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Una salida al mar

Visión a futuro sobre las inundaciones en Mérida

Jorge Alfonso López González (*)

Una salida al mar. Esa es la solución final al gran problema de las inundaciones ocurridas en Yucatán entre junio y octubre de 2020, que afectó la franja costera hasta poco más de 25 km tierra adentro en zonas con elevaciones de terreno o cotas de 5 m.s.n.m. (metros sobre el nivel del mar) o menores y puso en alerta máxima los semáforos climáticos, hidrológicos y meteorológicos; la naturaleza ya habló y el cambio climático dijo presente en la Península.

Algo que no se pensó que ocurriera, ya que se creía que el acuífero peninsular era capaz de infiltrar y drenar toda el agua de lluvia que le cayera, pues ya ocurrió y volverá a ocurrir nuevamente porque los fenómenos climáticos extremos se han estado acortando en el tiempo en todo el mundo.

Pero en esta ocasión no solo fue el agua que llovió, sino que las mareas provocadas por el huracán “Delta” propiciaron una elevación del nivel del mar, lo que detonó un aumento de nivel del agua salada en el agua subterránea, haciendo que la intrusión salina elevara el nivel de agua dulce y eso mantuvo las aguas desbordadas más de un mes (por su densidad el agua dulce siempre está arriba del agua salada).

Ahora que escribo este artículo, a 3 meses de lo ocurrido, las aguas del subsuelo o freáticas han descendido un promedio de 2 metros, por lo que siguen elevadas respecto a los niveles considerados normales.

Ejemplo. Zona norte de la ciudad de Mérida con nivel freático normal a 5 metros de profundidad ahora está a 2, por lo que cualquier lluvia fuerte y de larga duración afectaría nuevamente.

Desde que el planeta existe, con océanos y ríos, la mayoría de las corrientes superficiales y subterráneas desembocan al mar, en tanto la minoría drena a lagos o mares interiores; es la manera como la naturaleza se deshace de las aguas en exceso y le indica al ser humano lo que tienen qué hacer cuando se encuentre con problemas similares. Esto hace que el ciclo hidrológico se repita una y otra vez y se mantenga el equilibrio hídrico, pero la emisión de gases de efecto invernadero ha acelerado el cambio climático y sus efectos los estamos sintiendo en todo el planeta.

Mérida no es ni la primera ni será la última ciudad del mundo en enfrentarse a problemas de este tipo y lo que se requiere es un drenaje pluvial capaz de captar las aguas en exceso y luego dirigirlas al mar distante unos 30 km en promedio. La mayoría de las ciudades costeras del mundo lo hacen, algunas responsablemente dándole un tratamiento a las aguas que ya llevan un grado de contaminación y otras lo hacen vertiendo el agua cruda combinándola con el drenaje sanitario, lo cual es un contaminante directo a las dunas costeras y finalmente al mar.

Las ciudades interiores lejos de la costa, normalmente vierten sus aguas pluviales a ríos y arroyos que finalmente las conducirán al mar, pero Mérida, en particular, y la Península de Yucatán, en general, carecen de escurrimientos superficiales y por ello se requerirá ayudar al terreno a deshacerse de las aguas superficiales en exceso mediante obras de ingeniería que finalmente las conduzcan al mar.

El resolver estos problemas requerirá de una decidida voluntad política en sus tres niveles (municipal, estatal y federal) ya que es un asunto de todos y no de unos cuantos como se pudiera creer.

Lo anterior será el punto de partida para potenciar la presencia de la hidrología como herramienta de planificación urbana y para ello se requiere una agenda municipal hidráulica rectora.

Pasará tiempo y se necesitará inversión pública y una “Política de Estado” para asegurar la continuidad de la obra y que ésta pueda llegar a su fin. El caso deberá estar por encima de colores y partidos en virtud que corresponde a un asunto de seguridad.

En tanto eso sucede, veamos el problema particular de la zona norte del municipio de Mérida, en el punto de quiebre o inflexión localizada en la cota de 5 m.s.n.m. o menos.

Con el crecimiento citadino y la desaparición de áreas verdes naturales, el desarrollo urbano altera notablemente la hidrología de las cuencas y microcuencas donde tiene lugar, disminuyendo la capacidad de infiltración y desagüe natural e incrementando los volúmenes de agua atrapados superficialmente sin tener hacia dónde ir, drenar o fluir.

Los estudios por realizar deberán tener la visión de tomar en cuenta lo anterior para prevenir y mitigar la repercusión que tiene sobre el drenaje un proceso urbanizador que poco toma en cuenta la hidrología de las cuencas naturales preexistentes.

Todo comenzará con soluciones particulares en los fraccionamientos afectados, donde primero se estudiarán los casos de las zonas ya construidas para reducir los riesgos de inundación ante un nuevo ciclo de lluvias máximas e inmediatamente después se tendrán que diseñar soluciones técnicas a base de estudios de hidrología superficial y subterránea en las nuevas zonas por urbanizar.

Es imperativo tener respuestas prontas y precisas emitidas por la autoridad municipal, la cual debiera contar con el aval de una Comisión Estatal de Aguas aún inexistente y/o de la Conagua como instancia federal.

Lo anterior debido a que la velocidad de crecimiento de la ciudad se ha centrado específicamente en esta región del norte y noroeste de Mérida y la franja paralela que corre a ambos lados de la carretera Mérida-Progreso.

Paulatinamente, las zonas de nueva urbanización alcanzarán las comisarías que también resultaron afectadas y ahí entrará la autoridad para construir obras que se alineen a las realizadas por los particulares.

A la luz de lo ocurrido, vale la pena mencionar que las zonas ubicadas en cotas de mayor altitud a los 5 m.s.n.m. del oriente, poniente y sur de la ciudad son menos sensibles a inundarse y el crecimiento de la ciudad debiera mirar éstas regiones como alternativas de desarrollo y crecimiento.

Para que esto se dé, es necesario que exista un Plan Rector y un Proyecto Ejecutivo que considere todas las variables que se pudieran presentar a corto y mediano plazos. Con escepticismo puede pensarse que la obra sería un “elefante blanco” y lo ocurrido en 2020 pasará mucho tiempo para se repita o sea superado, pero eso nadie lo sabe. Lo que sí se tiene la certeza es que el cambio climático es una realidad y la década que concluyó en 2020 fue la más cálida que se tiene registro y seguirá en aumento propiciando eventos climáticos cada vez más intensos con mayores pérdidas económicas y materiales.

Para 2021 la OMM (Organización Meteorológica Mundial) ha pronosticado un año muy activo al menos en el primer semestre.— Mérida, Yucatán.

jorgelopezglez@hotmail.com

Ingeniero, consultor en Hidrología. Maestro de Hidrología e Hidráulica. Universidad Marista de Mérida

 

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