in ,

“Roma” es lo mejor que le puede pasar a México en este momento

Escena de la película "Roma". Foto de @CarlosSomonte / @RomaCuaron

Suelo ser cínica con los premios “a lo mejor” del cine. Mis favoritos para serlo son los Óscares.

No recuerdo qué edad tenía cuando comencé a sentir desencanto por los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, pero sí que lo primero que me hizo dudar de ellos como medida de calidad de un trabajo fílmico era el hábito de reconocer como mejores del año a producciones que perdían o que ni siquiera figuraban en las categorías de actor/actriz principal, guión, fotografía y —a mi juicio, lo más absurdo— dirección. ¿Pues entonces qué hace a una producción la mejor?

Escena de la película “Roma”. Foto de @CarlosSomonte / @RomaCuaron

No ayuda saber que la recompensa para “El ciudadano Kane” fue únicamente un Óscar, el de mejor guión original; que la maestría de Orson Welles y Alfred Hitchcock nunca fue reconocida excepto en el tramo final de sus vidas con el premio a la trayectoria; que “Titanic” fue ovacionada como la mejor película de 1998 (¿“Titanic” superior a “L.A. Confidential”?, perdón pero no); que un actor se coloca más cerca de una postulación si interpreta —no importa con qué calidad lo haga— a un discapacitado o transforma su galanura en fealdad (caso de estudio: Charlize Theron en “Monster”).

¿Y por qué es siempre la misma docena de cintas la que compite en la temporada de premios? ¿Nadie tuvo tiempo el año pasado de ver “Upgrade” o “Search” o “Suspiria”?

Nos tomamos muy en serio el veredicto de los Óscares y perdemos de vista que son solamente una opinión. Y ya Sean Penn había dado una pista de qué opinión es la que prevalece cuando en 2004 asistió por primera vez a la ceremonia y agradeció el galardón a mejor actor: “Esto es un concurso de popularidad”.

Pero este domingo, cuando por obligaciones laborales tenga que seguir la gala, me voy a tragar el cinismo y la desconfianza en los Óscares, porque la atención que estos galardones —y también los Globos de Oro y demás reconocimientos de la estación— han puesto en “Roma” es lo que México necesita en este momento.

Por un lado, las nominaciones representan el triunfo de una película situada en México, interpretada por actores nacionales y hablada en español en territorio de Estados Unidos, cuyo presidente ha sostenido durante dos años (tres, si contamos el tiempo en que fue candidato) un discurso denigratorio sobre nuestro país (les exportamos “asesinos y violadores”, ¿se acuerdan?) y los inmigrantes hispanoamericanos.

Alfonso Cuarón dirige una escena. Foto de @CarlosSomonte / @RomaCuaron

Si se cumplen los pronósticos, Alfonso Cuarón se convertirá en el primer mexicano en ser premiado con el Óscar como mejor director por una cinta hablada en español. Y lo hará en pleno debate del estado de emergencia con que el presidente de Estados Unidos espera financiar la construcción del muro en la frontera. El muro que se suponía que nosotros íbamos a pagar. 

Y, por otro lado, la reacción del público a la creciente fama de la protagonista de “Roma”, Yalitza Aparicio, nos está obligando a confrontar la realidad de la discriminación a la población indígena del país. Porque ninguno de los argumentos con que se intenta justificar la indignación por la postulación de Yalitza al Óscar a la mejor actriz es capaz de ocultar el verdadero sentimiento que la motiva: el desprecio a lo indígena.

Que “no tiene formación de actriz”. ¿Y? ¿Ahora nos ofende que una no-actriz sobresalga en la pantalla? ¿Por qué hemos tolerado entonces por generaciones el paso de modelos a cantantes a actores a cantantes a conductores en películas, obras de teatro y programas de televisión?

Que “en realidad no actuó en la película, estaba siendo ella  misma”. Yalitza es maestra de profesión. ¿Es que toda la población indígena sabe por naturaleza cómo se comporta el servicio doméstico? ¿Y no se supone que una actriz auténtica es eso: alguien capaz de borrar los límites entre ella y su personaje? Esa queja bien se la pueden plantear a Lady Gaga, una cantante postulada al Óscar por su interpretación de… una cantante.

Escena de la película “Roma”. Foto de @CarlosSomonte / @RomaCuaron

Para erradicar en México la discriminación a las comunidades étnicas debemos como primer paso admitir que persiste la idea colonial de que lo indígena es feo y poco valioso y tomar conciencia de que esa creencia, además de falsa, es un obstáculo para la convivencia social armoniosa. Aceptar que el enojo por la nominación de Yalitza se deriva en realidad de la vergüenza de que una mujer indígena sea la imagen de México en el extranjero; de sentir que está “usurpando” el lugar que le corresponde a los “señores”, que la proyección que está recibiendo debería ser para personas que en la atávica jerarquía social están “por arriba” de ella.

Eugenia Iturriaga Acevedo, investigadora de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Uady, compartió hace tres años con “Diario de Yucatán” el contenido de un libro que escribió sobre el trato discriminatorio de las élites del Estado a la población maya, entre ella la que forma parte del servicio doméstico. La información motivó la réplica de una persona que negaba la existencia de las conductas racistas y aseguraba que la investigadora desconocía la realidad de la entidad.  Qué bien que haya hogares en que los trabajadores domésticos reciban un trato similar al del resto de la  familia. Pero sabemos que ésa no es la generalidad.

Una amiga me contaba que a su marido un colega le preguntó con extrañeza por qué permitía que la joven que cuida de sus hijos y limpia la casa se sentara a comer con ellos a la mesa. Y mi mamá tenía una compañera de trabajo, muy respetuosa de los rituales de la Iglesia, que le había admitido que si una mujer maya estaba junto a ella en la misa no le daba la mano en el momento de la paz.

Escena de la película “Roma”. Foto de @CarlosSomonte / @RomaCuaron

La misma “Roma” nos muestra la ambivalencia en el trato a la trabajadora doméstica: “Te queremos, te necesitamos, incluso te debemos la vida, Cleo. Ahora, levanta la mesa y ve a comer a la cocina”.

Si algún provecho podemos sacar de las reacciones a la popularidad de Yalitza es la motivación a erradicar de una vez y para siempre el desprecio a nuestra identidad indígena.- Valentina Boeta Madera

 

“Cenicienta” en la ópera

Opiniones sobre aprobación de la Guardia Nacional