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José Filadelfo García Gutiérrez: Los piratas emergen en respuesta al monopolio

21/6/2022 · 01:30

A Itzel, que navega

El dominio del Nuevo Mundo que dio a conocer Cristóbal Colón, con un alcance político, cultural y social que no tuvo el hallazgo vikingo del mismo (Groenlandia y una parte de Canadá) cinco siglos antes, fue legitimado de manera, tanto religiosa, como política, por las bulas del papa Alejandro VI en 1493, y por el tratado de Tordesillas, de 1494. Tanto la bulas como el tratado autorizaron el dominio sobre los territorios recién descubiertos por parte de dos potencias marítimas, España y Portugal, cuya rivalidad se vio conciliada, precisamente por el de Tordesillas, con la distribución bipartita de tierras y mares de aquel mundo que, antes de 1492 (y todavía después de ese año), era más imaginado con una fascinación legendaria, que real, en un sentido físico, material.

Las pugnas políticas y bélicas entre los diversos reinos europeos de ese período, permiten obviar la insatisfacción entre aquellos reinos que, tras aquella legitimación política y religiosa, quedaron excluidos del dominio y distribución de esa “terra incognita”, que no solo ofrecía tierra sino riquezas que contribuirían a ampliar las arcas reales y el comercio de esos gobiernos (un comercio cerrado, monopólico), como el oro, cuya fabulosa historia de abundancia impulsó a la exploración y descubrimiento del mismo, pero no en las proporciones advertidas por la fantástica especulación europea.

Una manera de alterar los límites de dominación que tenían los dos reinos ibéricos sobre las riquezas del Nuevo Mundo fue la piratería, la cual benefició en un principio (al emerger con toda su temeridad y violencia en el siglo XVI) a Francia e Inglaterra, dos de los reinos excluidos por las bulas de Alejandro VI. Germán Arciniegas, en su “Biografía del Caribe”, evoca las palabras que, al respecto de esta bulas, Francisco I de Francia refirió: “¡Y yo querría ver la cláusula del testamento de Adán que me prive de reclamar mi parte en el Nuevo Mundo!”. Estas palabras regias, provocadoras e intencionadas, sugieren, simbólicamente, la causa que pudo contribuir a la prosperidad de la piratería, y que la distinguió no solo como las acciones de un grupo de hombres aventureros que, por su ambición e inversión personales, irrumpieron con virulencia en los mares caribeños, el golfo de México y en los puertos continentales, sino también como la incursión atlántica de un grupo de hombres que trabajó gracias al sueldo que les otorgaron los monarcas.

A partir de esta distinción es posible identificar a los piratas, hombres que actuaban fuera de la ley y por propia cuenta, y a los corsarios, que también actuaban fuera de la ley, pero bajo el amparo de las coronas, en el siglo XVI, francesa e inglesa.

La piratería emergió como la violenta respuesta al monopolio comercial hispano, por parte de aquellos monarcas que, al verse desplazados en la repartición de las tierras recién descubiertas y por descubrir, hicieron de su ilegalidad una condición siempre arriesgada pero proveedora de riquezas (metales preciosos, por ejemplo), y de su crueldad y arrojo desbordados en una empresa sin reservas morales, pero debidamente legitimada por las arcas reales que le dieron patrocinio.

Poeta y ensayista.

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