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Cristina Farfán, pintora

Rumbo al siglo y medio de “La Siempreviva”

El próximo año se cumplirá siglo y medio de la aparición de “La Siempreviva”, la primera revista literaria de México escrita exclusivamente por mujeres y publicada en Mérida, Yucatán, como órgano oficial de la sociedad literaria femenina del mismo nombre. Fueron sus fundadoras las profesoras Rita Cetina Gutiérrez (cuyo nombre se imprimía como la responsable de la publicación) y Gertrudis Tenorio Zavala, así como otras colaboradoras como Carmen Solís de Rivas (quien escribía con el pseudónimo de Clara) y Catalina Zapata.

En un verano yucateco como éste, hace 149 años, exactamente el cuatro de julio de 1870, una de las editoras y escritoras principales, la profesora de pintura Cristina Farfán Manzanilla (luego “de García Montero” por el apellido de casada), publicó un elocuente ensayo escrito 10 días antes sobre la importancia de su profesión para las mujeres que deseaban dedicarse a ella. En la primera página de ese lunes, el artículo llamado “A mis apreciable alumnas de dibujo” contiene varias reflexiones de la maestra, texto en el que, aunado al pensamiento de su tiempo, tan liberal como heredero de la corriente romántica, se traslucen tanto el bagaje cultural de la autora como su conciencia del valor del patrimonio local, como también que una de las preocupaciones de las editoras era que las mujeres se hicieran de recursos propios, es decir, de un ingreso económico que les permitiera mantenerse sin depender de un tercero:

“Desde tiempos muy remotos se nos presenta la pintura por todas partes y en todas las épocas” afirma, y recorre brevemente desde las perdidas obras de la escuela griega —de pintores como Apeles— de las cuales se conservan por lo menos las descripciones de Pausanías y Plutarco, a la obra renacentista de Miguel Ángel y Rafael, al barroco Murillo “y muchos otros distinguidos artistas”.

“Sin embargo —observa la profesora— en nuestro tiempo allí están Rosa Bonheur, (Juan) Cordero, el insigne artista mexicano y muchos que se dedican a este bello arte”. Es decir que en estas dos líneas la autora se trasladó del referente exclusivamente masculino y ajeno, hacia ejemplos más cercanos a lo que su texto apunta: por un lado lo femenino con la mención de la relevante pintora, escultora y grabadora francesa Rosa Bonheur y por el otro, lo mexicano con el maestro Cordero, muy destacado pintor nacido en Puebla, reconocido internacionalmente en su tiempo y coetáneo suyo; una manera de demostrar a sus estudiantes que se podía progresar y desarrollarse en la plástica “a pesar de” ser mujer, como Bonheur o de no ser europeo, como en el caso de Cordero.

Además de explicar más adelante que la pintura tiene la importante función de “enseñar la historia” y “conmover el corazón”, en sus párrafos finales se dirige a sus alumnas para exhortarlas a la independencia económica y a mirar el paisaje local:

“Vosotras, queridas amigas y discípulas a quien tengo el gusto de dar las primeras nociones de dibujo, quizá más dichosas que yo, podréis llegar con el tiempo a ser verdaderas artistas. Podréis con vuestro trabajo mantener a vuestros ancianos padres, a vuestros pequeños hijos, o si al contrario, os llegáis a encontrar en una posición brillante, se mirarán vuestros salones adornados con las obras de vuestras manos. Entonces con más gusto reproduciréis cuadros poéticos copiados de nuestros risueños campos, vistas dignas de admiración de que abunda nuestra Península, las glorias y personajes célebres de nuestra patria, todo trazado por vuestra mano”.

La trayectoria de la profesora Farfán Manzanilla llama la atención porque tras contraer matrimonio y trasladarse a Tabasco continuó su quehacer intelectual y artístico sin que los cambios en su estado civil y geografía parecieran afectarlo. Anteriormente aquí en Mérida ya había publicado en “La biblioteca de Señoritas” (1868) y una de sus preocupaciones era evidentemente la educación de la mujer.

Como ya han señalado varias reconocidas investigadoras yucatecas como las Dras. Piedad Peniche, Celia Rosado y Georgina Rosado, la lectura y análisis de este trabajo editorial sin precedentes (y al cual tenemos acceso gracias a la edición facsimilar del Gobierno del Estado en 2010 y la versión digital la Biblioteca Virtual de Yucatán) abrirá cada vez más puertas al reconocimiento de nuestra historia todavía reciente y en mucho ignota; a la comprensión de nuestra tradición periodística, literaria y cultural y por supuesto, a nosotras mismas, las herederas de su escuela y su bagaje.— María Teresa Mézquita Méndez para El Macay en la Cultura

 

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