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Dos cuentos para recordar en Navidad

Ilustración de "El Príncipe Feliz", de Oscar Wilde

Hay dos cuentos que me conmovieron hasta las lágrimas cuando era niña y que recuerdo particularmente en estas fechas: “El Príncipe Feliz”, de Óscar Wilde, y “La vendedora de fósforos”, de Hans Christian Andersen, que junto con los cuentos de los hermanos Grimm echaron por tierra la noñez de los cuentos de hadas con finales felices de Disney que tan falsos e incrédulos me parecieron después.

Nota: Los niños no son tontos ni hay que protegerlos haciéndoles creer que el mundo es color de rosa, esa fue una lección que aprendí entonces. Supongo que si mi mamá hubiera leído esos dos cuentos, antes de dármelos, los habría escondido hasta que yo cumpliera 28 años. Amor de madre, al fin y al cabo.

“El Príncipe Feliz” es un cuento en el que resplandece la verdadera belleza por encima de la belleza superficial, y que hace una crítica de la alta sociedad de esa época en la que solo importaban las apariencias y el ego.

La amistad más allá de la muerte y la bondad caen como esos copos de nieve que han de congelar las alas de una generosa golondrina que muere a los pies de la estatua del Príncipe Feliz, que era todo menos feliz, pues veía la fealdad y la miseria de la humanidad y todos los días lloraba por eso.

La golondrina conoce al Príncipe y pese a sus deseos de volar con sus compañeras a lugares más cálidos, accede a ayudarlo en su propósito de resolver los problemas de los más necesitados, gente que moría de hambre, de frío o de alguna enfermedad sin que nadie hiciera nada.

Verdadero amor

El Príncipe literalmente se despedaza para lograr su fin, pues cubierto de piedras preciosas y oro puro, le pide a la golondrina que se los arranque, incluyendo sus ojos, para regalárselos a los pobres. La golondrina al principio se rehúsa pero ya al final, cuando el príncipe queda ciego, decide quedarse a su lado, a pesar de que sabe que va a morir congelada.

El cuento también habla del verdadero amor, pues antes de conocer al Príncipe la golondrina  estaba encaprichada con un junco que coqueteaba con todas y que terminó por aburrirle por no tener temas de conversación, mientras que con el príncipe conoce la bondad y el sacrificio.

Desde luego, estos valores en nada importan en una sociedad vanidosa y egoísta, que termina por derribar la estatua del Príncipe porque ya no lucía ostentosa al perder su brillo de oro y joyas, y arroja a la golondrina muerta a la basura, junto con el corazón de la estatua que nunca pudieron fundir, una metáfora de cómo desechamos lo bueno y verdadero y que la fortaleza de espíritu nunca será doblegada: los hombres podrán acabar con todo lo que quieran menos con los más altos y firmes valores humanos.

“La vendedora de fósforos”

El segundo cuento, “La vendedora de fósforos”, de Hans Christian Andersen, es realmente desgarrador y por mucho tiempo me hizo sentir como una niña inconforme y caprichosa.

No importa qué tan difícil fue tu infancia, no se compara con la de la niña del cuento que murió congelada creyendo ver a su abuela muerta, la única persona que la había querido en este mundo, entre las transparentes luces que las flamas de las cerillas que se atrevió a encender, para calentarse, le arrojaron, ilusiones de mesas repletas de manjares y felicidades inalcanzables, mientras ella, que había perdido unos zapatos que le quedaran enormes  por apresurarse a cruzar una calle, moría congelada pidiéndole al imaginario fantasma de su abuela que se la llevara, porque la niña estaba más caliente en las calles gélidas que en su propia miserable casa maltrecha, a donde tampoco quería llegar porque su madrastra le pegaba.

Es inevitable pensar en todos esos niños que mueren de hambre y frío, o asesinados por sus propios padres luego de leer este cuento tan triste que expone las miserias que no queremos ver y menos en estas fechas, pero sobre todo en estas fechas, porque ¿qué se supone que sea la Navidad?

Lecciones para la vida diaria

Parece que solo nos acordamos cuando este tipo de historias llegan a nuestras manos si acaso para conmovernos un segundo y luego retornar a la banalidad de nuestras vidas, a nuestras caprichosas vidas en las que siempre nos hace falta algo, aunque lo tengamos todo comparado con las personas por las que lloraba el Príncipe.

Todos los días tenemos la oportunidad de hacer algo para atenuar un poco la amargura y las verdades que dejan estos cuentos, algo tan sencillo como darle un plato de comida a alguien,  “aguinaldo” a los recolectores de basura que están más expuestos al coronavirus que todos nosotros, una moneda al que limpia los parabrisas, aunque no sepamos si lo usará para drogarse o comerse un pan.

Cada vez que alguien hace una buena obra o simplemente es amable con los menos afortunados, no mirando ni tratado con desdén o desconfianza a la gente menos privilegiada que nosotros, que le da los buenos días o le sonríe a cualquiera, o le da trabajo al que lo busca de casa en casa, no lo sé, siento que el Príncipe, la golondrina y la niña de los fósforos sonríen desde el cielo de los cuentistas.

Pienso en el Príncipe Feliz y en la golondrina muerta cada vez que llega Navidad y aunque  hace muchos años que no veo la nieve, sé cómo se siente el frío de perder a alguien que amas.

Celebremos que todavía tenemos a alguien a quien amar y a alguien que nos ame, y un techo decente y algo qué comer, lo que sea, en este año tan difícil que ya casi termina.

Feliz Navidad, amables lectores.


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