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Acertada interpretación peruana

El saxofonista José Luis Puma y el director huésped Fernando Valcárcel

Valcárcel y Puma se lucen en la batuta y saxofón

Si nos ajustamos a la verdad resulta que, en vida, Piotr Ilich Tchaikovski y el francés Claudio Debussy se disputaron la protección de la extraña y riquísima dama Nadezha von Meck y no tenían estima por sus obras respectivas, pero anteanoche, en el teatro Peón Contreras, gracias al cuarto concierto de la XXXIII temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, ambos compositores compartieron programa.

Dos peruanos dotados con credenciales en regla —el director Fernando Valcárcel, huésped para esta ocasión, y el saxofonista Jorge Luis Puma— abastecieron de talento la velada que incluyó dos piezas de Debussy, algunas estampas del también peruano Armando Guevara Ochoa, y una suite de ballet del preferido de los aficionados meridanos, el gran don Piotr.

El semblante del programa se inicia con el francés: la conversión orquestal de una pieza escrita para piano a cuatro manos llamada “Pequeña Suite”. Sencilla hasta el desamparo de muchos recursos típicos de don Claudio. Inicio simbolista, con dos viñetas sugeridas por poemas de Verlaine: En barco y Cortejo”, caricias de flautas y clarinetes con apoyos de arpa y demás cuerdas. Después, un elegante minueto, y finalmente un cuadro llamado Ballet, rítmica concordia de todas las secciones con islas de percusión muy sugestivas. Valcárcel ofreció diáfana lectura, con atinada interpretación en cuanto al carácter y la amplitud dinámica.

Rapsodia

Se asomó después la Rapsodia para saxofón y orquesta que una aficionada millonaria y asmática le solicitó a Debussy para que le sirviera, al unísono, de ejercicio respiratorio y satisfacción ególatra. Apenas bosquejada de mala gana por el autor en sus escasos ratos libres —además, estaba enfermo—, fue finalizada por un amigo suyo de apellido Duccase.

Para no desalentar a la maníatica cliente con rarezas, Debussy aborda la usual forma sonata. El saxofón se ampara en un sinuoso, algo melancólico tema, en tanto la orquesta esgrime dos motivos enérgicos con influencias de ritmos “árabes”. Con persistentes repeticiones y variantes finaliza la primera sección. Desde la segunda —allegretto scherzando— saxofón y orquesta fragmentan sus voces con solos y ensambles en tonalidad variable que desemboca en un intenso clímax. La conclusión se basa otra vez en repeticiones temáticas. Jorge Luis, muy seguro y despejado, certero en el incidir rítmico, dentro del exótico instinto de su instrumento.

Estampas peruanas

De don Armando, quien integra toda una leyenda en el Perú, escuchamos las “Cuatro estampas para cuerdas” que compusiese en 1940 para armar un prisma en el cual amparó danzas y aires entre el criollo suspiro de Lima y los empinados vuelos de las aves sagradas del Anisuyo, traslado finísimo al gran arte de las voces originales.

Valcárcel puso especial empeño, como embajador de sus lares, en los cuatro primorosos accesos al folclor de la antigua Tahuantinsuyo. La estampas (Cusco, vilcanota, yaraví y huayco) se reconocieron y disfrutaron, las dos primeras como heraldos de la introspección y el par restante —cómo se extrañó una quena— apegadas al regocijo popular. Muy complacido quedó el público devoto con el bien perfilado fraseo que obtuvo el director huésped.

La Bella Durmiente

Para ganar algunos centavitos, pues no sólo de la veneración se vive, don Piotr extrajo cinco pasajes de su ballet “La bella durmiente del bosque” (Perrault de por medio) e integró una suite para concierto que tuvimos el placer de escuchar anteanoche.

La introducción se inicia con acordes estruendosos y dominantes que resumen el prólogo del ballet. La partitura nos dibuja el hechizo que empaña el bautizo de la princesa Aurora y la presencia de las seis hadas madrinas, una de las cuales —El hada de las Lilas— provoca un nuevo tema suave, lento, compasivo en el momento de truncar la maldición de la bruja horrenda con la esperanza de un beso principesco.

De la medianía del primer acto proviene el hermoso Adagio de las rosas, que en el ballet original acompaña a Aurora —ya adolescente— en los cuadros y variaciones con sus pretendientes, quienes le obsequian rosas en botón. Hay arpegios de arpa —dulce tacto de Ruth Bennett— y solos de oboe que resaltan la expresión mas completa y final.

Tchaikowski debió alargar de alguna manera el cuento original para que el ballet alcanzara los tres actos, de ahí que, para la fiesta matrimonial de Aurora y el principe incluyó “divertimentos” con personajes de otros cuentos, como la Gata blanca y el Gato con botas cuyas alegres evoluciones animan el tercer movimiento.

El cuarto segmento procede del segundo acto, reflejo de aquella visión de Aurora que el hada de las Lilas provoca en el príncipe Florimund y en la que una música obsesiva y llena de misterio estalla más tarde en un fragmento de rítmica intensidad. El último movimiento es uno de los valses más hermosos del compositor ruso, el que las campesinas bailan ante los reyes en el primer acto, durante la fiesta de cumpleaños de la princesa.

Los aplausos fueron intensos y prolongados.

(El mismo programa se ofrece nuevamente hoy, al mediodía, en el teatro José Peón Contreras).— Jorge H. Álvarez Rendón

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