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Con éxito, Paco Marín traduce y adapta “Salomé”

El director Paco Marín con el elenco de “Salomé” en el estreno de la obra en el Teatro Peón Contreras

Sólida obra de teatro

El simbolismo decadentista de Óscar Fingel Wilde, pleno de exotismo y sensualidad, apto para fraguar enlaces donde muerte y amor, básicos temas, cruzan sus fronteras, se elevó desde la puesta en escena, anteanoche, del drama “Salomé” (1895) en las tablas del Teatro José Peón Contreras.

Fue Paco Marín, con motivo de sus cincuenta años como actor, quien ha querido reunir los hilillos purpúreos del irlandés que pasara de la veneración social a la mayor ignominia por el voraz albedrío de un pueblo ensoberbecido en su puritanismo y afán de discriminación.

Sabedor de que el pueblo británico no aceptaría una obra “bíblica” edificada con afán de aventura preciosista, Wilde escribió “Salomé” en lengua francesa, con la mirada puesta en salas parisinas. No obstante, habría de pasar más de cincuenta años para que la “bailarina de los pies desnudos” hallara aceptación entre el público y la critica.

Sobre la intensidad textual propia de don Óscar laboró la capacidad adaptativa de Marín, tanto en la traducción como la dirección de escena, para otorgar a esta tragedia su atmósfera de elegante sensualidad restituyendo, en algunas secuencias, su orientación original.

En un arrimo evangélico, todo el acontecer visual y sonoro de esta obra se expande desde una terraza palaciega de aquella Judea donde Herodes Antipas alimentaba la hoguera de su soberbia como tetrarca designado por Roma.

Capricho y providencia

Henchido de contrastes, el texto y los apuntes directivos nos conducen por los nervios de un tejido de atracciones, progresiva urdimbre de una crisis en la que capricho y providencia se entrecruzan. Entre el rumor de alas de la desdicha emergen voces de pasión carnal y predicciones luminosas. A las vanidades temporales solo se opone una proclama, la del profeta Yokanaan, asceta huraño e irreductible que, del desierto, ha sido conducido prisionero a una lóbrega cisterna.

Como las alternancias de la Luna —imagen constante— la trama se abandona al cumplimiento de una fatalidad que marcha lentamente en torno a la princesa que es como “el reflejo de una rosa blanca en un espejo de plata” y a quien se dirigen irremisiblemente las miradas.

Bertha Alicia Gutiérrez abraza certeramente la veleidad de Salomé y Fabián Sosa encarna con fortaleza al profeta cautivo —“casto como la Luna”— que maldice las iniquidades y vislumbra el fin de los paganos tiempos: “los centauros ya se han hundido en los ríos”.

La experiencia de Miguel Ángel Canto apuntala, con sus largos parlamentos, al Herodes atrapado entre el deseo y el temor a celestes fuerzas invisibles.

Es Laura Zubieta la incestuosa reina cuya hija ha heredado los impúdicos caprichos. Eric Manzo destaca como Narraboth, príncipe suicida.

El apunte sonoro de Erik Baqueiro y los efectos lumínicos especiales de Rafael Salazar proporcionan los variados ambientes entre los cuales danza Salomé en busca de los labios yertos del Bautista (con coreografía de Ligia Aguilar) y el tetrarca se debate entre un juramento fatal y el horrendo mandato del degüello.

Felicitación a los restantes miembros del elenco —Alfonso Espinosa, Bruno García, Jancarlo Areu y Adrián Galvara— así como a Nixma Eljure por un vestuario elegante y propio. La puesta se repite los días 14 y 16 del presente mes.— Jorge H. Álvarez Rendón

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