Para hacer de nuevo relevante su anuncio, la Iglesia tiene que emprender una tarea muy grande, pues necesita quitar el montón de escombro, de telarañas, de cosas que se han adherido a lo largo de los siglos al mensaje original del maestro Jesús de Nazaret, reconoce el presbítero Raúl Humberto Lugo Rodríguez, responsable de Fe y Compromiso Social de la Arquidiócesis de Yucatán.

—A algunos les parece que con esto estamos traicionando el origen, pero hay que revisar en dónde situar lo verdaderamente importante —señala el sacerdote, rector de la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, en el corazón de Mérida.

—Lo digo, por ejemplo, con respecto a la igualdad de la mujer. Me parece que es insostenible que se utilicen textos de la Biblia como pretexto para mantener una situación de sujeción de la mujer.

—Despidámonos de la desigualdad, ya no va a regresar. Aún no llegamos a satisfacer todos los requerimientos para que las mujeres sean consideradas iguales que los varones, pero avanzamos en un camino que no tiene vuelta atrás.

—Tenemos que poner entre paréntesis algunas de las enseñanzas que durante mucho tiempo aprendimos de generación en generación. Todavía yo encuentro familias de mi propia generación que me cuentan que en sus casas eran seis hermanos y a la hora de la comida los varones se sentaban y las hermanas tenían que servirles. Y es que los de nuestra generación no somos viejísimos. Los que tienen 80 ó 90 años vivían en un mundo todavía más cuadriculado, una manera que ya no va a funcionar más.

—Igual es inevitable el proceso de transformación de las naciones, como las cosas que tienen que ver con el cuidado del medio ambiente y la diversidad sexual.

—Mucha gente considera estas cosas como amenazas a un depósito inamovible. Pues no, no es inamovible. Lo inamovible es el amor, la compasión, la solidaridad, la ayuda mutua.

—Eso es lo que lo que uno tiene que conservar y no solamente como una idea que uno guarda con mucha devoción cuando reza, sino como acciones que transforman el mundo. Para eso es el mensaje de las religiones, para promover una vida armónica.

Escándalo

—Por eso el principal escándalo de nuestro tiempo es que la religión, cuya finalidad es hacer bien y dar vida, haya cometido errores tan grandes como la pederastia, por ejemplo, que no es propiedad de la Iglesia católica, también se da en otras religiones y en gente fuera de la religión, pero el hecho de que aquellos a quienes se les encomiendan las personas más frágiles y más débiles, abusen de ellas, es la contradicción más grande. Pienso que una buena parte de esta especie de decepción que sienten las nuevas generaciones respecto de la Iglesia, está muy teñida por este tipo de problemas.

—En la Iglesia tenemos que reconocer eso y hacernos cargo, no es que todos sintamos que somos pederastas si no lo somos, pero tenemos que asumir que tenemos que una herida que necesitamos sanar y que tenemos que buscar y poner medidas para que las iglesias sean espacios seguros —enfatiza.

—Todas esas cosas de las que todos los muchachos hablan y que no encuentra a veces eco en las autoridades religiosas, eso lo tenemos que revisar, si no, efectivamente vamos a terminar con las iglesias vacías.

Padre, aterrizando en la Iglesia local, ¿cómo ve la situación?, pregunta el reportero.

—En general, cada lugar tiene sus propios procesos. Aquí en Yucatán, desde hace ya bastante tiempo, unos 30 años, se hizo el último Sínodo Diocesano, todavía vivía don Manuel Castro Ruiz (difunto arzobispo). Fue un primer intento muy serio de buscar caminos de renovación para la Iglesia de Yucatán, que además es una iglesia muy teñida de la presencia del pueblo originario, los mayas son la mayoría. No solo los mayahablantes, sino la mayoría asume y vive esa cultura, sobre todo en el interior del Estado.

—Hubo un intento serio de acercarnos a esas realidades, se hizo un censo muy amplio, no solamente de datos de personas, sino de inquietudes a propósito de la vida de la Iglesia, qué les parecía, qué no les parecía.

—El Sínodo fue, me parece, un parteaguas en la última parte del siglo 20 en Yucatán, porque nos permitió darnos cuenta de que en muchas ocasiones los que dirigen la Iglesia tienen sus propios planes y la realidad de la gente es otra. ¿Cómo hacer “click” entre esas dos cosas? Fue el propósito del Sínodo Diocesano.

—A partir de eso, comenzó un camino de renovación, con altibajos. Es inevitable que los estilos de conducción de los presbíteros, de los obispos que han pasado en todo este tiempo, dejen su propia marca, sin hacer juicios, marcas positivas o negativas, como quiera que sea, pero dejan un poco su impronta.

Cuentas por pagar

—Y sí, creo que en este momento en la Iglesia católica yucateca comenzamos a experimentar, comienzan a llegarnos las cuentas para pagar lo que en otros lados llegó antes, como en Europa, por ejemplo, que tenemos muy pocos candidatos para la vida sacerdotal.

—Muchos candidatos al sacerdocio no perseveran, entran al Seminario grupos de 20 personas y terminan uno o dos. Tenemos que hacer una revisión seria de eso, una revisión que va en dos líneas, una muy puntual y concreta sobre ¿qué estamos ofreciendo como apuesta de vida a los jóvenes que quieren integrarse al ministerio ordenado? —cuestiona.

— El ministerio sacerdotal ordenado tiene sus problemas en el sentido de que es estructuralmente masculinista, lo cual ya es un problema serio. Ya ves que en las iglesias de Europa se discute ahora, en el proceso sinodal, el tema del acceso de las mujeres al ministerio sacerdotal y todo eso porque nos damos cuenta de que es un problema serio —añade.

—Es una de las cosas que tenemos que preguntarnos, ¿por qué entran muchos muchachos y terminan muy pocos? ¿Tenemos que ajustar las cosas y los planes de formación? ¿Es cosa de nuestra propia concepción del sacerdocio?, que a lo mejor ya no resulta tan atractiva a los jóvenes, eso por una parte, digamos que en concreto.

—Por otro lado, ya más estructuralmente, tenemos que preguntarnos cuál es la moderna función de los liderazgos religiosos. Es decir, ¿qué papel tiene que jugar el presbítero dentro de su comunidad? ¿Hasta qué punto en relaciones igualitarias con los laicos ha de construir un nuevo tipo de Iglesia con tareas mucho mejor distribuidas, sin acumulación de poder? —reflexiona Raúl Lugo Rodríguez, quien el 2 de septiembre celebró 40 de sacerdocio ministerial.— Luis Alberto Luna Cetina

Autocrítica del poder excesivo

“Me parece, al menos hasta el momento, que las iglesias, las parroquias, siguen siendo espacios profundamente jerarquizados. Unos pocos deciden y todos los demás obedecen”, observa el sacerdote Raúl Humberto Lugo Rodríguez en un ejercicio de autoevaluación.

—Eso, no responde a la intención de Jesús y de las comunidades primitivas, ni responde al ansia de participación de las personas. Hoy nadie, ningún muchacho, va a entrar a formar parte de un grupo en el que no pueda decir su propia palabra y sienta que es escuchado y respetado. Ir a que me digan qué tengo que hacer, para qué. Eso lo puedo buscar en internet, hay google ¿no? —agrega.

—En cambio, si hacemos de las parroquias, de las comunidades, espacios de hermandad donde se construyan las cosas juntos, donde se desmonten muchos de los mecanismos que socialmente reproduce el capitalismo, como que haya quienes mandan y quienes obedezcan, quienes manejan el dinero y quienes no saben nada de las cuentas.

—Eso me parece terrible. Que haya tanta opacidad, por ejemplo, en las parroquias. La gente debe saber cómo se gastan los recursos. Todas esas cosas se minimizan cuando son vistas desde el punto de vista de quienes tenemos el poder religioso ahora.

—Quienes ejercen la autoridad tienen que rendir cuentas. No hay ningún proceso de rendición de cuentas en las parroquias. El párroco tendría que dar una información a la gente, planear junto con ella. Se va avanzando poco a poco en eso, a través de los equipos parroquiales, de la programación, de animación pastoral.

—Pero sí creo que hace falta insistir en eso y en todas las demás cosas que van a venir con el Sínodo próximo de 2023, que es el final de un proceso largo de dos años y que en algunos lugares se ha tomado mucho más en serio que en otros.

—Hay un intento de tratar los temas que resultan importantes para la gente. Ahí entran cosas que a lo mejor muchos no van a estar de acuerdo, pero que tenemos que cuestionarnos como el acceso de las mujeres al ministerio, como el asunto de qué hacemos con algunas realidades con las que no contábamos antes.

— Ya el papa Francisco dijo algunas cosas en su carta de la Alegría del Amor. Nos enfrentarnos a una realidad totalmente nueva. Una buena parte de nuestros feligreses son divorciados vueltos a casar y nosotros tenemos una normatividad estricta con respecto a su participación sacramental. Eso tenemos que revisarlo. Alguna gente se asusta al oír esto porque piensa que vamos a echar por la borda todo lo que construimos y cultivamos durante 2000 años.

—Pero no, a lo mejor vamos a llegar a las cosas verdaderamente esenciales que siguen siendo respuestas válidas, pero aplicarlas a una realidad que ya es distinta. El Papa ha abierto un camino hablando de aquellos matrimonios divorciados vueltos a casar que han demostrado una perseverancia de años, que, digamos, encontraron la pareja adecuada después de un ensayo y error.

—¿Qué se hace con esas personas que tienen 25 ó 30 años juntos? Son pilares de la Iglesia, pero llega la hora de la misa y se sientan a llorar porque no pueden a comulgar. Ese tipo de cosas van a tener que replantearse tarde o temprano. Creo además que es una muy buena noticia que el Papa sea el que encabece este deseo profundo de reforma —puntualiza el padre Raúl.— Luis Luna Cetina

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