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Confesiones de un corresponsal de guerra

El periodista Harris Whitbeck

CIUDAD DE MÉXICO (EFE).— Después de tres décadas cubriendo guerras, desastres naturales y disturbios políticos, el guatemalteco Harris Whitbeck se detiene a procesar en un libro todo lo vivido en su carrera, a lo largo de la cual ha entrevistado a decenas de personalidades del mundo.

“Diría que el dalái lama es el entrevistado que más me ha marcado, simplemente porque es la persona más humilde, transparente y feliz que he conocido”, cuenta el periodista, que promueve “El oficio de narrar sin miedo” (Grupo Planeta).

Al dalái lama lo conoció en la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente de 1992 y, aunque reconoce que no comprendió mucho de lo que le dijo debido a su acento, eso “no importaba porque su energía era tan poderosa que te hacía entender mucho”.

El líder espiritual tibetano es uno de los tantos que se han sometido a las preguntas de Whitbeck, quien también ha entrevistado a presidentes como Hugo Chávez. “Cada vez es más difícil encontrar a políticos que inspiren solidez”, admite.

Whitbeck escribió el libro en 2020 durante el confinamiento por la pandemia, en el lago de Atitlán, en el suroeste de Guatemala, donde reside desde hace algún tiempo.

Durante dos décadas trabajó para la cadena CNN, con la que cubrió la disolución de la Unión Soviética en 1991 y la guerra de Afganistán en 2001, en este último caso “con miedo porque no sabía a lo que me iba a enfrentar”.

“En el momento en el que pisé tierras afganas el vacío de información se llenó, empecé a hacer lo que sabía, que era buscar información y desde entonces el miedo se fue convirtiendo en un aliado”, recuerda.

Lo que más le impactaba era “afrontar desastres naturales”, como huracanes en Centroamérica y Sri Lanka, por estar “cara a cara con el sufrimiento de otros”.

En un inicio se sentía un mero espectador, pero con el tiempo se dio cuenta de que “la función del periodista es muy importante porque contribuye a contar la historia y provoca reacciones”.

Distancia emocional

Vincularse emocionalmente con los protagonistas de las historias es un dilema para muchos periodistas. “Cuando estoy trabajando obviamente construyo un muro (emocional) pero uno no puede dejar de procesar lo vivido. Eso es muy peligroso y siempre he hecho un gran esfuerzo para hacerlo”.

Critica que ahora cada vez más televisoras se dediquen a programas de opinión relegando el reporterismo, que es “la única manera de contar las cosas”.

Sin saberlo Whitbeck estaba destinado a ser periodista siguiendo los pasos de su bisabuelo, quien fue corresponsal de guerra, y de Bernal Díaz del Castillo, del que desciende según sostienen algunos familiares.

Viajar por el mundo le sirvió para romper prejuicios como cuando fue a trabajar a la Unión Soviética procedente de Centroamérica, que en plena Guerra Fría era un “campo de batalla entre el capitalismo y el comunismo”.

“Me decían que iba a meterme a la boca del lobo, que los rusos eran comunistas malos y al llegar enfrenté que los rusos eran tan humanos como yo”, apunta.

Dice que nunca fue discriminado por ser latino en Estados Unidos porque es un “guatemalteco con cara de gringo”, puesto que su madre era estadounidense.

En cambio, su padre, fallecido poco antes de la publicación del libro, era guatemalteco y en uno de los capítulos más íntimos Whitbeck cuenta que llegó a entrevistarlo para esclarecer la relación que tuvo con el gobierno del dictador Efraín Ríos Montt, acusado de genocidio. “Fue una de las conversaciones más profundas y bonitas que tuvimos”.

Nada cambia

Whitbeck, quien sigue ejerciendo de periodista en Guatemala, observa ahora los países que le tocó recorrer con la CNN y que vuelven a estar en el punto de mira.

“Los titulares que salen de Haití les cambias un par de cositas y son idénticos a los que yo escribía hace 15 años. No cambian las cosas y es frustrante”, lamenta.

Whitbeck estuvo en Caracas en 2002 cuando Hugo Chávez ganó las elecciones y considera que la crisis política, económica y social de Venezuela “era un proceso anunciado”.

De México, donde vivió de los 26 a los 40 años, lamenta “la influencia del crimen organizado”, que está “creciendo en toda la región”.

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