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Padre Manuel Ceballos García: Homilía del domingo 22 de mayo

domingo, 22 de mayo de 2022 · 01:30

“La paz les dejo, mi paz les doy”

Jesús se despidió con una fórmula muy común, pero que adquiere pleno sentido en sus labios; más aún, que trasciende el simple sentido humano. Jesús les da a sus discípulos la paz, pero no como la da la gente. Jesús da su paz, y él mismo es esa paz. Jesús, al dar la paz se da a sí mismo y, en él, da también al Padre y al Espíritu Santo. Pues Jesús y el Padre son “uno”, y el Espíritu que envía el Padre en nombre de Jesús es también el espíritu del Señor Jesús.

Jesús recuerda a los suyos que ya les ha hablado de su ausencia, pero también de su nueva presencia. Por tanto, deben ser animosos y no tener miedo. En la resurrección y en la ascensión de Jesús se muestra a los creyentes quién es Jesús ante Dios Padre: se muestra que Jesús es el Hijo de Dios e igual al Padre.

Quien no ama a Cristo y guarda sus palabras, tampoco ama al Padre y rechaza su palabra. Ese queda excluido de la íntima experiencia de Dios y de su enviado Jesucristo. El mundo incrédulo no sabe nada de esta venida íntima del Señor y de la visita de Dios. Por eso, Jesús, no se manifiesta a todo el mundo. El Señor se manifiesta a los suyos y vive, con el Padre, en sus discípulos.

Como siempre en este tiempo de Pascua el texto del evangelio de hoy está tomado de las enseñanzas de Jesús en la última noche de la vida terrena en el cenáculo. En efecto, el amor nace y se alimenta por la presencia del Padre y del Hijo en el corazón de los discípulos. En cambio, la fe es sostenida sobre todo por el Espíritu Santo, cuya función es precisamente la de “enseñar” y “recordar” todo el mensaje de Jesús. El Espíritu Santo nos hace comprender todas las dimensiones, nos hace descubrir toda la fuerza y la eficacia de las enseñanzas del evangelio.

Por lo tanto, hay una paciencia que se debe vivir dentro de la comunidad eclesial con los hijos más lentos, que se demoran en el camino del espíritu. Hay un lazo que no hay que cortar con la realidad cotidiana. Además, la fe cristiana nos invita a la perfección, a la libertad plena de los hijos de Dios. Nos invita a no perder la paz.

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