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Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos: La inmediatez es enfermiza

7/7/2022 · 01:30

Las prisas dirigen nuestras vidas. Y son extremadamente contagiosas y dañinas. Por si fuera poco, suelen ir de la mano del no menos tóxico estrés. Un veneno letal para nuestra salud física y mental, un puñal para el buen humor o nuestra capacidad de relativizar los problemas.

Desde la llegada de la tecnología —hace ya algunas décadas— estamos en una continua carrera por ganar segundos al reloj, por hacer muchas cosas en poco tiempo. Por hacer todo rápido, pensando que eso nos hará mejores. Enfermos de inmediatez.

Somos hijos de nuestro tiempo y ciertamente queremos extender el reloj más allá de las 24 horas del día.

¿Qué nos hace ir más a prisa? ¿Por qué nos obsesionamos por hacer más en menos tiempo? Queremos ser productivos, queremos dar resultados, queremos demostrar los frutos a corto o mediano plazo.

Las prisas y su consiguiente estrés reducen nuestra tolerancia al error y nos hacen caer en precipitaciones, convirtiéndonos en esclavos de la ansiedad y la frustración.

 

Tal vez sea el momento de cuestionarse la idea generalizada de que “cuanto más rápido mejor”, por otra que sea “cuanto más óptimo mejor”, y en esa ecuación meteríamos el bienestar por encima del resultado.

Me parece que el mejor antídoto para darnos cuenta de esta situación y sanar es buscar tiempos para orar y meditar la Palabra de Dios. Ahí, Nuestro Señor nos interpela y se dirige directo a nuestro corazón para disponernos a la conciencia plena de nuestros actos.

 

También nos hace bien que alguien muy cercano, nos interpele, un familiar, un amigo, alguien que nos conozca y nos haga la observación que vivimos en la obsesión de la inmediatez enfermiza: hacer las cosas hoy mismo sin esperar.

Tambien es cierto el refrán que reza: “no dejes para mañana lo que hoy mismo puedes hacer”, pero en una balanza ciertamente existen prioridades.

Seamos sinceros con nosotros mismos, miremos hacia adentro y en una sincera plática con Dios, pídele esa paz y serenidad necesarias para vivir el día a día con alegría y mansedumbre.— Coordinador Diocesano para la Pastoral de la Vida y Doctorando en Bioética

 

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