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Verdad y correspondencia

¿Todo es falso?

Antonio Salgado Borge (*)

Es difícil encontrar elementos tan fundamentales para la construcción de la forma en que entendemos el mundo y para la constitución de nuestra civilización como el concepto de “verdad”. Sin embargo, a lo largo de 2017 esta noción aceleró un proceso de erosión que amenaza con volverla irrelevante.

Si bien el significado del término “verdad” es disputable, pocas dudas pueden quedar de que la versión más aceptada es la de “verdad” entendida como correspondencia con la realidad. Por ejemplo, la proposición “la hierba es verde” es verdadera sólo sí hay algo “ahí afuera” —la hierba— y si ese algo “es” —o más correctamente, “es percibido como”— algo color verde. De ahí que para determinar cualquier correspondencia es necesario establecer criterios específicos que garanticen verificabilidad, estabilidad y consistencia.

La noción de “verdad” como correspondencia juega un papel crucial en lo personal y en lo colectivo. (1) En lo personal, la distinción entre verdadero y falso nos permite conformar nuestra ontología; es decir, distinguir entre lo que existe y lo que no. Cuando el conductor de un vehículo percibe un árbol en medio de una calle, normalmente intenta esquivarlo confiando en que “hay un árbol en medio de la calle” es verdad porque el árbol en medio de la calle es un ente concretamente existente.

(2) En lo colectivo, nuestra creencia de que proposiciones como “agua=H2O”, “la Tierra es redonda” o “Mérida está al sur de Progreso” son proposiciones verdaderas es clave lo mismo para el entendimiento científico que para reconocer nuestra posición geográfica en el mundo, hacer todo tipo de cálculos pragmáticos y establecer compromisos sociales. Así, fórmulas, productos, mapas, carreteras y citas dependen de nuestra capacidad de distinguir lo que es verdadero de lo que es falso.

Dados (1) y (2) es claro que los seres humanos no habríamos logrado gran cosa ni podríamos seguir el curso de nuestra civilización como la conocemos sin nuestra noción de verdad; incluso los escépticos pueden reconocer que la teoría de verdad como correspondencia es una invaluable herramienta pragmática.

Por ende, la trivialización o la erosión de nuestra noción de verdad sin un sustituto capaz de reemplazarla con el mismo grado de éxito tendría que preocuparnos a todos. Y, considerando lo visto en 2017, ahora es un buen momento para preocuparnos.

Probablemente la más grande amenaza para nuestro concepto verdad provenga del fenómeno global conocido como “fake news” —o “noticas falsas”—. Por motivos de espacio, no me detendré aquí a analizar (a) la producción y comercialización de basura disfrazada de noticias, sino en (b) el uso de la existencia de esta basura como pretexto para poner en duda la verdad de noticias publicadas en medios serios como “The Guardian”, “The New York Times”, “Reforma”, “sinembargomx” o Diario de Yucatán, y en las consecuencias más amplias de esta tendencia.

Sin duda quien ha popularizado esta estrategia es Donald Trump, quien ha calificado, sin rubor, hechos registrados y documentados que le son adversos como “fake news”. Por ejemplo, “The New York Times” ha reportado la ocurrencia de eventos como “Trump apoyó al candidato Roy Moore”. Este medio ha proporcionado a sus lectores evidencias, como material audiovisual, que lo llevan a defender esta afirmación como verdadera; sin embargo, Trump dice que esto es mentira. El problema de fondo implicado en (b) es que para muchos una exclamación como “no es cierto” es suficiente para descartar la verdad sin importar las evidencias. La idea es que una afirmación como “X es mentira” tiene la capacidad de neutralizar o poner en duda la ocurrencia de un evento sin importar los mecanicismos que normalmente empleamos para validar la verdad correspondencia de ese evento. Hace unos años, (b) hubiera parecido inviable.

Pero actualmente esta estrategia ha sido copiada y extendida, especialmente por algunos líderes en países bananeros.

Es fácil prever que para nuestro país el proceso electoral de 2018 será determinante en este sentido. El efecto más inmediato, pero también el más superficial, de la erosión de nuestra noción de “verdad” es la amenaza a la viabilidad de la democracia. Si la tendencia potenciada por Trump y compañía llegase a triunfar, tendríamos que despedirnos de la posibilidad de que la información veraz sea valorada como tal y empleada como input para tomar decisiones por las mayorías de diversas sociedades.

Pero la teoría de verdad como correspondencia es una; es decir, la misma teoría nos guía en lo colectivo y en lo personal. Consecuentemente, la destrucción de los criterios que sustentan nuestra noción de verdad en aquello más público y compartido podrían tener efectos más profundos y amplios de los que normalmente son discutidos. Y es que el reemplazo de la verdad como correspondencia por afirmaciones o declaraciones sin sustento podría echar a andar un proceso degenerativo que afectaría irremediablemente a otras empresas colectivas como la ciencia o la educación. Y, por qué no, a algunas de nuestras intuiciones más elementales.— Mérida, Yucatán.

asalgadoborge@gmail.com

@asalgadoborge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (ITESM)

 

 

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