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La OSY ofrece el décimo programa de su temporada

15/5/2022 · 01:30

Anteanoche, como parte del certero engranaje del décimo concierto de la XXXVII temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, se sucedieron los lenguajes de dos románticos alemanes muy próximos en el tiempo y un investigador italiano del siglo XX que estaba enloquecido por el encanto de la música barroca y renacentista.

Obertura

En la medianía de mayo, desde el suntuoso escenario del Peón Contreras, el maestro Juan Carlos Lomónaco abrió primero la enorme ventana de la inspiración beethoveniana con la obertura de la música incidental compuesta por el maestro para “Egmont”, drama de su amigo Goethe, quien, por cierto, no tenía mucha confianza en la capacidad dramática de don Ludwig, según consta en sus conversaciones con Eckermann.

Enormes exclamaciones a favor de la libertad humana se vuelven melodía con todo el brío beethoveniano. Que todos los continentes rompan sus cadenas, que todas las voces sean escuchadas, que se rasguen todos los velos de tiranía. El texto y sus armonías nos deja absortos y pensativos. En unos cuantos minutos ingresamos y salimos de la gran sala de espejos reflejantes del primer romanticismo.

Sumaria brillantez que el público agradece.

Aires antiguos

Si en el séptimo concierto de la presente temporada de la OSY gozamos con la primera suite de “Aires y danzas antiguas” aderezada por don Ottorino Respighi, la velada de este pasado viernes trajo consigo la tercera y más bella de la colección.

Se trató en esta oportunidad de adecuaciones a piezas para laúd y guitarra de los siglos XVI y XVIII. Miradores excepcionales hacia el primor de unos ecos melódicos que nos llegan como astillas de una alegre sociedad ya desaparecida. Canciones de las calles de Nápoles o de Venecia, danzas que hicieron dichosos a jóvenes que contemplaron el nacer del Renacimieto.

Cuerdas en solitario. Agudas y graves. Trazan acordes con dulzura o insistencia. Van encendiendo lámparas que nos conducen a las venas de otros siglos extintos en su vitalidad, pero no en su memoria. Una Italiana anónima abre la selección con el intrigante color de una fiesta bajo el sol de un puerto mediterráneo. Andantino que crece como un rumor hasta extinguirse.

Sigue un largo aire de corte en arreglo de aquel francés —Jean Bautista Besard— que se doctoró en leyes y medicina, y las ejerció con éxito, aunque tuvo el laúd como compañero fiel y brújula de sus preferencias. Hay en esta sección —andante cantábile— un como mural de parejas en su espiral de galantería palaciega, animosas a causa de su juventud y privilegios. Recuerdos del pespunteo del laúd yacen adormecidos en los pasajes más emotivos.

El tercer movimiento —Siciliana, andantino— de abrumadora belleza, nos trae a los cinéfilos el recuerdo de aquella insólita película de Malick llamada “El árbol de la vida” en que esta pieza acompaña una de las intensas escenas del desdichado personaje que encarna Sean Penn. La existencia, con mil acertijos, asoma sus oleajes en este fragmento. Es difícil no sentir el alma en vilo.

El conde y sacerdote Ludovico Roncalli, veneciano y guitarrista del siglo XVII, dejó varias suites de las que Ottorino extrajo y arregló una Pasacalle majestuosa —tempo Vivace— que es un árbol de galanura hispana, certero tiro de arco al núcleo de la euforia. Posee esa hoguera de entusiasmo que resulta culminación ideal de toda composición como le agradaba a Respighi.

Schubert

La segunda parte estuvo dedicada a Franz Schubert, pero no al maestro adulto, sino el adolescente de 16 años, estudiante aún del muy calumniado Antonio Salieri en el Seminario Imperial de Viena, muchacho tímido y sin malicia a quien se le ocurre componer una sinfonía (ahora número 1) para darle gustosa sorpresa a su señor padre, quien lo premió solo convirtiéndolo en maestro dentro de la escuelita primaria que regenteaba (además, como profesor quedaba exento del servicio militar y el peligro napoleónico).

Tiene la composición anhelos mozartianos en los cauces de sus cuatro movimientos. A veces, suavidad sedosa; en otras ocasiones, despegues melódicos ingeniosos. Es como si el muchachito palpara distintas texturas, intentase hacer germinar ideas que ya brotaban en su mente genial todavía en ciernes. Hay injertos de muchos procedimientos, tal como corresponde a quien se encontraba en período de aprendizaje.

Un adagio con ciertas audacias, como serían cambios armónicos poco comunes, nos conduce al Allegro vivace con dos temas ligeros y la gracia añadida de solos y duetos de alientos como graciosa vestidura. Imperio de las cuerdas es el Andante, algo quejumbroso, con ligeras apuntaciones de oboe y flauta que recalcan las vetas tristes que emanaban en el espíritu del aprendiz adolescente.

Viene después el Minuetto, cuyo inicio bullicioso toma después aires de danza popular del sur de Austria adornada con el colorido de clarinetes, flauta y oboes, muy al estilo de Haydn. Con intensa eficacia de los violines se inicia el regocijado Allegro vivace final que trae recuerdos del primer Beethoven y un entusiasmo con gérmenes de recursos que se verán en futuras obras del propio don Franz. Nutridos aplausos fueron muestra del agrado del público.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

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