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Una riqueza mexicana en disputa

Filiberto Pinelo Sansores
Editorial de Filiberto Pinelo Sansores

Por Filiberto Pinelo Sansores (*)

 

 

A diferencia de los gobiernos de la etapa neoliberal, una de cuyas principales fechorías fue entregar el patrimonio de los mexicanos —fueran recursos naturales o empresas del Estado— a particulares, sobre todo, extranjeros, el actual está en el plan de preservar lo poco que dejaron y rescatar lo más posible de lo que enajenaron. No pudieron terminar su obra porque no les alcanzó el tiempo. Cuando estaban en pleno malbaratamiento sonó la alarma y huyeron despavoridos. Hoy, estos mismos —beneficiarios del saqueo— se duelen de que se quiera echar atrás algunas de sus nocivas medidas.

En el campo de la energía eléctrica, como hemos explicado en una entrega anterior, iniciaron un agresivo proceso de privatización cuyo propósito final era hacer desparecer a la CFE a base de ponerla a subsidiar a sus competidores, obligarla a parar muchas de sus plantas, aun cuando fuesen generadoras de energías limpias —como las termoeléctricas, las geotérmicas y la nuclear—, dar preferencia en el despacho de la electricidad a las privadas y arruinar las finanzas de la empresa pública al propiciar la creación de un mercado paralelo en el que 77,767 grandes consumidores del país contratan su consumo directamente con 239 particulares, mediante una falsa figura, la del autoabastecimiento, que les permite usar las redes de la CFE sin pagar.

En el terreno de la minería, los apátridas entregaron millones de hectáreas de tierra a grandes empresas, sobre todo, extranjeras, que han depredado el territorio nacional y dejado una gran estela de contaminación de tierras y aguas y grandes perjuicios para decenas de pueblos que habitan en las regiones donde se asientan, a cambio de pocos beneficios.

Nuestro país tiene una superficie de 200 millones de hectáreas y durante aquel periodo fueron concesionadas 120 millones para la explotación minera, el 75 por ciento de ellas a empresas extranjeras. Sólo en el sexenio de Felipe Calderón se entregaron a compañías mineras 35.5 millones de hectáreas (María Luisa Albores, secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, 19-05-21).

En 15 años, de 2003 a 2018, la industria minera extrajo más de mil 59 toneladas de oro —seis veces lo que se extrajo en 300 años de periodo colonial— y 48 mil 626 toneladas de plata, más del 90 por ciento de lo extraído durante la colonia. ¿En qué ha beneficiado al país ser rico en minerales de todo tipo si los beneficios para el pueblo de su explotación no difieren de los que existían cuando era una colonia? En nada, las empresas mineras son de las más depredadoras del país y sus beneficios engordan carteras ajenas a los pobres bolsillos de los trabajadores mineros o de los pueblos donde se asientan las minas. Llama la atención que los tres empresarios más ricos y más evasores de impuestos de México sean mineros.

Ahora, los grandes especuladores del país y del mundo se frotan las manos ante la posibilidad de que un mineral, el litio, que en los últimos tiempos ha acaparado la atención del mundo, caiga en sus manos. Este bien es muy preciado en el ámbito de las tecnologías más avanzadas por sus cualidades intrínsecas que lo hacen ser un elemento básico en la fabricación de componentes indispensables en la elaboración de artefactos de última generación que se usan en el confort de la vida moderna, y del que disponen muy pocos países. Sirve para producir baterías de distinto tipo como las que requieren los teléfonos celulares o las que usan los automóviles eléctricos. La transición energética tiene en consecuencia mucho que ver con él.

Las empresas transnacionales, como perro que olfatea hueso, se han puesto en posición de asalto hacia los yacimientos que tiene México, listas para engullirse el bocado. Según la compañía de servicios financieros J.P. Morgan, “los precios de este mineral avanzan y esto es sólo el principio”. Se trata, en consecuencia, de un metal estratégico para el país y mal haría su gobierno si no lo preserva y deja, por el contrario, que caigan sobre él empresas que tienen como fin único la ganancia —mientras más grande, mejor— con poco o ningún provecho para los verdaderos dueños de la riqueza que, aun cuando a muchos no les guste, es el conjunto de los mexicanos.

Está demostrado que cuando un país tiene riquezas naturales y no las enajena obtiene beneficios importantes de ellas. Aun cuando los encargados de administrarlas y los gobernantes que los ponen sean grandes ladrones, los beneficios no dejan de producirse. El ejemplo es el petróleo. Durante décadas, el 40 por ciento del presupuesto nacional estuvo integrado con recursos provenientes de él.

Si no hubiera sido por nuestro Oro Negro no se hubieran construido cientos de escuelas, hospitales, carreteras, obras hidráulicas, etc., en nuestro país. Más se hubiera podido hacer si quienes manejaban aquel recurso no hubieran sido tan corruptos. Lo que demuestra que no se puede tirar el agua sucia con todo y niño tal como quieren los neoliberales.

El litio tiene potencial para constituirse en impulsor de una industria nacional que contribuya al desarrollo del país y no al simple enriquecimiento de unos cuantos magnates. De ahí que la iniciativa presidencial proponga incluir este mineral entre los que no pueden ser concesionados a particulares. Esto significa que son empresas del Estado las que se harán cargo de su explotación en beneficio exclusivo de la nación, como debe ser en el caso de riquezas naturales que son de todos y no de nadie en particular.

Está en las mejores tradiciones de México la actitud patriótica de gobernantes que han rescatado o preservado riquezas del país ambicionadas por ricos poderosos, mexicanos o extranjeros, como en su tiempo, con el petróleo y la electricidad. Quienes atacan a AMLO porque se inspira en ellos diciendo que mira al pasado, pretenden no darse cuenta de que —ellos y ellas— también lo miran, aunque no al mismo. Miran al de Santa Anna, que vendió más de la mitad de nuestro territorio, o al de Porfirio Díaz que enajenó nuestros recursos a extranjeros, concentró la riqueza del país en pocas manos y lo volvió una inmensa cárcel para obreros y campesinos. Estos son sus modelos.

El balón está en la cancha del Congreso de la Unión. De él depende el triunfo de una u otra postura, para bien o para mal de la nación.— Mérida, Yucatán.

fipica@prodigy.net.mx

Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa

 

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