PRESBÍTERO MANUEL CEBALLOS GARCÍA
¡Enseña con autoridad!
San Marcos relata que Jesús estaba en Cafarnaúm y “el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar”. Todos tenían derecho a tomar la palabra, una vez escuchada la lección de la Escritura, no solo los escribas sino también los laicos. Jesús no era un escriba; los escribas interpretaban los mandamientos y exponían las verdades de la Escritura, teniendo mucho cuidado en no arriesgar ninguna opinión que no estuviera avalada por los textos sagrados y por la enseñanza de los más acreditados maestros.
En cambio, Jesús habló como quien tiene autoridad, consciente de ser aquél por quien y en quien toda la Escritura tiene sentido y alcanza su plena realización: el Hijo a quien el Padre “le ha entregado todas las cosas” (Mt 11,27). Por eso su palabra es poderosa para ordenar a los demonios y someterlos, para perdonar los pecados que solo Dios puede perdonar, para curar los enfermos y resucitar a los muertos. Jesús habló siempre con esa autoridad y dispuso de la Ley: “Han oído que se dijo…, pero yo les digo…” Todas las palabras de Jesús están autorizadas porque vienen de la Verdad. Por eso debemos pronunciar el nombre de Jesús reconociendo su autoridad y confesándolo en la obediencia de la fe.
Para comprender mejor la afirmación de san Marcos de cómo quedó sorprendida la gente que vio y escuchó a Jesús en la sinagoga, debemos tener en cuenta lo que describe el autor del libro del Deuteronomio: “El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes un profeta como yo. A él lo escucharán. Yo haré surgir en medio de uetedes un profeta. Pondré mis palabras en su boca y él dirá lo que le mande yo”. La tradición judía dará un paso adelante en la lectura de esta página, de modo que, en los rasgos de este hombre de la palabra verá la fisonomía misma del Mesías, portador de la palabra perfecta y definitiva de Dios.
Por eso san Marcos señala con insistencia la importancia de la palabra de Jesús describiendo su perfil como el de un profeta perfecto, superior a cualquier rabino humano; sin embargo, san Marcos trata también de mostrar cuán difícil y progresiva es la plena comprensión de esa palabra de Jesús. El recorrido en el conocimiento de la enseñanza de Cristo y de su persona es a menudo enigmático, arriesgado y lleno de muchos silencios. Porque el auténtico conocimiento de Jesucristo no es el grito ligado a la fama de un taumaturgo, sino el logrado a través de un lento itinerario de búsqueda y de escucha, de un largo proceso de formación que purifica nuestra visión de Jesús de todo aspecto clamoroso y superficial.
Es un proceso de conocimiento que profundiza el misterio último de Cristo, el que se revela en la plenitud de la cruz. La fe en Cristo, escribió el gran poeta Pascal, es auténtica, no porque nace de un milagro, sino porque es generada por la Cruz.
