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Un pintor clave

“La ofrenda” (1913)

A cien años del fallecimiento de Saturnino Herrán

Tenía solo 31 años cuando murió y como muchos otros grandes ya había producido entonces la obra que le daría mayor reconocimiento y lo haría dejar huella, no solo en la plástica mexicana sino también en el panorama internacional de la pintura: Saturnino Herrán (1887-1918), tan precoz como trascendente.

Considerado el principal precursor de la Escuela Mexicana de Pintura, Herrán fue recordado este año con la exposición “Saturnino Herrán y otros modernistas” en el Museo Nacional de Arte de Ciudad de México (Munal), que permanecerá abierta hasta febrero próximo.

Según ha declarado el curador de la exposición, Víctor Rodríguez, tanto los temas como la concepción iconográfica del artista hidrocálido son fundamentales para entender el surgimiento del nacionalismo en el arte mexicano, décadas después.

Asimismo, además de la exposición coorganizada por el gobierno hidrocálido y el Munal, el Instituto Cultural de Aguascalientes (ICA) en coordinación con la Universidad de las Artes y la Universidad Nacional Autónoma de México organizó el simposio “El imaginario de Saturnino Herrán”, como parte de los homenajes en la coyuntura de la efeméride luctuosa.

Sus obras

Con respecto a la muestra en Ciudad de México, ésta incluye obras muy conocidas como el tríptico “La leyenda de los volcanes” (1912) y “La ofrenda” (1913) además de grabados, ilustraciones que Herrán hizo para portadas, así como trabajos de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Antonio Fabrés, Alberto Garduño, Ángel Zárraga, Francisco de la Torre, Germán Gedovius, Gerardo Murillo (Dr. Atl) y Francisco Goitia, entre otros que o fueron sus coetáneos o tomaron la estafeta de Herrán y continuaron su propio camino, rumbo al gran movimiento de la pintura mexicana.

Sin embargo, no solo es su naturaleza precursora la digna de atención. Su pintura supo combinar academia, pasión e identidad. El México de Saturnino (ya desde entonces un país imaginado o idealizado) era el México en el que se creía en aquel entonces y que Herrán plasmó para siempre.

Dueño de una línea impecable (baste para ello mirar sus dibujos preparatorios y luego saber que sus alumnos esperaban con ansias el momento de llegar a su clase en la Escuela Nacional de Bellas Artes) el pintor, nacido en 1887, dejó inconclusas obras como el friso “Nuestros dioses” que, a pesar de ello, son testimonios indudables de su maestría.

Sobre el artista

En el libro “Herrán, la pasión y el principio” (1994) en “Un artista de la encrucijada”, Carlos Fuentes escribió que así como en el ámbito literario López Velarde es un poeta de los cuerpos a los que recorre a partir del “pálpito de la prohibición sagrada, es decir, la tentación”, Saturnino Herrán supo sublimar la carne convirtiéndola en el objeto central de una composición:

“Ésa es la palabra clave para entender a este simbolista mexicano, tardío o anticipado, quién sabe qué es Saturnino Herrán […] heredero consciente de una tradición estética más ceñida a la forma y a la composición. Como si quisiera escapar de la tentación decadente, se aprieta, se profesionaliza, decide hacer un arte infinitamente pulcro, riguroso, a veces ascético, pero dotado del temblor del placer estético”. En el texto de presentación de su pieza teatral “Los errores del subjuntivo” (2005), Raquel Araujo explica que “cada hubiera es la huella de la elección de un camino” y que nuestros errores son la presencia de nuestro libre albedrío, y nos permiten dar valor a lo que tenemos. Por eso ya no cabe tampoco pensar en qué hubiera sido un Saturnino maduro, anciano….

Herrán por el contrario se inmortaliza en su juventud, su muerte prematura y su obra plena de pasión, casi más propia de un romántico decimonónico que de un hombre de las primeras décadas del siglo XX. Y recuperamos las palabras de Carlos Fuentes: “Los conocí viejos, a los jóvenes de Saturnino. Ya sabemos que algunos envejecen bien, otros mal…”. Y el recuerdo de Herrán ha envejecido bien, y de nosotros y la preservación de su memoria y la divulgación de su trabajo depende su perpetuidad.— María Teresa Mézquita Méndez para “El Macay en la cultura”

 

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