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Smolcakova supo resolver exigentes pasajes de Ibert

domingo, 22 de mayo de 2022 · 01:30

Un par de franceses —uno impresionista y otro ecléctico— así como Roberto, alemán apasionado hasta comarcas de la misma locura, desplegaron las nubes de sus talentos para el mejor progreso del undécimo programa de la XXXVII temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY).

Con la rotunda presencia de la flautista checa Lenka Smolcakova, el recital alcanzó un punto de máximo interés cuando se ejecutó el Concierto del poco conocido Jacques Ibert. Desde el podio, el director titular, maestro Juan Carlos Lomónaco, mantuvo el buen pulso de empuje que le ha ganado la admiración y la simpatía generales.

Debussy y su fauno

A mediados de 1894, fascinado por una célebre égloga del simbolista Stefan Mallarme, “La siesta de un fauno”, aparejó Claudio Debussy un poema sinfónico que el gran bailarín Vaslav Nijinsky desarrolló algo después con una serie de esquemas coreográficos cuya extraña, sensual belleza dejara atónitos a los espectadores de la compañía de ballet ruso del voluntarioso Sergio Diaghilev (1912).

Quiso don Claudio —dentro de la estética impresionista— que su lenguaje contuviera la sofisticación, sensualidad y aroma de mítica irrealidad del poema original. Fue una tarea titánica, de ahí que entremos a una atmósfera de sugerencias auditivas a las que aúnan un revolar de sensaciones diversas con la imagen del fauno —ser caprino— que despierta, acosa a las ninfas, es rechazado y padece en el ego de macho lleno de urgencias inmediatas.

Arpa y cornos inician la apetencia sensual con el “acorde del fauno” y al leve llamado de la flauta y de un pianísimo orquestal —respiración de la criatura entre las flores— se pasa a un crescendo progresivo, en el que impera el ansia de colorido, con un ritmo armónico de discreto perfil.

Debussy nos hace ingresar por encendidas puertas a la visión de la ansiedad frustrada, de la jadeante fatiga. El lenguaje musical dibuja lapsos, instantes en fuga. Tras el clímax, se retorna al pianísimo dentro del espíritu del verso de Mallarme: Mi crimen es haber / desatado el intrincado nido de besos / que los dioses guardaban escondido.

Concierto de flauta

Don Jacques fue un espíritu libérrimo. Se negó a reducir su lenguaje al impresionismo de su patria francesa o a los experimentos alemanes de principios del siglo XX. El fue un buscador de ideas en todas las épocas de la música. Le gustaba “reformular” procesos y técnicas. Su afán era divertirse al componer y hacer dichosos a sus oyentes. No se ceñía a modas del instante. Le estaban sin cuidado los marbetes de escuelas.

Ibert compuso su concierto para flauta en 1934 para el gran ejecutante Marcel Moyse, quien le solicitó una pieza retadora y novedosa, poco arrimada a lo común. Aunque en el fondo de la temática haya ecos de Fauré y astillitas de Ravel, se diría que el maestro logró satisfacer a su cliente con la textura de una composición de variable y fértil novedad.

La Srita. Smolcakova se beneficia en alcances técnicos y emotivos suficientes para atajar las espesuras estructurales del texto de don Jacques. Ingresó con refinada certeza en esa construcción agitada por variadas ideas tanto modernistas, como neoclásicas y —en el último movimiento— incluso en el terreno del jazz.

Nos agradó la facilidad con la que Lina resolvió pasajes exigentes como ese fluir de semicorcheas en el Adagio de inicio que nos llegó con dinámica claridad y rotundo perfil. Asimismo, logró ser expresiva en las ansiedades liricas (dulces pianísimos) en el Andante, a cuyo embrujo de elegía las cuerdas de nuestra orquesta respondieron con excelente pulso.

Pero fue en el Allegro scherzando final cuando Lenka obtuvo el máximo de rendimiento. Pasajes con abundancia de síncopas y arabescos pasaron vigorosamente por sus manos. Nos asombró con saltos vertiginosos, trémolos y rápidas escalas. Y tras un majestuoso lapso de melancolía, la interprete cerró su obra con luciente cadenza plena de espejismos virtuosísticos. El público ovacionó fervientemente a la solista.

Instante de Schumann

Finalizó el recital con la segunda sinfonía que escribiera Roberto Schumann en 1842, pero que, por haberla modificado ampliamente diez años más tarde ahora ocupa el cuarto sitio en el catálogo oficial y es de las más escuchadas por todo el orbe por su pasión intensa y como desesperada.

Los cuatro movimientos se ejecutan sin pausa, con enlaces muy cuidados, anticipo —dicen— de la forma “cíclica” de Cesar Franck y otros encomiables músicos.

Vigorosa e intensa, posee como insignia un tema en arabesco que “obsesionó” la mente del músico ya con graves problemas psíquicos. Se inicia con una introducción lenta que deriva en un Allegro en el cual se materializa el espíritu voluntarioso y audaz del compositor con dos temas esenciales y varios secundarios que se suceden y repiten.

Sigue la famosa Romanza, un nocturno cuya deliciosa melodía se reparten inicialmente el oboe y los chelos. En la parte central, el primer violín realiza modulaciones hasta derivar en el Scherzo que contiene pasajes de gran concentración que lucen como variantes de uno de los temas de la romanza.

Ondulantes frases de los chelos enlazan al último movimiento, dividido en parte lenta y sección vibrante que ofrece contrastes de intensidad y se presentan varios de los motivos escuchados en los movimientos anteriores, sobre todo aquel obsesionante que lució en el primer instante. La pieza finaliza con gran brillantez.— Jorge H. Álvarez Rendón

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