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''Cómo aprendí a volar''

Fernando de la Cruz Herrera, autor de "Cómo aprendí a volar"

¿Qué niño no imaginó alguna vez que volaba? Solo tenías que ponerte la infalible capa de un súper héroe (una sábana o un mantel) y aventarte de la cama al piso, que eran como mil millones de kilómetros.

De niña, yo volaba como mi heroína favorita, “La mujer maravilla”, que interpretaba maravillosamente Linda Carter en la serie televisiva de ese entonces. Nunca entendí por qué le decía “emparedado” a su sándwich pero yo le empecé a decir emparedados a los sándwiches y todo mundo se reía de mí.

Para volar como La mujer maravilla solo necesitaba unos chones como los de ella (en realidad los míos eran de esos de arandelas, que picaban), un “lazo de la verdad”, que era una soga cualquiera, hasta la del lavado, y mi súper brazalete.

Me trepaba a cualquier lado, al techo no porque no me dejaban, pero a una silla sí, por ejemplo, y me aventaba esos diez mil millones de kilómetros que transcurren cuando eres niño y crees que vuelas pero solo te avientas y en realidad no pasa más que un segundo entre treparse y aventarse pero tú sientes que es una eternidad.

De todo eso me acordé cuando leí el libro “Cómo aprendí a volar”, la más reciente novela infantil de Fer de la Cruz. Y de los papalotes que siempre me han fascinado y siempre soñé aprender a hacer.

Una veleta mágica

También hizo que me acordara de otra forma de volar que aprendí en la casa mágica en la que vivía entonces. Era mágica porque había una veleta mágica que giraba cuando mi abuela silbaba una tonada mágica que mágicamente hacía que la veleta girara cuando no había nada de viento.

Y volaban las copas de los árboles. Y las hojas caídas de los árboles. Y todo lo que existía volaba.

Hay muchas formas de volar según el libro de Fer: con un papalote, un libro, trepándose a un techo, viajando, viendo estrellas fugaces, soñando que se vuela. O muriendo.

Y a veces un papalote es un pájaro o un ángel, porque nunca es solo de papel. Pero todo niño o persona que quiera aprender a volar debe encontrar sus propias alas:

“Yo ya aprendí a volar también pero de manera diferente a la tuya y a la de Lucía y Arturo y las superheroínas y Canek y el niño Guy y el principito. Yo no soy gamer como Arturo. Aprendí a leer montada en los libros como alfombras voladoras. Te encantará saber que leo más que Lucía, Arturo y tú juntos. Leo como Belle, como Hermione, como Paloma Josse (la de La elegancia del erizo) y como Liesel Meminger (La ladrona de libros). Sin más rodeos, leo como mi Sor Juana, la que sigue brillando en los billetes de doscientos pesos, aunque yo la pondría por lo menos en los de dos millones”, dice uno de los personajes.

Distintas interpretaciones del mundo

Porque en el libro de Fer son los personajes los que llevan el hilo conductor de la historia a través de cartas y páginas de un diario personal, cada uno en su tiempo y en su forma de entender el mundo.

Como se puede apreciar en ese párrafo, el libro está lleno de referencias literarias y cinematográficas: Harry Potter, El Principito, El inventor de juegos, El dador, El juego de Ender, La historia interminable, Canek,  Birdman, la trilogía de El señor de los anillos, un poema de Jaime Sabines, Sor Juana…

“Hay libros que hay que leer con los ojos, como Alice´s Adventures in Wonderland. Mi traducción favorita tiene el poema de la cola de ratón, pues, en forma de cola de ratón como en el original. De los audiolibros To Kill a Mockingbird (Matar a un ruiseñor), mi favorito de todos los que leí el año pasado. El lector en inglés lee con su propio acento sureño, como de las películas con personajes sureños. Luego seguí con The Adventures of Huckleberry Finn con una voz igual de sureña y dulce, como de caballero sureño”, dice otro de los personajes.

Portada de "Cómo aprendí a volar", de Fer de la Cruz (Cortesía)

“…El principito, uno de esos libros que uno debe tener consigo toda la vida, un libro para empezar con los clásicos”, recomienda uno más de los narradores.

Así, Fer de la Cruz no solo cumple cabalmente con contar una historia bien contada y emotiva sobre la infancia, la muerte, la familia, la amistad, el primer amor y el proceso de crecer, sino que lo hace en el lenguaje de los chavos, en formato epistolar o confesional por medio del diario y con un compromiso de fomento a la lectura que nace de su propia vocación lectora y de paso juega con este vuelo siempre presente que representa la imaginación que propicia la lectura:

“Tengo muchos amigos voladores: el principito y el piloto de los que Arturo te hablará, y Canek y mi tocayo Guy, y Harry, y Wall-e… todos ellos vuelan y a todos los vas a encontrar en mi librero o en el de Arturo o en el de abuelo, igual que a otros que no vuelan pero que son muy buenos como Iván Dragó y Jonás (de El Dador), Chihiro, Jim Hawkings (de La isla del tesoro), Mina, Jonathan y el Dr. Van Helsing (de Drácula), Babe y a la tostadora valiente…”

Y además destaca cómo la lectura de sagas como Harry Potter puede ayudar a entender mejor eventos como la Segunda Guerra Mundial.

Supermán de vecino

Aunque habla de los  héroes y heroínas de los cómics y de los personajes de los cuentos, caricaturas o el cine animado, el libro también revela que los verdaderos héroes siempre están más cerca de los que pensamos, al igual que los personajes que habitan en el espacio, como los de Star Wars, Supermán y El Principito, “que igual y podrían ser vecinos”.

La actualidad del lenguaje, en este caso en los niños yucatecos que narran la historia, no solo está presente en palabras como “bullies” (los que hacen bullying) o “WhatsApps”, sino en la influencia de voces mayas como chilib o turix, que termina siendo muy divertida.

Niños (los personajes) narrando a niños.

No solo ahí radica el encanto y la eficacia de “Cómo aprendí a volar” sino en la estructura misma del texto: está dividido en las voces de los personajes Gustavo, Arturo, Lucía, como hemos mencionado, a manera de epístolas o páginas de un diario, en tres partes o vuelos: “Las vacaciones de verano”, “El regreso a clases” y “El vuelo final”; contiene un glosario sobre las palabras que utilizan los jóvenes, un “lexicón” que incluye términos como emoticón, emo, hípster y antihéroe; además de una guía para elaborar un papagayo paso por paso (eso fue lo  más GENIAL para mí) y como lograr que se eleve exitosamente.

Recomendaciones para volar

También tiene recomendaciones para aprender a volar y un cuestionario para que cada niño cuente, a su manera, cómo aprendió a volar o cómo le gustaría aprender a volar, qué libros recomendaría a uno de los personajes del libro o cuáles aun no lee y le gustaría que le regalen.

“Mis compañeros en la escuela sí leen pero no como yo… ya leí La Ilíada, La Odisea, la saga de El Hobbit y El señor de los anillos, los cuentos completos de Isaac Asimov (volúmenes I y II), una colección de cuentos de Julio Cortázar, voy en el segundo libro de Don Quijote (estoy en la parte muy chistosa en la que Sancho es gobernador de la ínsula Barataria), y cuando termine, abuelito ya me tiene su ejemplar favorito de Cien años de soledad (tiene varias ediciones). Dice que hay una parte en la que los personajes llegan a volar en alfombra mágica por todo el pueblo pero que luego le dan más importancia al tren”.

Y es inevitable evocar, luego de leer el párrafo líneas arriba, ese hermoso vuelo de Remedios la Bella en Cien años de soledad, que se eleva hacia el cielo en una sábana.

Como decía Mallarmé: El mundo existe para llegar a un libro.

“Cómo aprendí a volar”, de Fer de la Cruz, es uno de los libros ganadores de la más reciente convocatoria del Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida y puede adquirirse en edición impresa o en varios formatos digitales, a través del sitio web www.librosenred.com.


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