El décimo programa de conciertos de la temporada enero-junio de la Orquesta Sinfónica de Yucatán fue anunciado como una gala de ópera italiana, pero anteanoche, en la Sala de Conciertos del Palacio de la Música, terminó convirtiéndose en algo mucho más íntimo y conmovedor: un recorrido por la feminidad, sus luces y heridas, sus arrebatos y fragilidades, a través de las mujeres inmortales de la lírica encarnadas por la soprano italiana Gloria Giurgola, acompañada por una Orquesta minuciosamente trabajada bajo la dirección del maestro Alfonso Scarano.
Italia estuvo presente desde el primer instante, no solamente en las partituras de Verdi, Puccini, Bellini, Rossini, Donizetti y Mascagni, sino también en la complicidad artística entre Scarano y Giurgola, quienes se conocen desde hace años y han compartido escenarios en su país natal.
El director había adelantado al Diario la juventud, frescura y capacidad actoral de la soprano, una artista a la que nunca dudó en traer a Yucatán para su debut en México. Esa conexión se hizo evidente durante todo el concierto: miradas cómplices, respiraciones perfectamente sincronizadas y una confianza silenciosa entre batuta y voz, siempre sostenida por la OSY, que convirtió la noche en puente sonoro entre Mérida y la cuna de la ópera.
Scarano abrió la velada con los preludios de los actos I y III de “La Traviata”, de Giuseppe Verdi. Desde las primeras notas, la OSY dejó clara la altura interpretativa de la noche. Los violines parecían anunciar la fragilidad de Violetta antes incluso de que apareciera la soprano; las cuerdas respiraban con elegancia mientras la Orquesta construía un paisaje de amor y fatalidad con precisión y sensibilidad.
Cuando el director bajó del podio y condujo a Gloria Giurgola al escenario, el recinto pareció reconfigurarse alrededor de la protagonista de la noche. Vestida con un elegante traje azul de destellos brillantes, la soprano lucía luminosa. Su larga cabellera rizada, recogida en un alto peinado, enmarcaba un rostro que pronto se convertiría en una poderosa herramienta expresiva.
Llega con vibrante voz
Entonces apareció Violetta. Con “E strano… Sempre libera”, Giurgola sostuvo cerca de diez minutos de virtuosismo vocal y dramatismo emocional. Era una mujer debatida entre el vértigo del amor y la necesidad de conservar su libertad.
La soprano levantaba los brazos como si intentara atrapar algo invisible, recogía las manos en el regazo, se tocaba el cabello y se inclinaba hacia adelante señalando un horizonte íntimo. Durante las notas más largas y agudas, el público parecía contener la respiración; cuando la orquesta retomaba el discurso musical, la sala entera volvía a relajarse. Entre aria y aria, la OSY asumió un protagonismo absoluto.
El intermezzo de “Manon Lescaut”, de Puccini, encontró en las cuerdas una melancolía profundamente cinematográfica, mientras Scarano guiaba cada sección con movimientos precisos y expresivos.
La coquetería irrumpió después con Musetta y “Quando me’n vo”, de “La Bohème”. Gloria Giurgola se transformó por completo: la sensualidad apareció en la mirada, en el movimiento de los hombros y en la manera juguetona de desplazarse por el escenario.
Había humor y provocación en esa mujer consciente del efecto de su belleza. La sala respondió con sonrisas discretas y suspiros apenas contenidos.
Casi de inmediato, Puccini mostró otra faceta femenina. En “O mio babbino caro”, de “Gianni Schicchi”, Giurgola se convirtió en Lauretta: dulce, frágil y enamorada hasta la desesperación. La voz, antes desafiante y coqueta, se volvió delicada, casi transparente. Durante unos minutos, el tiempo pareció ralentizarse. Mascagni devolvió el peso dramático con el intermezzo de “Cavalleria rusticana”, interpretado con notable profundidad espiritual. La OSY logró suspender el tiempo en una atmósfera solemne y contenida, como la calma inquietante que precede a una tormenta.
Con Bellini llegó “Ah! non credea… Ah! non giunge”, de “La Sonnambula”. Como Amina, Gloria Giurgola se mostró amorosa, vulnerable y profundamente humana. La primera parte flotó entre la tristeza y la melancolía; la segunda permitió a la soprano desplegar un virtuosismo luminoso que jamás pareció esfuerzo, sino emoción pura.
Suena “El barbero”
Después, la OSY ofreció uno de los momentos más celebrados de la noche con la obertura de “El barbero de Sevilla”, de Rossini. Scarano condujo el célebre crescendo rossiniano con una energía contagiosa; las secciones dialogaban con picardía y precisión, provocando movimientos involuntarios entre los asistentes. Era imposible no dejarse arrastrar por ese impulso juguetón.
La atmósfera volvió a oscurecerse con el preludio de “Rigoletto” antes de abrir paso a “Caro nome”. Giurgola volvió a transformarse, esta vez en Gilda: joven, enamorada e inocente, desbordada por el descubrimiento del amor. Su interpretación tuvo la frescura de una primera confesión amorosa sostenida sobre trinos delicadísimos.
La monumental obertura de “Guillermo Tell” encontró a una orquesta particularmente brillante. Rossini parecía haberse instalado por completo en la sala: el amanecer, la tormenta, la calma pastoral y la heroica cabalgata final se dibujaban con fuerza visual.
Guiada por Scarano, la OSY convirtió la pieza en un espectáculo narrativo sin necesidad de palabras.
Luego apareció Norina. La cavatina de “Don Pasquale” comenzó con una imagen inesperada: Gloria sentada al pie del podio, simulando leer una revista junto al director. Cantó desde ahí con astucia y humor hasta lanzar el impreso al aire y ponerse de pie con encantadora gallardía. Era la mujer inteligente, independiente y dueña de sí misma. El público respondió con risas y una sensación compartida de ligereza.
Verdi regresó con la poderosa obertura de “La forza del destino”, ejecutada con intensidad dramática por la OSY. Los metales resonaron con fuerza mientras las cuerdas sostenían la tensión de esa lucha musical contra el destino.
El cierre llegó con “Regnava nel silenzio”, de “Lucia di Lammermoor”. Giurgola ofreció quizá la interpretación más estremecedora de la noche: misteriosa, asustada, suspendida entre la belleza y la locura. Se sujetaba el cabello, buscaba algo invisible y observaba el vacío con inquietud. Y luego estaba la voz: inmensa, inundando cada rincón de la sala con notas que parecían desafiar cualquier límite humano.
Cuando terminó, el silencio duró apenas un instante antes de que estallaran los aplausos. “¡Bravo!”, “¡Bravi!”, “¡Gloria!”, comenzó a escucharse entre el público de pie. Scarano tomó de la mano a la soprano y ambos hicieron reverencia una y otra vez.
Parecía imposible cerrar la noche. Incluso cuando las luces se encendieron, el hechizo persistía: personas acercándose al escenario para felicitarla, Gloria respondiendo sonriente y tomándose fotografías para inmortalizar el momento.
Mientras la sala comenzaba lentamente a vaciarse, los aplausos seguían viajando por los pasillos del Palacio de la Música, negándose a extinguirse.
Como si nadie quisiera abandonar del todo esa Italia sonora que, durante dos horas convirtió a Mérida en escenario de amor, deseo, inocencia, sensualidad, tragedia y belleza.
Una noche en la que la Orquesta Sinfónica de Yucatán acompañó y respiró junto a una gran voz, sosteniendo a siete mujeres distintas y recordando, con una absoluta contundencia, por qué la ópera sigue siendo capaz de conmover.— Darinka Ruiz Morimoto





