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¿Cómo los difuntos se comen las ofrendas si ya están muertos?

Foto: archivo

 Y llegaron nuestros difuntos

Pero… ¿y cómo se lo comen, si ya están muertos?, fue la pregunta que taladró los oídos de mi tía y mi abuela, y que les hice al ver las colocar sobre la mesa que servía de altar un gran trozo de pibipollo, un suculento plato de relleno negro, una humeante y olorosa taza de chocolate, dulces, frutas y demás viandas ante las fotos de abuelos, bisabuelos y demás ancestros.

La respuesta fue inmediata y directa, aunque incomprensible para un chamaco de ocho o nueve años: “Ellos se comen la gracia”. ¡Ajaa!, pensé, y me quedé con la idea de que sólo probaban la “grasa” y por eso no desaparecían los alimentos de la mesa, aunque varias veces me escondí bajo de ella, para pescar algún ánima in fraganti.

Pasaron varios “Fieles Difuntos” o “Todos los Santos” para que lograra medio comprender que la “gracia” de los alimentos no engordaba, pues es como la esencia de ellos, es decir, su espíritu, y por ello su “envoltura” quedaba igual y podían ser disfrutados más tarde por quienes aún estábamos con vida, claro, tras quedar satisfechas las ánimas después de los rezos.

“Las cuentas claras y el chocolate espeso”, me decía mi abuela Paula Celsa Heredia Basulto, doña Paulita para la gente, y para nosotros “Chata”, cuando me mandaba a comprar cacao a la tienda de don Hiram para hacer su chocolate casero y ofrendarlo a sus muertos en estos días de visita de las ánimas solas y acompañadas.

Aún la recuerdo sentada en la terraza sobre una vieja mesa de madera, para que no se moviera, a la cual le atornillaba el viejo molino de hierro que convertía en pasta el oloroso cacao mientras su “nieto adorado” giraba y giraba la manivela y veía como salía la negra y reluciente “masa”.

Una vez finalizada esta labor procedía a darle forma a decenas de redondas tablillas de tan espirituosa bebida, que no podía faltar en las tardes y mucho menos en los días de Fieles Difuntos, las estibaba sobre la mesa para secar al sol y las acomodaba luego en frascos, para mandarlas a sus amistades tía Ma, don Pipe y doña Matilde, entre otros.

La noche previa a estos días de finados venía también la difícil y tequiosa preparación de toda una variedad de dulces que iniciaba con el de guayaba, cuya complicada elaboración la obligaba a mover sin descanso y con una pala de madera la pasta en el interior de una cacerola inmensa de cobre.

Lo complicado era esquivar las “pringadas” del dulce hirviendo, las cuales eran más dolorosas que el mismo aceite y nunca supe si mi abuela tenía la piel insensible o ya con callo, pues ni se quejaba, ni usaba protección alguna a pesar de las quemadas que se adivinaban por el rojo de sus brazos y antebrazos.

Luego venían los dulces de limón con coco, cocadas, mazapanes, merengues, nances y cocoyoles en almíbar, calabaza melada, yuca, los cuales serían la envidia de cualquier repostería actual.

Aunado a todo aquello la preparación de los platillos o más bien del tradicional relleno negro y el Alma Mater del más allá, el sabroso mucbipollo para las ánimas que nos honraban cada año con su visita en la vieja casa de la abuela.

Días antes la casa y el patio se limpiaban a conciencia, para recibir a nuestros antepasados, a quienes la tía Toya se encargaba de recibirlos y despedirlos, pues decía que la saludaban al llegar y le decían en sueños adiós con las manos cuando se marchaban.

La siguiente actividad era colocar la mesa con el albo mantel, velas, flores, las viejas fotos de nuestros antepasados, las imágenes del Sagrado Corazón, de santos, vírgenes, ángeles y arcángeles y frente a ellos todo el banquete en su honor acompañado de xec hecho de naranjas, mandarinas, jícamas, entre otras frutas.

Ello hacía la delicia de quienes por la edad aún no entendíamos y tampoco lo entendemos mucho ahora, ¿cómo se comían todo eso los fieles difuntos sin comérselo físicamente?

Aunque por otra parte me regocijaba, pues al término de los rezos dábamos cuenta mis hermanos y yo de todo lo que no habían “comido” los difuntos, es decir, “véngase para nuestro reino”.

El altar se ponía en el cuarto de mi abuela, dónde habían fallecido muchos de mis ancestros, así que el camino ya estaba trazado, y se rezaba hasta dos veces al día, contratada para ello una rezadora oficial a la que acompañaban en las oraciones mi mamá, mi tía, mi abuela y algunas amigas y parientes que se sumaban a las plegarias y oraciones.

Paso a paso la rezadora realizaba el ritual, mientras la casa permanecía en silencio como sucedía en casi toda la población, un silencio muy difícil de explicar en estos tiempos de tantos ruidos, y que se hallaba en todas las casas y calles, donde hasta los pobladores conversaban en voz baja, para no asustar a las ánimas que regresaban.

La actividad no cejaba y el 1 de noviembre, tras una noche de elaboración, desde muy temprana hora salían hacia las panaderías los recién hechos mucbipollos camino hacia el fuego del horno que les daría vida, o hacia el hueco, por quienes preferían cocerlos en el patio de su casa.

Días antes el camposanto era punto de encuentro de familias que residían en la población y que se avecindaban ya en otros lares, pero puntuales regresaban a visitar a sus muertos, a limpiar sus tumbas, lavarlas, arreglarlas, pintarlas de colores, llenarlas de flores, orar ante ellas y lo más importante, recordarlos, y saludar de paso a viejos amigos.

Nosotros en familia acudíamos por la tarde cargados de veladoras, flores, cubeta, escoba, cerillos, para limpiar y “bañar” la “casa” de los abuelos, llenar los floreros con agua, ponerles flores, prender sus veladoras, recordarlos y rezar por ellos.

Para quienes aún no teníamos la edad, para comprender toda esta significación en su justa dimensión, estos días eran como de fiesta, pues llegaban los amigos y se activaban las travesuras que variaban entre contar cuentos de espanto, jugar la ouija en el antiguo boulevard, o visitar el cementerio por la noche.

El día 2 de noviembre la calle de la “aviación” o del cementerio se convertía desde temprano en el paso de una romería hacia el camposanto, donde se efectuaría la misa de los fieles difuntos, y cerca de las 10 de la mañana, textual e irónicamente, ya no cabía ningún alma en el cementerio, y las personas asomaban entre cruces y ángeles encaramados sobre algún sepulcro.

Tras el “podéis ir en paz…” venían los saludos, los abrazos y los “nos vemos al rato para tomar los pibes”, tradición muy chenera desde tiempos inmemorables y que llenaba casas y cantinas.

Y así concluían los días Santos, aunque las ánimas visitantes, no se regresaban enseguida a sus moradas, pues se quedaban aquí abajo hasta el último día de noviembre, para visitar los lugares y a quienes habían apreciado en vida y no habían visto todavía.

Crecer en un pueblo de la Península, entre la selva del mayab eterno, y aislado de la vía principal que comunican a las dos capitales más grandes de ella, Mérida y Campeche, daba en ese entonces un toque de realismo mágico al entorno, mismo que se aderezaba, como muchas poblaciones de la región, de leyendas, misterios, costumbres y vivencias relativas al más allá.

El doblar de las campanas a muerto nos hacían estremecer a no pocos pobladores de Hopelchén, al igual que las anécdotas de ánimas aparecidas o de su tránsito por calles de la población a altas horas de la noche, convirtiendo velas en huesos o flores en tierra, ni que decir del apuro para estar en casa antes de las 12 de la noche y así evitar que nos diera el “mal aire”.

Muchas de estas costumbres relativas a la muerte son sincretismos de las culturas hispánica y maya observadas aún hoy en día en muchas de nuestras poblaciones, entre ellas el tunkuluchú o dzotz (tecolote o lechuza), quien hace temblar a no pocos con su canto “que anuncia la muerte”.

El no cocinar los pibes el año en que un familiar cercano falleciera o no ser elaborados por quienes tienen las manos frías o “Siis ka” o por una mujer embarazada, o por quien cargara un cajón de fallecido, ya que no se cocinarían bien, son tan sólo unos cuantos ejemplos de la variedad y riqueza cultural atesorada por siglos y difundida y probada de generación en generación.

Lo mismo sucede con los altares que se colocan los días santos en las casas, cada elemento tiene su concepción y justificación, pero la más importante es el recuerdo de nuestros seres queridos y en mi personal opinión esto es lo que no hay que olvidar nunca.

Más allá de sí el altar se pone de tal forma para los tradicionalistas o de tal otra para los modernistas, esta ventana al cielo, ese rincón del más allá, debe ser un punto de encuentro y reflexión entre los que ya se fueron y quienes aún estamos en esta vida.

Colocar en él aquellas viandas y bebidas que disfrutaron quienes se nos adelantaron, ya sea un pibipollo, un relleno, una pizza, una hamburguesa, un chocolate, café, cerveza o cualquier otro elemento gastronómico, y lo más importante, elevar una oración al cielo por ellos y por nosotros.

Nuestros altares, son nuestros recuerdos vivos.

Como dijera Serrat: Vivamos cada día como si fuera el último, pues algún día le vamos a atinar. O como se dice en el argot beisbolístico: “Esto no acaba hasta que se acaba”…

Saludos y a seguirnos cuidando que esto no acaba.

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