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Un libro muestra las dos caras de la Venezuela “saudita”

El escritor venezolano Camilo Pino

“Crema Paraíso” es una antítesis de Camilo Pino

MIAMI (EFE).— Emiliano y Alfonso Dubuc, los personajes principales de “Crema Paraíso”, el nuevo aporte del escritor Camilo Pino al movimiento literario de la diáspora venezolana, son las dos caras de la llamada Venezuela “saudita” de principios de la década de 1980, en la que los políticos y artistas, de las llamadas alta y baja cultura, querían ser ungidos por Washington y La Habana.

“Escogí esa época porque quería hacer una especie de precuela a mi trabajo anterior y a la realidad que otros han descrito. Es también un duelo y una forma de explorar un tema que me interesa mucho: el cambio de punto de vista a través del tiempo”, contó Pino desde su casa en Miami, ciudad donde reside desde hace dos décadas.

“Crema Paraíso”, publicada este mes por Alianza Editorial, es la tercera novela de Pino, después de “Valle Zamuro” (Ediciones Puntocero, 2011) y “Mandrágora” (Suburbano Ediciones, 2016).

La obra cuenta en dos tiempos y a dos voces la historia de la relación de un padre y su hijo, mientras muestra la fascinación de la clase intelectual latinoamericana con La Habana y la explosión de los programas de televisión estilo “reality” y la cultura de los paparazzi.

“La relación del resto de América Latina con Cuba ha evolucionado. Busqué exponer esa transformación de los puntos de vista y acompañarlos con el cambio que se ha producido en el concepto de moralidad y privacidad”, explicó Pino.

“Lo que nos parecía apropiado en una época, es ahora no solo ridiculizado, sino en muchos casos condenado”, agregó el escritor.

Pino indicó que gran parte de “Crema Paraíso” discurre en los tiempos “en los que era posible para un latinoamericano sentirse tan tranquilo yendo a La Habana y a Miami. No había caído el muro de Berlín. Rusia estaba fuerte. Cuba se veía como un baluarte moral. Estados Unidos como la buena vida”.

Así, en la misma historia se hilan con una buena dosis de sátira, momentos en la Casa de las Américas en La Habana, en una mesa de un café en la que se sientan intelectuales en Caracas, un apartamento en Miami y en una casa al estilo “Gran Hermano” en Berlín.

Pino reconoce que “tenía mucho tiempo queriendo escribir algo sobre la relación entre padre e hijo”.

En “Crema Paraíso” , el padre es un hombre despreocupado hasta el punto de la negligencia que pasó de ser considerado un poeta mediocre a ser una de las vacas sagradas de la literatura latinoamericana.

El escritor asegura que las realidades de los Dubuc son “la antítesis” de su vida.

“Mi padre (el historiador Elías Pino Iturrieta) era todo lo contrario a Alfonso. Mi papá es disciplinado y muy apegado a sus hijo”, dice.

Emiliano, por su parte, es un ludópata, adicto al juego Candy Crush, que depende de los trabajos que le lanza, cual migajas, otro amigo venezolano con éxito en los negocios.

El escritor venezolano combina la escritura con un trabajo a tiempo completo en la cadena Telemundo y una intensa vida familiar, “más ahora en el confinamiento”, indica.

Pero sí, “uno escribe de lo que conoce. Crecimos en la misma época, en una Caracas en la que se creía que todo era posible y que teníamos el futuro garantizado. Sufrimos la pérdida no solo de ese futuro, sino de un país completo.”

Al igual que el resto de las novelas escritas en los últimos años por escritores venezolanos que viven en otros países, “Crema Paraíso” se conecta con el lector en una pluralidad de niveles, con guiños literarios que comienzan por el título.

Y es que en la “Venezuela Saudita”, la de la opulencia dada por los petrodólares, ir a las heladerías de Crema Paraíso era una de las actividades familiares de los domingos, en una época en la que las grandes cadenas de comida rápida no habían entrado a América Latina.

Así se entiende que el poeta Dubuc vaya a celebrar los éxitos o ahogar las penas con la limonada de Crema Paraíso. Limonada y título, sellos inequívocos de esa nostalgia infinita que caracteriza a las obras de los venezolanos, por mucho que la mayoría no se sienta parte de un movimiento.

“No sé si es un buen término porque toda esta experiencia es muy externa. Sí, como yo hay muchos venezolanos que han salido y están escribiendo la experiencia de la diáspora, no uso el término exilio porque implica política y no es lo que la mayoría está haciendo”, manifestó.

“La hija de la española” de Karina Sainz, “Etiqueta Azul” de Eduardo Sánchez Rugeles, “Tiempo de tormentas” de Boris Izaguirre, “Dos espías en Caracas” de Moisés Naím, son esfuerzos similares de contar qué pasó en Venezuela y “procesar el desarraigo”.

“Yo lo veo como reuniones de alcohólicos anónimos. Estamos marcados por lo mismo, pero vivimos en paralelo”, indica Pino.

Para el autor, las líneas con las que se pueden unir a estos paralelismos “nacen en el inconsciente de cada uno de nosotros, que estamos entre los traumatizados por la desaparición total del país de nuestros recuerdos”.

 

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