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Revive el Camino de Santiago

Recibe otra vez peregrinos luego del confinamiento
lunes, 4 de julio de 2022 · 00:27

TERRADILLOS DE LOS TEMPLARIOS, España (AP).— En medio de los amplios cultivos de cereales de España se levanta una iglesia medieval que monta guardia sobre un puñado de casas de adobe en las que habitan unas 50 personas y donde pernocta el doble de viajeros al hacer el Camino de Santiago.

Terradillos de los Templarios, y docenas de pueblos similares, fueron construidos para acoger a los peregrinos que en la Edad Media recorrían los 800 kilómetros de territorio español hasta la tumba del apóstol Santiago, en Santiago de Compostela. El paso de los peregrinos modernos evita su desaparición.

“Esto es vida para los pueblos”, dice Nuria Quintana, quien administra uno de los dos hostales para peregrinos en Terradillos. “En invierno, cuando no pasan peregrinos, puedes dar 200 vueltas y no ves a nadie”.

En este caserío —que lleva el nombre de una orden medieval fundada para la protección de los peregrinos—, y a todo lo largo del trayecto, la presencia de viajeros tras las restricciones impuestas por la pandemia de Covid-19 ayuda a devolver el sustento y la vitalidad a los poblados, que durante el confinamiento perdieron empleos, población e incluso tejido social.

“Si no fuese por el Camino, no habría ni un café. Y el bar es donde se encuentra la gente”, indica Raúl Castillo, agente de la Guardia Civil, la agencia española encargada de vigilar los caminos y poblados. Castillo tiene 14 años apostado en Sahagún, a 13 kilómetros de distancia, desde donde los agentes resguardan 49 aldeas.

“Los pueblos al lado, sin el Camino, te echan a llorar. No ves a nadie, casas caídas, la hierba por las aceras”.

Desde los Pirineos en la frontera con Francia, y a lo largo de cientos de kilómetros de planicies españolas bañadas por el Sol hasta las colinas cubiertas de niebla de Galicia que dan hacia el Atlántico, los alguna vez prósperos poblados de campo y ganadería viven desde las últimas décadas una “hemorragia” de población.

La mecanización redujo drásticamente la necesidad de jornaleros. A medida que los jóvenes se mudaban, las tiendas y cafeterías comenzaron a cerrar.

Con frecuencia también cerraban las majestuosas iglesias llenas de arte invaluable, la herencia de creadores medievales y renacentistas que fueron llevados por los burgueses, señala Julia Pavón, historiadora de la Universidad de Navarra, en Pamplona, la primera gran ciudad del Camino.

Fama renacida

Pero en la década de 1990 el Camino recuperó popularidad internacional y decenas de miles de visitantes lo recorren a pie o en bicicleta cada primavera, verano y otoño. Después de un descenso drástico por la pandemia y el inicio de la recuperación con peregrinos casi exclusivamente españoles en 2021, 2022 se siente como el año de “por fin”, como lo llama Quintana, con más de 25,000 visitantes tan solo en mayo cubriendo la ruta más tradicional, la del “Camino francés”.

Con los peregrinos diarios superando en proporción de 10 a 1 a los residentes de las aldeas más pequeñas, el impacto es enorme.

“Ahora mismo lo que funciona es la hostelería”, explica Óscar Tardajos, quien nació en una granja ubicada junto al Camino. Durante 33 años ha administrado un hotel y restaurante en Castrojeriz, pueblo de montaña de edificios de piedra que hace siglos fue centro del comercio de lana, cuando se erigieron sus seis iglesias.

El Camino ayuda a crear empleos y a mantener la herencia cultural, subraya Melchor Fernández, profesor de economía de la Universidad de Santiago de Compostela. “Frena la despoblación”, que es 30% mayor en las comunidades gallegas que no están sobre el Camino.

Aunque la mayoría de los peregrinos no gasta más de 50 euros al día, el dinero se queda en los poblados.

“El pan del bocadillo del peregrino no es Bimbo, es de la panadería al lado”, apunta Fernández.

En Cirauqui, en la cima de una colina de Navarra, la única panadería logra sobrevivir porque docenas de peregrinos hacen ahí a diario una escala, manifiesta Conchi Sagardía mientras le sirve un pan y jugo de frutas a un peregrino de Florida.

Fuera de los peregrinos, los principales clientes de estos comercios son los adultos mayores de las comunidades, donde viven muy pocos adultos jóvenes.

“En el verano las abuelas se sientan a mirar pasar los peregrinos”, relata Lourdes González, paraguaya que durante 10 años ha operado un café en Redecilla del Camino, un pueblo cuya única calle es el Camino.

Su preocupación —compartida ampliamente a lo largo del trayecto— es mantener vivo ese ánimo único de los peregrinos, ya que la popularidad del Camino fomenta la actividad económica.

Los ejemplos más frecuentes son las distintivas flechas amarillas que conducen hacia bares o establecimientos de masaje de pies y no al Camino. Hace poco, en la localidad de Tardajos, Esteban Velasco, un pastor retirado, se paró en una intersección para indicar la ruta correcta a peregrinos.

“El Camino no tendría razón de ser sin peregrinación”, afirma Jesús Aguirre, presidente de la Asociación Amigos del Camino de Santiago de Burgos. “Uno lo puede hacer por varios motivos, pero se va empreñando de algo”.

Para muchos se trata de una búsqueda espiritual o religiosa. El incentivo de mantener abiertas las iglesias también revitaliza a las parroquias, dada la veloz secularización de España.

Cosmopolitas

Los peregrinos internacionales como él han vuelto a algunas localidades cada vez más cosmopolitas. En Sahagún, el maestro de inglés ordena a la hija de Nuria Quintana y a sus compañeros de clase pegarse a los peregrinos y practicar su idioma.

En la pequeña Calzadilla de la Cueza, “la gente se ha hecho mucho más sociable”, asegura César Acero.

Los habitantes como él lo llamaron “loco” cuando en 1990 abrió un hostal y un restaurante donde hace poco a dos agricultores con sus tractores les despacharon rápidamente café al lado de un grupo de ciclistas que procedían de Holanda y se dirigían a Santiago.

“Hoy ves gente que de pequeña yo no veía, de todas nacionalidades”, expresa Loly Valcárcel, propietaria de una pizzería en Sarria. Se trata de una de las localidades de intensa actividad en el Camino porque se ubica a poco más de la distancia necesaria para obtener el “certificado” de finalización en Santiago.

Un número menor de peregrinos toma el antiguo camino romano por la Calzadilla de los Hermanillos, donde de niña Gemma Herreros ayudaba a alimentar a las ovejas que su familia crió por generaciones.

Avance sin cambio

Herreros tiene un establecimiento que ofrece alojamiento y desayuno con su esposo cubano, un experegrino, cerca del museo al aire libre de la localidad que describe la historia de esa antigua calzada. Herreros confía en que el poblado continúe prosperando pero sin perder por completo la “libertad absoluta y solidaridad” que conoció de niña.

En Hornillos del Camino, un poblado de casas de piedra color miel y una sola calle, Carmen Rodríguez comparte esperanzas similares.

Un pequeño grupo de peregrinos vino cuando ella era niña. Ahora, “de la cantidad de gente casi da miedo salir a la calle”, admite cuando sale del restaurante de su propiedad para comprar pescado a un camión, que sustituye a tiendas de comestibles en muchos poblados. Pero explica rápidamente: “Sin el Camino, volveríamos a desaparecer”.

 

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