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''Tulum Tulum'' o instrucciones para construir un infierno propio

Puede que una de las aportaciones más importantes de “Tulum Tulum” sea la reconfiguración del papel del espectador frente la obra de arte, que desde hace unos años permea en el medio cultural y que de alguna forma obliga al receptor a salir de la “zona de confort” en la que antes se le daba todo digerido y a prestar atención desde que el artista asume que es un ser pensante, o de perdido sensible, capaz de completar, interpretar, cuestionar o reinventar lo que propone.

Que el artista le atribuya un ápice de inteligencia al público es algo que se agradece desde que se inventó “la caja idiota”, como le decían a la televisión.

Pero el entretenimiento siempre ha existido, no nos engañemos, y hay días en los que nadie quiere pensar absolutamente nada. Ya bastante agobiados estamos con la realidad. Pero que esa realidad se nos ofrezca de una forma diferente, fragmentada, sin etiquetas, con mucho contenido visual, que finalmente es lo que ha imperado desde hace años, la imagen frente al discurso, pero de una forma en la que refuerza al mismo, es por demás interesante.

Creación sin categorías

Empezando por esa premisa, “Tulum Tulum” es un acierto. Otros aciertos son que en tiempos de pandemia, mientras todo mundo se rompe la cabeza pensando cómo llevar su obras a un formato digital para un público masivo, distante (ya no digamos solo físicamente, sino del arte) y heterogéneo, “Tulum Tulum” está creada expresamente con esa motivación: es una creación auténticamente digital, sin categorías, pues lo mismo puede ser una obra de teatro, un cómic, una novela negra, una nota roja, una radionovela, una novela gráfica o todas las opciones anteriores.

Es y no es, y al mismo tiempo deja de ser “algo” para convertirse en un “todo” en el que no necesariamente importa qué se cuenta sino cómo se cuenta, esto es, está más enfocada en los procesos creativos.

“Más que la historia es qué se hace con la historia, en qué posición nos deja”, dice el joven director, Ulises Vargas.

Obra armada “al momento”

El punto anterior es sumamente importante porque la obra se va armando ante nuestros ojos, frase por frase y viñeta por viñeta, y en el camino hay una serie de elementos interesantes que aportan a la creación, como el “leitmotiv” del mosco que está presente en todas las escenas salpicándolas de sangre (una reminiscencia de la violencia, de la destrucción), molestando, incomodando, denotando que el Caribe mexicano no es solo paisajes hermosos.

También, las pegatinas con acotaciones que nos remiten a cuando leemos un libro y nos vamos haciendo una serie de preguntas sobre los personajes o la historia, o simplemente cuando nos gusta una frase, y entonces tomamos el marcador fluorescente o la pegatina, o un lápiz, y anotamos en los bordes del libro o vamos subrayando.

En este sentido la manera en la que como receptores vamos destacando ciertos fragmentos significativos de una obra o vamos “anotando” sobre la marcha es tan personal como uno quiera y hace que la obra se sienta de esa manera, como un proceso de asimilación propio.

Confusión para la comprensión

La sensación de no estar poniendo atención o no entender nada es una constante en la función, y pone en tela de juicio nuestro nivel de comprensión como espectadores.

Por un lado creemos que la clave está en las frases que se van escribiendo o revelando en pantalla, en esas cintas amarillas de la escena del crimen en que se ha convertido Tulum (junto con el leitmotiv del mosco que chorrea sangre, es mi otro elemento favorito de la obra. El tercero es la música, muy “surf”, al estilo veraniego gringo).

Luego, cuando seguimos sin entender nada, pensamos que nos hemos fijado demasiado en los textos y debemos escuchar los diálogos (Susan Tax, Silvia Káter, Juan Ramón Góngora y Antonio Peña dan voz a los personajes de Carolina, Almira, Wilson y Esteves.

Wilson por cierto, con dibujo y todo, remite a ese personaje de la película “El náufrago” que tiene múltiples interpretaciones, desde estar perdido en un paraíso como Tulum de todas las formas posible, hasta reflexiones sobre la soledad o el tiempo, usted elija).

Conversatorio

Pero toda la confusión es a propósito.  La creadora Majo Pasos lo explica al final de la transmisión, en un conversatorio o retroalimentación que se ha vuelto una de mis partes favoritas en las transmisiones digitales, ese cara a cara con el equipo creativo y los actores que tendrá que mantenerse en la post pandemia, cuando todo vuelva a ser presencial, o semi presencial, y convivan –ojalá—  lo presencial y lo virtual, y ojalá siga habiendo producciones meramente digitales, como “Tulum Tulum”, en la que los espectadores puedan hacer preguntas y despejar sus dudas sobre este tipo de creaciones no cuadradas, no lineales.

La autora explica que para ella era importante que la historia no fuera clara, sino un rompecabezas de historias y motivaciones, dejando adrede cabos sueltos.

“Quería que cada quien hiciera su historia”, confiesa muy a lo Duchamp (“El espectador hace el cuadro”).

A pesar de los cabos sueltos y la confusión, la denuncia de Majo Pasos es clara en muchos momentos de la transmisión sobre lo que está pasando en Tulum, Quintana Roo, con la especulación de la tierra, con una industria turística salvaje que ha ocasionado explotación y pobreza en un aparente desarrollo.

“Por un lado vemos todo el dinero que se gasta y por otro vemos pobreza extrema y prostitución infantil, es un infierno en realidad. Es un turismo destructivo, y si bien no somos parte de esa historia, consumimos esa historia”, reflexiona Majo.

“Tulum Tulum”, una producción de la compañía Belacqua,  tuvo tres funciones virtuales este mes de junio como parte de la cartelera del prestigiado Teatro La Capilla.

Antes estuvo en temporada en La Rendija. La dramaturgia es de María José Pasos, la dirección, de Ulises Vargas; la intervención gráfica y diseño, de Carmen Ordoñez, y la edición de audio, de Hernán Berny.

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