o nada en el horizonte cotidiano. Con todo y a falta de otras posibilidades en la lengua, tanto el verbo como el concepto siguen siendo necesarios para aproximarse a lo que quizá venga a ser la experiencia fundamental del ser humano. Hay, empero, una otra posibilidad de recuperar el sentido de los vocablos en cuestión: mirar la historia y buscar en el pasado las concreciones del amor que vengan a ilustrar, pero, sobre todo, a inspirar a la persona según se ajusten a la experiencia que tiene o, mejor aún, que quiere tener existencialmente. En este sentido y desde la fe, las concreciones del amor que Jesús de Nazaret hiciera, resultan ser una historia vigente.

Así, el Galileo hizo experimentar el amor a quienes, sin esperanza alguna, vivían sumidos en la grisura de la exclusión y de la calamidad: y es que cada hecho de poder, cada signo —lo que se ha venido a llamar milagros— salido de sus manos y de sus labios, al tiempo que manifiesta la presencia actuante del Reino de Dios, viene a devolver al hombre la dignidad perdida y la confianza en sí mismo a partir de acceder a un futuro promisorio en cuanto que viene de Dios y sólo de Dios como Padre, y no del azar y menos de las decisiones de los poderosos que parecen controlar el devenir.

En un paso más profundo, el amor de Jesús vino, también, a concretarse en esos banquetes de los que dan cuenta los Evangelios, en los que el Maestro hacía mesa común con los excluidos de su tiempo: pecadores, publicanos, prostitutas y más, quienes, merced a la inclusión en la comensalidad, se experimentaban perdonados y, correlativamente, acogidos en la dimensión del Reino de Dios, viviendo así la más genuina liberación.

Ahora bien y en relación con sus discípulos, la exigencia por parte de Jesús del amor a los enemigos parece ser un rasgo de su predicación no sólo inédito, sino sin comparación alguna en la historia del pensamiento religioso: «Han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo les digo: Amen a sus enemigos y rueguen por los que los persigan, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos».

Con todo y siempre en relación con sus discípulos, hay un punto de inflexión por demás impactante, conservado en la tradición del evangelio de Juan, precisamente en ese momento cumbre de la comensalidad que Jesús viviera con los suyos. Es, pues, en el último banquete, en la cena de despedida, cuando el Maestro se pone a sí mismo como el referente más radical de su concreción del amor: en un gesto sorprendente se levanta de la mesa, se despoja del manto, se ciñe una toalla y lava los pies a sus discípulos adoptando un rol, una función simple y sencillamente impensable para decir con hechos el mandamiento nuevo que deja a los suyos: «…que se amen los unos a los otros. Que, como yo los he amado, así se amen también ustedes los unos a los otros. En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros».

Vale apuntar que en aquella Palestina del primer tercio del siglo I y en las clases pudientes, es un esclavo extranjero y pagano —nunca un esclavo judío— el que ha de lavar al paterfamilias la cara, las manos y los pies; y en los segmentos sociales donde las mujeres gobiernan la casa preparando la comida y confeccionando la ropa, son ellas, la esposa y las hijas, quienes cumplen el deber de lavar y ungir a los hombres. Hay, además, la posibilidad de que, para entonces, las prostitutas ofrecieran un lavado de pies entre los mimos propios de su oficio.

Es así que la concreción más radical del amor de Jesús de Nazaret, para sentar los cimientos sobre los cuales construir un mundo signado por la igualdad fraterna, vino a suponer el hacer saltar por los aires los roles y las funciones asignadas para beneficio del establishment —más por motivos económicos que culturales— y que separan, y dividen, y enfrentan a los seres humanos entre sí.

*Presbítero católico

ruzvillamil@gmail.com

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