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Padre Manuel Ceballos García: Homilía del domingo 3 de julio

domingo, 3 de julio de 2022 · 01:30

“Pónganse en camino…”

Hoy escuchamos la consideración de Jesús sobre la abundante cosecha y la falta de obreros para recogerla. El dueño de los campos es Dios. A él toca elegir y enviar operarios a la mies. Y las personas solo pueden pedir al Señor que así lo haga. Pero, para el envío que hace Jesús, no hace falta alforjas, ni sandalias, ni tan siquiera un bastón...

Sobra todo lo que a nosotros nos parece lo más elemental, pues la única fuerza está en la Palabra de Dios y la mejor ayuda para llevarla a todas partes es la pobreza. El pobre, desprendido de todo y desarraigado de todo, es el único que tiene los pies ligeros para anunciar el Evangelio. Y esta prontitud es lo que hace falta ante la urgencia del Reino de Dios, que está ya cerca de nosotros.

La misión de la Iglesia en el mundo no es otra que la de predicar el Evangelio. Para cumplir esta misión no hacen falta grandes escenarios. Es tanta la prisa para anunciar el Reino de Dios que los enviados de Jesús no deberán detenerse a saludar a nadie en el camino.

Los enviados de Jesús es gente de paz; pero la paz que traen consigo no será siempre bien recibida, ya que no es la comodidad, ni la tranquilidad, ni cualquier otra paz entendida como la entiende el mundo. Es la paz de Dios, una paz que solo se asienta sobre la justicia. Es el Señor el que da sentido y eficacia al anuncio de paz que hacen sus enviados.

“Vayan, he aquí que los envío…” Jesús evoca un campo enorme lleno de frutos pero con pocos trabajadores. He aquí un rebaño de corderos que se aventura en un territorio lleno de lobos. He aquí al peregrino que camina bajo el sol ardiente sin bolsa, sin alforja y sandalias y que toca a la puerta de una casa pidiendo hospitalidad. He aquí un obrero que trabaja duramente todo el día y por la tarde espera la justa recompensa.

Generosidad, pobreza, desapego, caridad son temas que fluyen ante nuestros ojos delineando el verdadero rostro del misionero, pero haciendo hincapié en la dimensión fundamental del carisma cristiano, la horizontal de la caridad fraterna (“curar a los enfermos”) y la vertical del anuncio del Reino de Dios.

Evidentemente que el modelo es Jesús que, “en cualquier lugar” por donde iba, hacía el bien y sanaba a todos los que estaban enfermos, pero que también predicaba un nuevo orden de vida, una salvación plena y perfecta, la realización de un proyecto divino de paz, de armonía y de amor, el Reino de Dios precisamente.

 

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