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Veterana vecina del barrio La Ermita celebra 101 años de edad

domingo, 15 de mayo de 2022 · 05:00

Soledad Somohano Rodríguez nació el 16 de mayo de 1921 en Mérida, en el barrio de La Ermita, donde aún vive, aunque a veces pasa temporadas en casa de su hijo Enrique Alberto en el fraccionamiento José María Iturralde, también conocido como Las Águilas.

Durante su infancia, recuerda, el barrio no era lo que hoy es. No había parque ni quiosco ni nada que lo hiciera parecer un lugar turístico o escenario de telenovelas o películas.

“La iglesia estaba muy dejada, decían que salía el cura sin cabeza porque estaba todo oscuro. No como ahora que ya está bonita”, dice.

El sitio que ahora ocupa el parque, añade, era un terreno baldío donde regularmente se hacían corridas y al toro lo amarraban en la única palmera que allí crecía. Cuando no había corridas, el área era usada como campo de béisbol por los jóvenes.

Fue precisamente en uno de esos juegos en que conoció a Luis Ángel Pérez Brito, de oficio zapatero, quien se convirtió en su esposo.

Se casaron un 2 de febrero en la iglesia de San Sebastián. No recuerda el año, pero sí que fue temprano, a las 6 a.m., por lo que tuvo que madrugar. Después de la misa, los nuevos esposos y sus familiares desayunaron chocolate con pan y queso de bola, y al mediodía almorzaron relleno negro. “Fue muy bonito”, dice con una sonrisa que le ilumina el rostro.

Con el tiempo llegaron los hijos. Primero nació Luis Ángel y luego Enrique Alberto. Muchos años después nacieron sus seis nietos y sus catorce bisnietos.

Con 101 años, sus recuerdos en La Ermita siguen frescos en la memoria

El cumpleaños de doña Soledad tiene contentos a todos sus descendientes, que no caben de emoción al festejar un año más de la mujer que es hoy la joya de la familia.

Doña Soledad, con todo y sus 101 años, es una mujer saludable que se apoya en un “burrito” para caminar; hace poco se cayó y se fracturó la cadera. Fue por este accidente que se mudó una temporada a Las Águilas, pero sus recuerdos de La Ermita son tan vivos que pareciera que nunca ha salido de allí.

Recuerda que de niña su papá, Enrique Somohano Galeana, era muy estricto y no la dejaba salir a la calle, por lo que en su casa jugaba a la comidita con sus muñecas y juegos de té, bajo la supervisión de su madre, Carmen Rodríguez.

“Mi papá era un hombre muy recto, como se dice, y nunca nos dejaba salir a jugar a la calle. La educación era muy distinta, ahora las niñas mandan”, señala.

La forma de comportarse de niñas, niños y jóvenes no es lo único que ha cambiado, sino también la ciudad. “Me asusta porque hay cosas que no había visto. Me lleva mi hijo a pasear y veo todas las carreteras, las casas, los edificios… Antes no había nada de eso, Mérida era más tranquila”, confiesa.

Y es esa vida tranquila que, supone, le ha permitido llegar a los 101 años, además de su alimentación de joven: pato de mar, pescado y caracol. Hoy come de todo, incluso de vez en cuando, dicen sus familiares, toma un poco de cerveza o alcohol, aunque no se atreve a decir que ése sea el secreto de su longevidad. “Más bien es la vida tranquila”.

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