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Las mujeres de nuestras vidas

¿Quién no fue criado, educado, cuidado y protegido por alguna mujer?

Crecimos rodeados de ellas: Madres, abuelas, tías…. trabajadoras incansables, a veces atormentadas, que hacían a un lado sus preocupaciones y dolencias para darnos de comer, llevarnos a la escuela, enseñarnos una canción absurda para matar la espera de la mamá y el papá que trabajaban todo el día y que asomaban ya entrada la noche, y a los que despedíamos tempranito con el cristal del coche todavía empañado por la humedad de la madrugada.

Y luego solo quedaban ellas, las abuelas, esas mujeres con mandil y chancletas que cuidaban de nosotros, los chamacos.

Oliendo a “glostora Palmolive” y jabón maja, las abuelas hacían que los días “huérfanos” fueran maravillosos.

El olor del puchero flotaba en la cocina, pero no era tiempo que nos enseñaran las labores culinarias porque todavía éramos “chicos” y nos podíamos quemar.

Los días del chocolate

Lo más que podíamos hacer era esperar esos días mágicos del chocolate en la olla de peltre que había que dejar que se secara si todavía estaba “borracho” y luego se endurecía con un poco de harina para poder hacer “bolitas” y tortearlas con las manos, darles forma de tablillas que luego marcábamos con una cruz y metíamos en una charola al refrigerador, sobre papel de estraza.

Esos eran los mejores días, los del chocolate que dejaba las manos suavecitas  y olorosas a cacao.

(También eran buenos los días que llegaban los vendedores de “gaseosas” en enormes envases de vidrio. Dejaban cajas enteras llenas de botellas de coca cola, cebada y sidra negra. O tal vez parecían enormes porque éramos chicos y todo lo veíamos enorme, esas botellas, las manos de las personas adultas, el mundo entero… Había también unos refresquitos llamados “chica rica” que solo se repartían en las “piñatas” y sabían a frutitas).

Horizontes que nuestras abuelas no conocieron

Jugar muñecas o “espulgar” frijol era natural, no parecía que estuviera obligando o prederminando a algún rol en particular, aunque tal vez inconscientemente lo hacía, pero si tenías suerte te salvaban las clases de piano o las pilas de libros de todos los géneros y autores, desde enciclopedias hasta literatura clásica.

Y entonces “pensar” era un poco como romper con cualquier  cosa que nuestro género podría habernos determinado y abrirse a esos horizontes que tal vez las abuelas no pudieron conocer. Y viajar, hacer todo lo que nos hacía felices (menos bañarse o abrir el refrigerador o tomar agua helada si estabas “caluroso”).

La maestra de piano

Las clases de piano las daba una mujer que por muchos años dejó huella en la cultura de Yucatán y que forjó a generaciones de pianistas en la sala de su casa: La maestra Teresita Rendón de Álvarez, que todas las tardes nos esperaba en aquel piano alemán, un piano vertical algo viejo y de ronca voz, con algo de  eco, que dejaba que los chamacos aprendieran música destrozando las partituras, antes de poder pasar al piano importante, un enorme piano de cola que solo se abría para los recitales de fin de curso.

Esa era la máxima ambición de los alumnos. Ver ese piano grande todos los días y pensar que un día podías estar sentado ahí…

La maestra Teresita tenía la costumbre de poner un dedo debajo de la muñeca del alumno para ayudarlo a “soltarse”.

“Relaja la muñeca”, decía una y otra vez.

Daba un poco de trabajo tocar con su mano todo tiempo bajo la muñeca de uno, cuando tú ya querías volar , pero supongo que con los años su técnica dio buenos resultados.

Las profesoras

Y luego estaban las maestras de la escuela.

Curiosamente todas eran ancianitas y fue lo que vimos con mayor frecuencia, esas maravillosas mujeres mayores, casi en sus ochentas,  que ya fuera en las cocinas, en las salas de su casa dando clases de piano o en las aulas, aunque ya deberían estar jubiladas, parecían adelantadas a su tiempo y tenían una paciencia de santa para salvarnos del acoso escolar que ha existido por los siglos de los siglos.

Con más amor por el oficio e instinto maternal que pedagogía, suponemos, no lo pensaban dos veces para llevarnos al baño si nos daba miedo atravesar algún pasillo, o si nos burlaba algún niño del salón por no sabernos atar las agujetas. Con enorme generosidad, aunque les doliera la espalda, ellas mismas se agachaban y  enseñaban cómo cruzar una agujeta tras otra, y como se hacía el “lacito” final. Lo hacían todos los días, sin por ello hacernos sentir tontos.

La señora  que inyectaba

También estaba la señora que inyectaba, otra viejecita que llegaba en medio de los terrores nocturnos para aplicar la horrible ámpula que, advertía, “va a arder un poco porque tiene su aceitito”.

 Con pericia zampaba la aguja y daba tremenda sobada con alcohol que dolía más que la inyección misma, pero lo hacía con una tonadita de consolación, como arrullando al paciente.

Cuando murió vino a la memoria ese estuchito metálico que era la peor pesadilla y que contenía la temida "agua de vidrio" y la aguja que siempre se veía más grande de lo que realmente era.

Mamá

Y luego estaba  la mamá que trabajaba todos los días doble turno y dejaba a los hijos con la abuela, la que quién sabe cómo nunca se perdía los festivales del Día del Niño o de la Madre, que siempre estaba en los sueños de pabellón cuidado el descanso, que ataba las agujetas que aprendiste a amarrar demasiado tarde, que lloraba detrás de la reja de colores del colegio cuando te soltaba la mano, que se escapaba a veces en su hora de comida para llegar a la hora del recreo de sus hijos y compartir un trozo de pastel, que siempre estaba a las prisas y se maquillaba en el coche y todo lo hacía a las carreras.

Si sobrevivimos, si nunca nadie nos hizo daño, si aprendimos de nuestros errores y ampliamos nuestra mente para poder elegir qué queríamos ser de grandes, fue gracias a todas esas mujeres en nuestras vidas, que nos curaron, nos protegieron y nos amaron, que siempre están ahí, las necesites o no.


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