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Aún son sitios sagrados

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Los lugares donde se levantan monumentos prehispánicos continúan siendo espacios de espiritualidad para la población maya peninsular

A unas dos horas y media de la ciudad de Campeche, cerca de la Reserva Estatal Biocultural del Puuc en Yucatán, Santa Rosa Xtampak intenta preservar la memoria del poderío maya en los Chenes, uno que, de acuerdo con arqueólogos, la habría constituido en la capital regional más importante de la zona.

Ahí, una figura de piedra que representa a una serpiente recibe de cuando en cuando ofrendas de personas que escapan a la vigilancia de los custodios: refrescos embotellados, frituras, juguetes, pibes...

La antigua urbe dista unos 158 kilómetros de Kopchén, comunidad del municipio quintanarroense de Felipe Carrillo Puerto donde j’menes y patronos (jefes) de iglesias mayas suelen acompañar a fieles a encender una vela o depositar ofrendas en los vestigios prehispánicos poco explorados de la región.

Prácticas como éstas comprueban que en la espiritualidad maya perviven devociones que se remontan a épocas anteriores a la Conquista y que, lejos de considerarse a los antiguos centros ceremoniales de la Península como recuerdos de un tiempo pasado, la población los reconoce como sitios sagrados vigentes.

Sin embargo, la expresión de esa religiosidad con frecuencia entra en conflicto con los reglamentos de conservación arqueológica, que en las zonas de monumentos limitan el uso de objetos propios de las ceremonias mayas y la ejecución de sonidos y danzas.

En Dzibilchaltún, por ejemplo, “no dejan entrar con una copalera, con un caracol; no puedes hacer sonidos de ceremonia”, lamenta Leydi Lucely Dorantes Cob, médica tradicional maya, partera y j’men.

En Edzná, Carlos Chablé Mendoza vivió en 2006 una “experiencia bochornosa” como participante en el Encuentro Lingüístico y Cultural del Pueblo Maya, que había comenzado a efectuarse cinco años antes. El cronista de Nooj Kaaj Santa Cruz Xbáalam Naj, hoy Carrillo Puerto, relata que se programó un ceremonial en el sitio como acto de clausura y “ya estando ahí el personal del INAH impidió realizar” la actividad, con la que habitualmente se abrían y cerraban los programas. “Por más que dijimos que ya teníamos autorización del instituto no se pudo hacer en esa ocasión”.

Atractivos turísticos

Pero no solo la religiosidad y los reglamentos de uso definen la relación actual de la población maya con los monumentos prehispánicos; también lo hace la condición de éstos como atractivos turísticos.

“Nosotros somos los mayas, pero a veces sufrimos discriminación en los centros arqueológicos”, afirma el educador indígena Gilberto René Tun Balam, Premio Nacional de la Juventud 2017 en la categoría de Compromiso Social. “He tenido la experiencia de ir a esos centros y cuando ven que soy de Yucatán, mi tono de piel, mi acento maya... las personas no me tratan tan bien como a un extranjero”.

Para el profesor, vecino de Peto y locutor en la estación de radio XEPET “La voz de los mayas”, si falta identificación con los antiguos centros ceremoniales “no es porque nosotros queramos, es simplemente porque lo arquitectónico, lo escultural se ha tomado más como turístico; se ha desarrollado pero no para los mayas, sino para las personas que vienen de fuera; nada más se ha visto como un detonante de la actividad económica”.

Aunque efectuarlos en un antiguo centro religioso es significativo, tampoco es condición para que se celebren los rituales, que habitualmente tienen lugar en espacios de la comunidad o en predios particulares.

Uno de los más comunes, dice Tun Balam, es el jets lu’um, ceremonia con la que se consagra la tierra de una propiedad y se pide por la bendición de sus dueños. Asimismo, el cha’a’ cháak, primicia en la cual “un abuelo invoca los puntos cardinales, los elementos de la naturaleza” para que llueva.

“Si yo digo: quiero hacer un ch’a’ cháak o un jets lu’um en Chichén Itzá, obviamente no me lo van a dar (el permiso), porque primero van a decir: quién eres, cuál es el motivo...”, reflexiona. “Lo hacen cuando es algo institucional o un evento internacional, es meramente turístico cuando se hace en las zonas arqueológicas. Los mayas los hacemos en nuestras parcelas”.

Elementos prehispánicos

Las raíces del ch’a’ cháak se extienden a la época prehispánica. En la ceremonia, cuatro niños imitan el croar de ranas, animales que están representados en vasijas, platos y construcciones anteriores a la Conquista. “A la rana uo muuch la tenemos en el friso de Balamkú (Campeche) como un uay, un ser de tamaño desmesurado”, describe el arqueólogo e investigador independiente Florentino García Cruz, descubridor de esa zona arqueológica y de Nadzca’an, también en el estado vecino. “La rana uo interviene en el ch’a’ cháak como una de las que piden la lluvia. Se relaciona con el maíz, el color blanco y, en el inframundo, con la deidad Ah Sac Mucen Cab (‘el blanco oculto en la tierra’)”.

En la actualidad “esa rana interviene en otro ritual: cuando a las niñas les enseñan a tortear les ponen una uo muuch en su manita para que sus tortillas se esponjen; lo hacen en pueblos de Campeche, como Kankí”.

El investigador es testigo de la continuidad de las creencias religiosas mayas y del “rompimiento con la práctica actual” a consecuencia de las restricciones para manifestarlas en las zonas arqueológicas. Lo ve en una estructura de Santa Rosa Xtampak, municipio de Hopelchén, donde en la figura de piedra de una serpiente han aparecido juguetes y comida sin saberse quiénes los llevan. “Se esconden para llevar las ofrendas porque está prohibido meter alimentos. He visto que de repente hay Coca Colas y Sabritas, me dicen los custodios que han encontrado incluso pibipollo (mucbilpollo)”, revela.

Lo nota también en Kankí (Tenabo), donde el 3 de mayo el Sol, al ocultarse, desciende por detrás del mascarón de Kinich Ahau y “se ilumina el rostro del anciano de ojos estrábicos”. A este fenómeno arqueoastronómico, que descubrió el mismo García Cruz, “muchos campesinos, sobre todo los ancianos, lo miran con mucho respeto, lo ven como sagrado”.

“Pero para ir al sitio se topan con (el requisito de) todos los permisos, que muchas veces no se les dan. Incluso a los medios de comunicación en 2020 y 2021 no se les dejó entrar a grabar el fenómeno, pusieron la pandemia de pretexto, cuando la tecnología está llevando a los hogares imágenes para que la gente no salga de casa”.

García Cruz dice que para los habitantes mayas “visitar una zona arqueológica y ver, sobre todo en aquéllas que no son turísticas, la monumentalidad, la técnica de labrado de las piedras, las figuras, y saber que lo hicieron sus antepasados crea en ellos un estado de respeto”.

No siempre se ha limitado la expresión de la espiritualidad maya en las construcciones prehispánicas. El cronista Carlos Chablé Mendoza recuerda que hasta la década de 1970 “los abuelos, las abuelas podían ir y encender sus velas en lo que hoy se llaman zonas arqueológicas: Tulum, Chunyaxché (Muyil)..; en Yucatán hasta donde tengo entendido igualmente ocurría con Chichén Itzá y Uxmal”.

Iglesias mayas

“Actualmente”, prosigue, “cuando los abuelos y las abuelas mencionan en sus rezos estos lugares lo hacen como lugares sagrados, como también consideran sagrados sus actuales centros ceremoniales”, a los que comúnmente se llama iglesias mayas.

Cinco iglesias mayas en Quintana Roo y una en Yucatán mantienen estrecha relación por ubicarse en “el territorio maya macehual producto de la Guerra de Castas”: Tixcacal Guardia, Tulum, Chumpón, Chancá-Veracruz, Felipe Carrillo Puerto y Xocén (Valladolid). En cada una de ellas se resguarda a la Santísima Cruz.

Aunque se denominan iglesias, su arquitectura dista de ser la de un templo católico. El cronista lo explica:

“Las de Tixcacal Guardia y Tulum son parecidas: grandes casas de forma elíptica tradicional maya y techo de guano. En la parte delantera se tiene La Gloria, una especie de muro bajo que separa el lugar donde la gente reza y se hacen las ceremonias de donde está la Santísima y otros santos”.

“Otras, como la de Chancá-Veracruz, son de mampostería y techadas”, agrega.

Cada iglesia maya tiene un patrono, es decir, “un campesino con sabiduría, autoridad, respetado por la comunidad, que tiene autoridad sobre las compañías religiosas que resguardan las iglesias mayas donde están las cruces”.

Nojoch y chan misas

En esos centros ceremoniales, precisa Chablé Mendoza, “hay una gran misa y una pequeña misa, nojoch y chan misa, en momentos especiales; pero cuando hay necesidad de lluvias se hacen simultáneamente una misa y un ch’a’ cháak”.

No es gratuito que en esta área del Sureste se conserven esas prácticas devocionales, ya que, como apunta el cronista, “esta parte (de Quintana Roo) no pudo ser colonizada como el noroeste de la Península”, de modo que “la espiritualidad maya se mantuvo a pesar de la Colonia”.

“Una vez que se da la guerra (de castas) y esta parte vive libre, independiente de México, se crea una nueva religión que unos dicen que es sincrética: una religión en torno a la Santísima Cruz”, afirma. “La Santísima es la cruz, es Dios, y emite mensajes, por eso tiene un santo patrono, un interlocutor o alguien que los traslade a los fieles”. (Continuará).— Valentina Boeta Madera

“Lo arquitectónico, lo escultural se ha tomado más como turístico; se ha desarrollado pero no para los mayas, sino para las personas que vienen de fuera”

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