“LA PAZ ESTÉ CON USTEDES”
No les faltaban motivos a los discípulos de Jesús para tener miedo y encerrarse con llave. Nosotros mismos, no obstante decir que creemos en la resurrección del Señor y que hemos recibido el espíritu de fortaleza, tenemos miedo a muchas cosas. En la raíz de todos nuestros miedos está el miedo a la vida y a la libertad. Este miedo nos quita la alegría de vivir y nos incapacita para anunciar al mundo la Vida.
Jesús sorprendió a los suyos con un saludo. Pero no saludó como todo el mundo, aunque lo haga con palabras usuales en Palestina. Jesús no les deseó la paz como la desea el mundo, ni pensó en la misma paz. Jesús les dio la paz, y esta paz verdadera es su paz y el fruto de la victoria sobre la injusticia. Él mismo, resucitado, es ahora la paz.
Les mostró las llagas para que comprobaran la identidad de su persona, para que vieran sus ojos que el mismo que fue crucificado y asesinado es el que vive. Todo el testimonio apostólico, todo el Evangelio, es la proclamación de esa identidad. Evangelizar es decir que “Jesús es el Señor”, que Jesús de Nazaret muerto en la cruz es el Hijo de Dios que vive para siempre.
El Espíritu Santo que da Jesús en esta hora de enviar a los discípulos al mundo es el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús antes de comenzar su vida pública y su predicación del reinado de Dios. El gesto de Jesús encuentra su antecedente en el Génesis, cuando se dice que Dios exhaló su aliento sobre el rostro de Adán y este comenzó a vivir: comienza una nueva creación y una nueva vida.
Ahora bien, no es posible vivir sin el perdón de Dios y el perdón entre las personas, sin la reconciliación universal. Jesús nos reconcilia con Dios, pero esta reconciliación ha de mostrar su eficacia en la reconciliación verdadera de unos con otros. Una falsa reconciliación que dejara en el mundo las cosas como están no sería signo de la reconciliación con Dios. No es esa la paz que desea el Espíritu Santo, no es esa la paz y la reconciliación del Señor.
