La esperanza, poner lo espiritual y el amor por encima de todo

viernes, 10 de diciembre de 2021 · 01:30

Raúl Espinoza Aguilera (*)

La esperanza es la positiva apertura hacia el futuro, impregnada por el deseo de alcanzar los bienes anhelados y la ilusión por lograrlos.

Siempre me sorprende la visión esperanzada y alegre de los jóvenes. ¿Qué esperan? Culminar sus estudios universitarios y de posgrado. Contraer matrimonio y fundar una familia. Conseguir un mejor trabajo y obtener mayores ingresos.

Posteriormente, tener una casa propia y ocuparse de la educación responsable de sus hijos. Confían en que sus planes se concretarán satisfactoriamente. Tienen un entusiasmo vital para enfrentarse a los posibles obstáculos que saben que aparecerán en sus caminos, la esperanza puesta en que los resolverán y nada ni nadie podrá eliminar esa inconmensurable alegría que experimentan.

Saben que sus metas las lograrán con paciencia y buen humor y son inasequibles al desaliento porque viven con mucha fe en el futuro. Vencen cualquier actitud pusilánime o pesimista. Por ello, me gusta convivir con la gente joven porque tienen un entusiasmo contagioso e invariablemente salgo rejuvenecido cuando converso con ellos. Son divertidos y comparten el lado agradable de la existencia humana.

Por el contrario, he observado la actitud de algunas personas mayores que comentan entre ellos acerca de esta realidad: “Espérate a que pasen los años y que se topen con grandes problemas. Entonces se acabarán sus ideales”. Nunca he estado de acuerdo con esta visión tan cruda y desencarnada.

La juventud se lleva en el corazón

El “espíritu joven” se puede llevar siempre en el corazón. Me viene a la memoria aquel relato de Raymundo, un empresario de edad avanzada, que me comentaba muy entusiasmado: “Estamos iniciando un desarrollo inmobiliario en Los Cabos. En cinco años esperamos vender los departamentos construidos. Y luego nos lanzaremos a invertir más dinero para construir el doble de departamentos porque están viniendo muchas personas jubiladas de Estados Unidos y Europa. Me admira cómo se interesan por adquirirlos. En 10 años haremos otros planes todavía más ambiciosos. En 20…”.

En ese momento, titubeó y me dijo con objetividad y humildad: “Bueno, a esa edad ya no llegaré. ¡Pero continuarán mis hijos y mis nietos con esos desarrollos!”, concluyó sonriendo. Y pensé: “Este buen amigo tiene el corazón joven no obstante su avanzada edad”.

Relato esta anécdota porque ciertas personas mayores —desde luego no todas— a medida que envejecen se obsesionan con sus enfermedades y achaques propios de la edad. Pierden casi toda ilusión por vivir. Prácticamente nada les llama la atención. Con frecuencia conversan de épocas anteriores. Me recuerda aquella popular canción del grupo español Mecano, cuya letra dice: “Ay, qué pesado, qué pesado / Siempre pensando en el pasado / No te lo pienses demasiado / Que la vida está esperando”.

En efecto, la vida nos está esperando para continuar haciendo planes y proyectos. Por ejemplo, hay muchas personas de la tercera edad que toman clases de computación, de música, inglés, etcétera. Cada vez, es más frecuente que personas en esa misma edad culminen sus estudios universitarios, o incluso, ¡de Posgrado!

Con optimismo a pesar de la adversidad

Tengo algunos conocidos míos a los que visito con frecuencia que sufren un cáncer en fase avanzada. No pierden la alegría y se esfuerzan por sonreír. Sé que están acudiendo con su oncólogo, los inyectan y les dan a tomar medicamentos que los debilitan demasiado y pierden el apetito por unos días. Lo asombroso es que nunca he escuchado una palabra de queja de parte de ellos. ¿Por qué? Porque aprendieron que el dolor y la alegría son compatibles. Aunque esto suene a un disparate. Ellos continúan, en la medida de sus posibilidades, sacando adelante su trabajo. No es que escondan sus males. Simplemente aprendieron a ubicar sus dolencias en un lugar adecuado, sin dramatizar.

Como escribía el psiquiatra vienés Viktor Frankl: “Cuando el hombre aprende a dar un sentido trascendente a sus enfermedades y a otros problemas, comprende que todo tiene un para qué, entonces descubre su profundo significado”.

Recuerdo a un célebre pensador, que se encontraba con graves dolencias y en su diario del último año que vivió, escribió: “Ningún día sin dolor y siempre con alegría”. No le tenía miedo ni a la enfermedad ni a la muerte. Murió como un hombre valiente y siempre he sentido gran admiración por él.

Una época de mucha reflexión

Todas estas reflexiones vienen con ocasión de que se nos acerca el fin de año. Muchas personas elaboran proyectos ambiciosos y metas para el año venidero. Otros más, hacen un balance de sus actos y elaboran propósitos concretos de superación para ser mejores personas.

Se trata de calar en lo profundo de nuestras vidas para no caer en la banalidad. Es todo un proceso de transformación para visualizar dónde nos encontramos y plantearnos con audacia un nuevo modo de vivir cara al futuro.

También, hay que aceptar los cambios que ocurren alrededor. Muchas personas se dejan llevar por ciertas barreras como las malas experiencias pasadas, la tristeza, el pesimismo o la visión trágica de la existencia. Depende de cada uno de nosotros aprender a pasarlas por alto y no darles excesiva importancia.

Hace falta determinación para vencer esos miedos e inseguridades que todo el mundo experimenta. “Y tratar de poner lo espiritual y el amor por encima de todo”, como escribe la psicóloga y pedagoga Alicia Dellepiane, autora del libro “Camino de la alegría”.

(*) Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM y maestro en Comunicación por la Universidad de Navarra.

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