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Padre Manuel Ceballos García: Homilía del domingo 26 de junio

domingo, 26 de junio de 2022 · 01:30

Señor, te seguiré adonde quiera que vayas

San Lucas expone hoy las líneas esenciales de la subida de Jesús a Jerusalén, que concluirá con la glorificación de Jesús una vez que haya cumplido toda la voluntad de Dios Padre. Resalta fuertemente la expresión “seguir a Jesús”: los que quieran seguir a Jesús en esta subida a Jerusalén, a la cruz y al Padre, deberán desprenderse de todas las ataduras y marchar resueltamente detrás del Maestro.

San Mateo, en su evangelio, asegura que el primero que se acercó a Jesús con ánimo de seguirle fue un escriba; Jesús le dijo sin rodeos cuál iba a ser la clase de vida que le esperaba si se decidía a seguirle: tendría que renunciar a tener un hogar y un pedazo de tierra donde caerse muerto, lo mismo que el Maestro. En el segundo caso, fue Jesús el que invitó a un hombre a que le siguiera más de cerca; pero este hombre le pidió a Jesús que le dejara antes ir a enterrar a su papá, pero Jesús le advirtió que ni siquiera esto debe detenerlo, porque los heraldos del Reino de Dios tienen mucha prisa, y deben ser otros los encargados de enterrar a los muertos.

El tercer hombre quiso despedirse de su familia antes de seguir a Jesús; parece que se trató de un hombre todavía apegado a su familia. El verdadero discípulo de Jesús debe olvidarse de todo lo que va dejando atrás y tener siempre la mirada puesta en lo que está adelante.

Así pues, la vocación tiene en los orígenes una acción de Dios: al principio está la Palabra que rasga las tinieblas y hace brillar la luz, que corta el pasado y abre un nuevo horizonte. Todo eso queda escenificado en la persona de Eliseo cuya vida queda transformada con el símbolo de la comida con la gente de su clan, y cuyo guiso se cocina con la leña de aquel arado que simbolizaba su vida anterior.

En la llamada para el Reino propuesta por Jesús no hay espacio para las “despedidas”: se corta el pasado sin esperas ni compromisos. El que entra en el Reino de Dios hace una elección radical y total. El poeta inglés T.S. Eliot escribió que: “Dios teje con sus manos una camisa de fuego” y nos la pone encima como si fuera el manto del profeta Elías. “La fuerza humana no la puede quitar y nosotros vivimos y respiramos solo si ardemos de amor”.

Ahora bien, San Lucas tiene claro que el camino de Jesús tiene una vocación precisa, la de la cruz en Jerusalén; pero esta peregrinación no tiene como arribo final la colina del Gólgota, sino la ascensión, la gloria. Nuestra vocación no es un dejar para perder, sino un perder para encontrar; no es una fanática consagración a un destino, sino una elección de camino hacia la esperanza y al interior de un designio trazado por Dios.

 

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