Semana del Seminario

Ángel Gabriel Suárez Hernández: Soy sacerdote formador del Seminario

viernes, 13 de mayo de 2022 · 01:30

“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Cumpliré mis promesas al Señor en presencia de todo el pueblo” (Sal. 116, 12.14.)

Hace pocos días, uno de los muchachos del Seminario Conciliar de Yucatán se acercó y me preguntó qué es lo que hago en la Diócesis viviendo como sacerdote.

Mi respuesta inmediata, al menos en la mente, fue: “Soy sacerdote formador del Seminario”. Sin embargo, no basta decir una función, un mero cumplimiento de un encargo por parte del obispo o el lugar donde paso las horas viviendo.

Y entonces, ¿qué hago? Ser sacerdote y tratar de vivir como tal, tratando de gastarme y desgastarme por el cuidado de las almas que se me han confiado como pastor, aunque en estos momentos sea un pequeño rebaño.

Es así que el hecho de estar en la casa de formación de los futuros sacerdotes me invita a seguir creyendo en el proyecto que Jesús tiene para mí, me impulsa a no dejar la barca y a seguir pescando sabiendo que Jesús está conmigo incluso cuando pienso que duerme y que a veces considere que no se interese o cuando llegan las tempestades.

Y cuando hablo de tempestades me refiero al bajo número de alumnos en el Seminario, los pocos que quieren entrar, los pocos que perseveran, los pocos que se interesan por la promoción vocacional y los muy pocos que se preocupan para que la Iglesia siempre tenga pastores que guíen a su pueblo por los caminos de justicia, paz y santidad.

Es entonces que, después de más de una década de formación, siendo ya sacerdote, recuerdo estas palabras del salmo 116: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”, y la respuesta viene en el mismo salmo casi de modo inmediato: “Cumpliré mis promesas al Señor en presencia de todo el pueblo”.

Formando parte del equipo formador no quiero transgredir los principios del Evangelio ni de mi consagración, siendo cada vez más consciente de mis torpezas y debilidades humanas y sobre todo dándome cuenta que quien sostiene mi vocación y este proyecto es Dios en su infinita providencia.

Estar en esta casa de formación es exigente y demandante en lo físico, mental e incluso espiritual, pero también refrescante y vivificante la respuesta dada a Dios para la Iglesia que se desea para toda la vida. De tal modo que todas las clases y su preparación, los retiros, las actividades en las etapas o en la gran familia del Seminario se ven opacadas cuando Dios en su gran misericordia llena de consolaciones al poder mirar la vida de cada seminarista y su determinante respuesta, la fraternidad de los sacerdotes que nos acompañamos en el Seminario y el cariño del pueblo de Dios que desborda en cada muestra de generosidad que se tiene para con cada uno de nosotros.

Me siento en deuda con Dios porque ha sido muy bueno conmigo al llamarme como sacerdote y me siento comprometido con su causa porque Él ha confiado en mí, mucho más que yo mismo.

Al pueblo de Dios, gracias por su oración y cariño por el Seminario. Nos sostiene y nos alienta a dar lo mejor de nosotros.

Sacerdote.

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