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Digno final de la temporada: Enrique Bagaría hace gala de su destreza al piano

domingo, 19 de junio de 2022 · 01:30

Anteanoche, en el Teatro Peón Contreras, un pianista español sumamente diestro y sensitivo —Enrique Bagaría— clausuró dignamente la XXXVII Temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán al aceptar, con plenitud, las provocaciones de una obra maestra absoluta: el Concierto número 5 en Si Bemol Mayor Op 73 del maestro Ludwig Van Beethoven.

Con don Juan Carlos Lomónaco, director titular, al frente, el programa final se aferró también a las confrontaciones vitales del compositor más querido por los fieles de nuestra orquesta, el ruso de los ballets más celebrados del mundo —Piotr Ilich Tchaikowski—, cuya Sinfonía número 5 ahondó las emociones desatadas por el concierto beethoveniano.

Y es que las composiciones del gigantesco alemán y del amado ruso han ocupado sitial de privilegio en los programas de la OSY desde sus orígenes, dieciocho años atrás. En todas las temporadas han estado presentes, aunque sea con una obertura. Ninguna selección podría ser más atinada y del gusto de los oyentes.

Beethoven

Finalizado en días sumamente amargos, tras el terrible asedio de Viena por los cañones de Bonaparte, el Concierto número 5, denominado “Emperador” por un editor inglés, tuvo en cuenta las posibilidades expresivas de los nuevos y poderosos pianos que ni Haydn ni Mozart conocieron. Aptos para un lenguaje poderoso y amplio. Campo fértil para establecer nuevas opciones.

El sobrenombre es categórico y oportuno. En sus movimientos extremos, el concierto exhibe el ánimo heroico, indeclinable ante el infortunio, del espíritu de don Ludwig. Energía permanente en sentido e incluso en el estilo, pues la orquesta no se arrima a los acomodos del solista, sino que toma aires sinfónicos, resonando imperialmente, adaptándose apenas para no opacar la voz del piano.

Inicio luciente con un Allegro de grandes proporciones. Un impositivo acorde da pie para que el pianista inicie una serie de arpegios, trinos, escalas henchidos de pasión, pero lo que pudo ser una cadencia se interrumpe con un afluvio del instrumento y la masa orquestal poderoso y de ímpetu heroico. Desde este umbral se supo que Enrique avista con clara plenitud el cuerpo del texto a su cargo.

La orquesta retorna para exponer los dos temas, uno marcial y otro más mesurado. Después escuchamos un amplio desarrollo con ágiles variaciones entre piano y el todo orquestal que recorren un amplio panorama armónico. Los temas se encuentran o se oponen en dinámica actitud. Una cadenza en forma de diálogo entre orquesta y piano nos lleva al punto final.

Otro aspecto del romanticismo —el subjetivismo— se explora en el segundo movimiento —Adagio un poco mosso— cuyo carácter nocturnal, intimista, de una profunda dulzura siempre ha fascinado a los oyentes. Bagaría demostró aquí —trinos en ascenso— su aptitud de expresividad. El carácter meditativo se ve favorecido por oboe, clarinete y flauta. Como transición al último movimiento, sobre una nota prolongada de trompeta, el piano insinúa el tema del rondó que viene.

Tras un silente lapso, el piano arranca el famoso estribillo con la oposición rítmica de ambas manos del intérprete. La orquesta ingresa y secunda al solista con un brío apasionado e insistente. Un perfecto equilibrio de las voces hace de este instante uno de los más heroicos y esforzados del maestro. Tras un desarrollo en que el instrumento solista escudriña universos en las entrañas temáticas, un redoble de tambor inicia el momento final, de triunfante corte. Bagaría, impecable, obtuvo una lluvia de aplausos como en pocas ocasiones se escucha.

Tchaikowski

En la segunda parte del programa advertimos el retorno de Tchaikowski a la creatividad tras casi dos años de profunda melancolía y pesimismo. En 1888, en una casa campestre de la hoy república de Georgia, trabajó afanosamente dos meses para darle estructura y sentido a la Sinfonía en Mi menor Op 64, la quinta dentro del género.

Abatido tras el abrupto final de aquel “matrimonio” con el que pretendió disimular su homosexualidad, las cartas del maestro a su protectora Nadaza von Meck lo muestran inseguro de su arte compositivo, con tumultos de ideas negativas. Sus proyectos no avanzan. Su estada en el campo vino en su auxilio.

Ver al trigo creciendo, sentir el ligero temblor de los vientos del no lejano mar, le devolvieron lentamente la confianza y pudo apartar “el esqueleto azul de las tinieblas” como dijera Pushkin en uno de sus célebres versos. Por lo menos, recobró la certeza de su técnica.

La Sinfonía número 5 es una “aceptación del destino” que se materializa en un tema cíclico que regresa por instantes en cada uno de los movimientos como columna de sostén en un combate interior entre la esperanza y la aceptación de cuanto le depare el futuro.

Un adagio afligido y nebuloso presenta el motivo central. Hay que dejarse llevar por las líneas del destino. No tiene caso la lucha ni la insumisión. Lentamente se perfila el Allegro, cuyos temas se mantienen aún en la savia espesa de un mundo clausurado a la libertad afectiva que irrumpe en la intimidad y la desmiembra. Alientos y cuerdas nos mantienen en la órbita de la dudosa expectativa.

Andante cantábile. Se llena el horizonte de una dulce esperanza. Tras las cuerdas graves, entona el corno el melancólico, inolvidable tema de este fragmento, que el oboe desenvuelve con todas las vestiduras propias de un espíritu adolorido que apenas advierte un horizonte. En el núcleo central, con trinos, el clarinete detona otro instante, en contrapunto, de marcado lirismo. Más adelante, la orquesta centra los motivos en exultante final.

Viene después el scherzo, un elegante vals, de ésos en los que Tchaikowski no tuvo rival, se arma desde las voces de los violines, en distintos diálogos con fagot y oboe. Las cuerdas en escalas y los alientos nos llevan pausadamente al tema del destino. Un andante majestuoso marca el inicio del instante final, en el que un tema solemne da lugar al Allegro vivo con variaciones y dos temas. Redobles de timbal amparan por un momento el motivo central y causa impresión de final, pero las trompetas y flautas se aúnan poco después a las cuerdas en un cierre emotivo.

Hubo aplausos de pie y vítores clarísimos para la lectura de don Juan Carlos y nuestra orquesta, clara y precisa, dentro del espíritu de Tchaikowski flagelado por dudas y escasas esperanzas. Digno final de una buena temporada.

El cronista se despide de sus amables lectores hasta el próximo septiembre. Aprovechamos para agradecer a don Miguel Escobedo las extremas facilidades que brinda a nuestro trabajo que, precisamente en esta temporada, llegó a los 50 años.— Jorge H. Alvarez Rendón

 

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