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Día del Cuento: Agustín Monreal, un mitómano encantador

Agustín Monreal
Agustín Monreal

Su rostro carilentudo y barbiblanco se apropió de la sala donde todos leían. Él, Agustín Monreal, los escuchaba meditabundo y entrecano, con respeto y sorpresa a veces, otras con fastidio e indignación, sobre todo si el texto estaba lleno de repeticiones, no tenía sentido o no iba a ninguna parte.

Gracias a Agustín conocimos la urgencia de escapar de los lugares comunes y la obligación de ser breves, de no “novelar” adrede, de no irnos por las ramas.

Como diría creo que García Márquez, “hay historias largas e historias alargadas”.

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Pero con Agustín íbamos en bola y había que ser breves para poder leer todos nuestras ocurrencias, una regla básica de los talleres que lideraba con esmero y sinceridad.

Siempre diciendo la verdad aunque nos doliera tener que pulir el texto una y otra y otra vez, como aquella piedra que adentro tiene un unicornio o una mujer bellísima pero que solo aflora si quitas aquí y allá con el cincel. Un buen cuentista tiene que saber depurar.

Día del Cuento

Hoy, Día del Cuento, un género que enaltece Monreal, lo recordamos porque además es su cumpleaños 79. Los cumple con sus adoradas hijas, su gato, sus cientos de palabras inventadas (si no hay una palabra precisa para lo que quiere expresar, la inventa) y sus ganas de vivir.

Siempre fragante a agua de colonia y “culiatornillado”, como diría él, a una silla creando nuevas historias, no sabe más que de invenciones y enamoramientos.

Amó profundamente a su esposa Laura fallecida hace ya algunos años y con quien lo conocimos y departimos algunas ocasiones. Irradiaban la felicidad del sosiego y la vacación cada vez que venían, él a dar esos talleres que hasta hoy atesoramos en la memoria y la nostalgia.

Disfrutamos particularmente una entrevista que nos concedió hace ya algunos ayeres y la cual nos gustaría recordar porque refleja mucho del Agustín Monreal cuentista, ser humano y maestro.

Historias inventadas

En aquella ocasión, Agustín apareció bajo el resplandor de octubre con una diáfana guayabera que se “codeaba” con unas albas nubes y los pálidos confidentes del Paseo de Montejo.

Miraba al horizonte como lo hacen los grandes artistas cuando andan inspirados y comenzó a inventar historias apenas pudo, ahora sabemos que como una coraza a su mundo privadísimo y posiblemente frágil.

Con Agustín nunca se sabe qué es verdad y qué no, pero sin duda es verosímil (él nos enseñó la importancia de la verosimilitud). No importa que tan mentiroso seas si los demás creen tus historias, dice. Y eso es lo genial y a la vez lo frustrante en él.

-¿Cuánto es real y cuánto invención en sus narraciones?, le preguntamos ingenuamente hace 18 años. -83% es invención; 15, mentira, y el 2% restante es de noche, respondió.

-Antes de que yo naciera –contó-, mis padres tuvieron seis hijos, a quienes bautizaron con el mismo nombre. Todos murieron sin conocer a su predecesor, a su tocayo y hermano.

Vaya usted a saber si esa tragedia es cierta, aunque suena bastante a ficción.

"Distinciones" del cuentista

También contó que no habló ni lloró hasta los siete años, que nació con el estigma del cabello lacio (eso sí) y que es fundador del GULP (Gofradía Universal de Lúdicos Piernólogos) y de la "Hermandad de Cerrajeros Tuerce-puertas", cuyo símbolo, una llave de iconografía fantástica, pendía de su cuello como amuleto medieval, llave que por cierto puede abrir cualquier puerta que puedas “imaginar” (palabra clave en su vida).

Habló también de que las manos izquierdas son más propensas a accidentes, según las estadísticas; que la literatura no fue una elección, sino un destino (por las voces en su cabeza).

Y habló de Fausto Interián, Antígona Pech y Mayéutica Basilica, personajes de su libro “Las terrazas del purgatorio”, que por ese entonces (2002) era relativamente nuevo.

Cuando hablaba de su tío Fausto, destrozado por un amor no correspondido, lo describía como un “gigante, alto y muy gordo” generalmente risueño.

Nos vino a la memoria cómo los niños ven a los adultos, como titanes de los cuales solo recordamos las manos y los pies, siempre enormes, nunca el rostro porque teníamos que alzar la cabeza para verlos y a veces, a contraluz, con sus rostros borrados por el sol, eran como seres de otro mundo o dioses.

El cuento, "inmortalidad de un instante"

Para Lauro Zavala, en México el cuento goza de gran vitalidad, y subraya que los hay cortos, muy cortos y ultracortos, según su número de palabras. El ultracorto, por ejemplo, no rebasa las doscientas.

REENCARNACIÓN
¡Carajo, otra vez perro!

CÁLCULOS RENALES
Cuánto sufrí para arrojar la primera piedra.

Los anteriores son dos minificciones de Agustín, para quien el cuento es el género literario perfecto, "la inmortalidad de un instante", es breve pero vertiginoso y tiene que leerse de una sola sentada.

Un género literario difícil

Sin duda el cuento es un género difícil, no solo por la intensidad que lo caracteriza y la destreza de quien lo escribe para decirlo todo en pocas líneas, siendo, como en toda narrativa, muy selectivo con las palabras.

Las descripciones (dejar a un lado la “adjetivitis” es importante porque muchos adjetivos no dicen nada de la auténtica condición humana, también eso nos enseñó Agustín), son pura estética.

También aprendimos que hay que dejar los personajes en las manos del autor pero a la vez los personajes tienen que hablar por sí mismos, tener independencia de su creador para poder ser reales.

“Yo no creo títeres… los personajes son independientes a mí: hablan con su propia voz, caminan con su propios pies”, decía.

No creía en una historia con puras atmósferas

“Si a alguien no le pasa algo, no hay historia, aunque hay historias donde es más importante lo que no pasó que lo que pasó…"

"Lo más importante de una narración es su naturaleza humana, saber qué le pasa al personaje, cómo siente, cómo reacciona ante un hecho”.

La última vez que vimos a Agustín estaba en el restaurante del hotel El Gobernador pidiendo unos huevos motuleños. Sería cerca de Navidad porque nos tomamos fotos junto a un arbolito lleno de esferas y foquitos de colores.

En ese entonces el libro nuevo era “Mamá duerme sola esta noche” (2016).

Sus libros más famosos

Pero sin duda sus libros más famosos, por los que es reconocido como uno de los escritores mexicanos más importantes, son “Los ángeles enfermos” (Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 1978) y “La banda de los enanos calvos” (Premio Antonio Mediz Bolio 1987).

En lo personal disfrutamos mucho de sus minificciones y neologismos, por lo que junto a los diccionarios de todo tipo, en casa ocupa un sitio especial su ocurrente “Diccionario de juguetería”.

Desde 1995 en esta ciudad existe un Premio Nacional de Cuento con su nombre. Y en 2016 la revista La Otra creó el Premio Internacional de Minificciones Mínimas (Pigmeísmos) Agustín Monsreal.

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