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Vivir con temor



Nuestra sociedad en la nueva normalidad

Ricardo Alberto Gutiérrez López (*)

Este año 2020 nos sorprendió confiados y desprevenidos. Y desde el oriente, como un amanecer, nos llegó una amenaza que nos sacó de balance y puso en riesgo nuestra rutina. Un peligro que nos llega en forma de virus y que en un pestañeo puso en jaque a todos por igual.

Juntos estamos sufriendo las consecuencias de este suceso el cual, al afectar de diversas maneras, nos obliga a reorganizarnos, alterando nuestro quehacer cotidiano. La actual pandemia nos ha llevado a la incertidumbre. La gente vive con temor, no solamente al contagio de una enfermedad potencialmente mortal, sino también a cómo esta situación afectará sus ingresos y el modo de ganarse la vida.

Es complicado, lo sé. Las autoridades tratan de encontrar estrategias que beneficien los diferentes aspectos de la vida de la sociedad y al final tenemos que acatar procedimientos que están pensados más en el rescate de la economía que en la salud.

En fin, hoy estamos ante la obligación de tener claridades, de ejercitar la habilidad de poder y saber ver qué es lo que debemos hacer en esta circunstancia tan complicada.

Una contingencia que definitivamente requiere lo mejor de nosotros. Que nos empuja a buscar soluciones alternas, no a estancarnos en las quejas estériles que solo aumentan el caos.

No hay camino

No es fácil saber qué hacer en esta circunstancia en la que nos encontramos. Y es que parece que no hay camino bueno; que todas las vías alternas son malas. De repente viene a mi mente el poema de Antonio Machado musicalizado por Serrat: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Esto es, no esperemos que nos marquen el rumbo, construyamos el nuestro y así tomemos las riendas del futuro.

Tenemos miedo de que nuestro actuar dañe a otros, que afecte la labor en la que pusimos lo mejor de nosotros; aquello que tanto amor y tanta vida nos dio y nos sigue dando.

Nos preocupa perder los medios que nos han permitido proveer a nuestra familia de una vida decorosa. ¿Cómo luchar para no perderlo? ¿Cómo conservarlo sin dañar a otros? ¿Cómo mantener la esperanza? La situación financiera, aunque precaria, no debe ocupar toda nuestra atención. El dinero es como el piso: nos sostiene, pero no por eso lo estamos viendo todo el tiempo. Debe levantarse la vista para descubrir la belleza del mundo que nos rodea, enfrentarse con determinación y vencer el miedo a una potencial quiebra económica. ¿Cómo? Quizás uniendo nuestros recursos para hacer frente al problema.

Compartir las responsabilidades nos puede dar más ideas para resolver la situación. Debemos tener siempre la esperanza en que si hacemos nuestro trabajo bien, vendrán tiempos mejores. Vencer nuestro egoísmo, ser claros, no permitir los rumores. Buscar la verdad y enfrentarse a ella sin miedo. Eso nos dará la actitud necesaria para salir triunfantes.

La vida resuelve lo que nosotros no podemos o no queremos resolver. Lo imperdonable hoy es no atrevernos a darlo todo para dar solución a cualquier problema que tengamos. Nos quejamos de lo que nos pasa con llanto y crujir de dientes, con dramatismo y enojo. Los hay que nos han dicho que el estresarnos demasiado o sentir miedo irracional debilita nuestro sistema inmunológico y permite la entrada, no sólo del virus de moda, sino de otras enfermedades oportunistas. Podremos estar de acuerdo o no con este enfoque holístico. Como sea, nada ganamos con preocuparnos, ¡hay que ocuparnos!

Culpamos a Dios, al gobierno, a la vida; y no es para tanto. Parte del vivir es el no saber qué nos depara el futuro. La incertidumbre nos mantiene alertas para afrontar lo que nos presente la vida. Recuerdo las palabras de un buen amigo: “Imagínate qué horrible sería vivir sabiendo la fecha exacta de nuestra muerte”. Hay cosas que no nos compete saber, pues pertenecen al arcano.

Cometer errores es muy humano, pero de nada serviría si no aprendemos de ellos y así nos hacemos cada vez más sabios o al menos, menos ignorantes. Ahí está la esperanza de ponerlo todo, encontrar y saber ver los caminos que estas circunstancias nos ofrecen. La humanidad ha estado expuesta a estas duras pruebas desde tiempos remotos. Algunas sobrevienen de manera natural y otras las provoca el mismo hombre, al ser presa de su propia condición imperfecta de humanidad.

Cuando el hombre se sumergió en las atrocidades de La Primera Guerra Mundial o “Gran Guerra” (1914-1918) causó una destrucción masiva en Europa. Vio cómo sus ciudades y su modo de vida se desintegraban al masacrar en sólo cuatro años a más de veinte millones de personas, además de 21 millones de heridos y afectados. Pero el destino, la naturaleza o en lo que queramos creer, no nos ofreció una tregua.

Ni bien superado el conflicto, ese mismo 1918, el sufrimiento se prolongó al hacer su aparición la tan terrible influenza española que, en poco menos de dos años, reclamó las vidas de cincuenta millones de personas. Comparado con eso, no pasa nada en el mundo de hoy. Si pudimos sobreponernos a esos terribles sucesos, no hay razón por la que no podamos hacerlo ahora.

No nos lamentemos. En cambio, busquemos el camino que nos lleve a buen término en esta dura prueba. No lloremos sobre la leche derramada. Mejor, no derramemos nosotros más leche; no exijamos, no protestemos irracionalmente. Hagamos nuestra parte con lo mejor de nosotros mismos. Con la esperanza viva y confiando siempre en que Dios está de nuestro lado, sosteniéndonos.

Muchos no verán la llegada de la tan deseada y anunciada vacuna. Pero no nos conduzcamos pensando que nos podemos morir en cualquier momento. Trabajemos para tratar de construir en los días que nos quedan, un mundo mejor. Dejemos un legado. Un buen ejemplo que persista en la formación moral de nuestros hijos y los recuerdos de nuestras buenas obras que perduren en la memoria de los amigos que nos quisieron y a quienes queremos tanto.

Después de todo: sólo morimos una vez, pero vivimos todos los días.— Mérida, Yucatán.

leconser@yahoo.com

Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado.



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