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Amar y odiar a Frida Khalo: a 113 años de su natalicio

Foto: Megamedia

Su obra, una inevitable contradicción

La biografía de Frida Kahlo escrita por Rauda Jamis cayó como bomba en tus manos y de inmediato te cautivó su vida “exuberante y ansiosa”, la “fábula donde la muerte persiste como un fantasma”.

La sinceridad con que esa Frida narró el sufrimiento físico y emocional de una vida en decenas de autorretratos únicos por su colorido, sinceridad y mexicanidad, parecía digna de alabanza.

Pronto se convirtió en uno de tus personajes icónicos de juventud. Tenías camisetas, libretas, postales, calendarios y llaveros de Frida. Habías visitado con emoción su casa en Coyoacán (donde también visitarías la de su amante León Trotsky) y no veías la hora de pintar tu casa de azul y llenarla de cáctus. Sabías poco del dolor, pero te parecía elegante. Pura pose de adolescente. A la larga se volvería un cliché y Frida un fetiche.

Frida, que mañana cumpliría 113 años, sufrió poliomielitis de niña, que le dejó una pierna mucho más delgada que la otra, y de joven, el tranvía en el que viajaba se accidentó y una viga de metal le atravesó la columna y la vagina, destrozándola. El dolor físico entraría en su vida para no salir jamás.

Le operaron varias veces la columna, sufrió un aborto y nunca más volvería a concebir. En 1953 sufrió la amputación de una pierna y comenzó a reflejar en su diario ideas suicidas.

Sus pinturas te intrigaban, te maravillaban: Frida de Tehuana, con monos, con el corazón sangrante, con el cuerpo lleno de clavos, flotando junto a Diego Rivera. Luego sabrías que aquello se llamaba surrealismo.

Admirabas también que Frida fuera una activista comprometida, un ser pensante. Izquierdista, ícono del feminismo.

Llegaste a la clase de Historia del Arte llena de Frida y sus colores, pero la maestra se encargaría de destrozar a tu ídolo. “Es una pin… vieja sufrida, ególatra, solo se pintaba a sí misma, ¿cómo puede ser tu pintora favorita?”. Sentiste vergüenza. ¿Será que todo el tiempo estuviste equivocada?

Comenzaste a cuestionar su arte y también su vida, ahora sus pinturas te parecían tremendistas y te molestaba la relación tormentosa de Frida con Diego Rivera, que le había sido infiel incluso son su propia hermana (luego ella se desquitaría con una serie de romances). Diego, obeso, tremebundo, y Frida, frágil, mutilada, con la mirada impasible de una muñeca, no por nada les llamaban “el elefante y la paloma”.

Luego llegarían a tu vida Remedios Varo, Salvador Dalí, Rene Magritte… y el surrealismo de Frida comenzó a parecerte inferior. Comenzaste a escuchar que Frida era una artista sobrevalorada y la excesiva explotación de su imagen la convirtió en un lugar común que ya no deseabas frecuentar.

¿Por qué entonces los más grandes artistas como Picasso, Miró, Ernst, Duchamp o Kandinsky la elogiaban? André Bretón llegaría a decir sobre ella: “El arte de Frida Kahlo de Rivera es una cinta alrededor de una bomba”, y ensalzaría su autenticidad y exotismo.

Tenías sentimientos encontrados, caíste en el fenómeno de la dualidad que despiertan las dos Fridas: La amas y la odias al mismo tiempo. El mito y la mercadotecnia superaron a la artista.

La crítica de arte Teresa del Conde culpaba a la “fridomanía” y a algunas biografías de haber desvirtuado la imagen de la artista, que reivindica en su libro “Frida Kahlo. Una mirada crítica”.

Lo que sin duda no puedes pasar por alto, la ames o la odies, es que Frida es un símbolo de apropiación cultural, de orgullo nacional y a la vez universal, de humanismo que nos obliga a sentirnos identificados y trastocados por el dolor, que es y seguirá siendo eterno objeto de análisis, exposiciones y homenajes; que los historiadores del arte le dan su lugar, que su obra se vende como pan caliente en las subastas más exclusivas siendo la menos elitista de todas, pues cualquiera conoce a Frida, aunque no conozca su obra; que fue adelantada a su tiempo, contemporánea antes y ahora.

Amarla y odiarla es un reflejo de nuestras contradicciones, dirían sus defensores, que consideran un error menospreciarla y dejar a un lado la profundidad de su obra a causa de la mitificación del personaje, que terminaría por llevarla también al cine. Y sí, también las películas son una dualidad, amamos la de Leduc y odiamos la de Teymor (o tal vez solo a Salma Hayek). Y para rematar, su ánima es uno de los personajes de la película “Coco” de Disney, rodeada de papayas e iguanas.

Diego Rivera la superó en vida, pero hoy Frida es la artista mexicana más famosa del mundo. A quienes ponen en duda su calidad técnica, Adriana Jaramillo, directora de comunicación del Museo Dolores Olmedo, que resguarda gran parte de la obra de Frida, les diría que ella era “realmente minuciosa y detallista, su pincelada era pequeña”.

Frida Kahlo murió un 13 de julio de 1954, a los 47 años, y si bien sufrió insoportables dolores físicos, también se arreglaba, se perfumaba, bebía, tenía amantes y se divertía. Vivió la vida intensamente. Su último cuadro fue un grito de alegría, unas sandías abiertas y jugosas. ¿Sus últimas palabras? Una frase de su diario: “Espero alegre la salida… y espero no volver jamás”.— Patricia Garma Montes de Oca

 

 

Foto: Megamedia

Homilía del XIV domingo del Tiempo Ordinario