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Vacaciones en pandemia

Editorial

¡No pasa nada!

Edgardo Arredondo Gómez (*)

En el mar la vida es más sabrosa —Osvaldo Farrés

“No pasa nada… por eso nos estamos yendo a la playa el fin de semana. Además compramos todo en Mérida, para no tener que estar comprando en las tienditas..., ni salimos”.

La típica familia yucateca, clase mediera para arriba, como alguien dijera. No hay nada de malo, la señora con tres de sus hijos adolescentes. El viernes en la noche se agrega el papá que tiene que quedarse en Mérida; justo que descanse el fin de semana.

“No hemos ni siquiera festejado nada, odio eso de las caravanas…” El cumpleaños del jefe de la familia fue pasado por alto; sin embargo, al día siguiente, sábado, se reuniría la familia, porque se agregaría el hijo mayor que trabaja en Playa del Carmen y pasaría además por su novia a Valladolid. Al mediodía, por supuesto, las cervezas, los platones con las botanas, afuera en la terraza y, a la una la gran sorpresa: llegaron los compadres con su familia. “Compadrito aunque sea atrasado, te caímos no podíamos dejar pasar este día”.

Alrededor de las tres de la tarde los platos de botanas son rociados por la saliva de los comensales, que tienen que irle subiendo a la voz por la música. Por supuesto nadie con cubrebocas: “faltaba menos, ni que se pusiera también un tapete con gel y desinfectante, ni que les tomáramos la temperatura…”. Alrededor de las seis de la tarde la mirada cómplice de las comadres en sus respectivos celulares. La música es cortada de pronto, ante el disgusto de la chamacada, para dejar entrar al mariachi que con el “Son de la Negra” llega para amenizar.

Apretujados en un espacio reducido, la media docena de hombres se arranca con su repertorio. Todo mundo canta, pocos observan al gordito de la trompeta que en reiteradas ocasiones se voltea y se lleva la mano a la boca controlando los accesos de tos.

“Y aviéntate ésta, compa, ahora tú” y los músicos con el cubrebocas de adorno, porque, obvio, para cantar rancheras se necesita vozarrón de hombre, macho, varón y el cubrebocas…no más no. Y el clímax llega con el “Mariachi loco”, el gordito de la trompeta recobra fuerzas cuando se contonea mientras el aire expulsado de sus pulmones se cuela por el laberinto de tubos de metal, para arrancar unas notas que son expulsadas con miles y miles de microgotas de saliva.

Una hora después, el mariachi se va. Ha caído la noche. Ya no hay cervezas… pero hay trago. Hay movimiento, los jóvenes reunidos llaman a algunos amigos: “hay jale aquí en mi casa del puerto, llégate pero tráete unas chelas” y comienza el desfile: vino, ron, whiskito. A las diez de la noche se comienzan a oír los primeros “¡Compadre… cómo te quiero compadre…salud!”. Abrazados como hermanos, sintiendo cómo Baco está haciendo presencia.

La mesa se ha convertido en un laberinto de botellas y latas vacías, bolsas arrugadas de botanas, limones estrujados secos sin ninguna gota de su néctar, platos sin viandas, algunos convertidos en ceniceros donde reposan decenas de colillas aplastadas. Una hora después los chavos comienzan a inundar con música reguetonera, protestas del festejado: “¡ya no hay mariachi… pon el karaoke!”.

Comienza el concierto: “Compadre ¿éste es mi vaso?”, “ya ni sé compadre, total ya me sé tus secretos”. De pronto aparece una enorme botella de tequila. “¡Arriba, abajo, al centro y pa’ dentro!”. Los vasitos tequileros solo son cuatro, pero pues se comparten, ¡es una afrenta echarse unos “caballitos” en vasos de plástico! Y así la fiesta terminó para algunos en la madrugada, para los más jóvenes hasta que el sol se apareció...

El lunes de regreso a las labores, algunos todavía crudos. Los que pueden trabajar, pero no todos. Don Gaudencio, aquel gordito de la trompeta fue llevado temprano al hospital. Había estado enfermo desde hacía una semana, pero ese sábado había tocada: “¿Cuándo se ha visto un mariachi sin trompeta?”

Plenamente sintomático cuando su instrumento se convirtió en una especie de nebulizador externo, un auténtico concentrador de la carga viral que se dispersó entre los invitados. El pobre músico, gordito y diabético, moriría una semana más tarde después de tres días de estar intubado.

Pero no solo él se ausentó del trabajo. El hijo mayor no viajó a Playa del Carmen, desde el domingo el dolor de cabeza no lo dejaba en paz: “Estoy crudelio”, claro que no le confesó, ni a la novia, el tremendo reventón que tuvo en la Quinta Avenida una semana antes.

En total de la veintena de personas que estuvieron en la reunión: seis fueron positivos a Covid, por cierto los compadres ingresaron al mismo hospital, alguien escuchó que en la fiesta uno de ellos dijera a todo pulmón: “¡Compadrito tú y yo juntos hasta la ignominia… aún más juntos hasta la muerte!”.

Cabe mencionar que el festejado visitó a sus ancianos padres para cortar un pastelito a media semana.

Este relato mitad ficción, mitad verdad, es el clásico prototipo del por qué estamos teniendo esta meseta larga de contagios que no bajan en Yucatán.

Desde luego que no tenemos las cifras de 30 a 35 muertos que llegamos a tener, alguien dijo en aquel entonces: “todos los días se va un autobús de yucatecos al cielo”.

Pero basta ver nuestros hospitalizados que oscilan de 200 a 220 y nuestros fallecidos que van de los 10 a los 12 durante el último mes, para darnos cuenta que no estamos haciendo bien las cosas. Por si fuera poco, la estrategia de vacunación federal no consideró de entrada a los adultos mayores de 60 años en la capital; no soy epidemiólogo, pero por lógica se debió de iniciar en los sitios de mayor concentración y movilidad, tradúzcase: Mérida; pero además, es claro que estamos dejando de hacer lo más importante: restringir la movilidad, ya no se diga sana distancia y cubrebocas..., nos estamos confiando.

De poco sirve cerrar el malecón. Nuestros jóvenes meridanos llevan alrededor de dos meses en reuniones en las casas de las playas, los fines de semana, para burlar el retén del toque de queda en Mérida: “Vamos al reven en la casa de la playa y nos quedamos a dormir”.

Quién es el valiente que se atreve a quitarle el cascabel al gato, clausurar reuniones en casas veraniegas de más de 20 personas: obviamente nadie. Y es aquí donde la autoridad pierde, porque no se trata del ejercicio de la fuerza, estamos perdiendo porque la razón se está debilitando ante el fastidio y el hartazgo de lo prolongado de la pandemia.

¿Qué puede pasar si sacrificamos dos semanas más?, tal vez no más de lo que ya pasó. Los jóvenes, nuestros jóvenes, con su sistema inmune tan vigoroso, deben de estar conscientes de que son el vehículo ideal para transportar el coronavirus y contagiar a sus padres y abuelos cuando regresan de sus fiestas en la playa.

Hagamos un esfuerzo; olvidémonos por un momento de las vacunas, es claro que la estrategia federal tiene otras metas; regresemos a lo esencial… ya habrá tiempo para festejar.— Mérida, Yucatán

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

 

Se espera un ambiente en extremo caluroso