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Crónica de una utopía: Gabriel Ramírez Aznar

El pintor Gabriel Ramírez Aznar

La primera columna de 2018 está dedicada a uno de los grandes personajes de la plástica yucateca, cuya historia se entreteje con la del Museo Fernando García Ponce-Macay y que en próximas fechas celebrará su cumpleaños número 80: Gabriel Ramírez Aznar.

Este creador ha conseguido equilibrar sus más grandes pasiones en la persecución de una utopía: trabajar solamente en lo que produce placer. Dicha clave, que para algunos pudiera pecar de simple, es quizá la quintaesencia de la trayectoria de un pintor que le guarda fidelidad a su creación pictórica y a sus trabajos de investigación cinematográfica.

Su amor por las películas se inició en su natal Mérida, donde residió hasta 1956, año en el que se mudó a Ciudad de México. En medio de una época de trasformación social y cultural, trabajó en una conocida empresa automotriz durante siete años, donde abrió un espacio para un cineclub y conoció al crítico de cine Emilio García Riera, quien lo invitó a trabajar como ilustrador del grupo Nuevo Cine en 1959.

La trascendencia de esta pléyade conformada por “cineastas, aspirantes a cineastas, críticos y responsables de cineclubes” y su revista homónima se encuentra en que introdujeron a tierras mexicanas nuevos discursos y reflexiones en torno al séptimo arte. Después de siete números que tuvieron un tiraje de 1,000 ejemplares, el grupo se disolvió y cada quien tomó su camino.

El recuento de esta dinámica de trabajo fue abordado en agosto del año pasado en la charla “Del cineclub a la cinefilia”, un Punto de Encuentro memorable por contar con la participación de Ramírez Aznar y la proyección de una selección de vídeos y música curada por el mismo artista.

Su entrada a la pintura se dio a través del cine. “Sed de vivir” de Minnelli lo sacudió a pintar de manera autodidacta. En 1965, justo al día siguiente de la premiación del polémico Salón ESSO, realizó su primera exposición individual en la Galería Juan Martín. Ese día también se llevó al cabo una conferencia de prensa convocada de manera urgente por José Luis Cuevas para “desmentir y responder a las acusaciones de cobardía y traición difundidas por los voceros de la cultura oficial”, de acuerdo a Ramírez Aznar, quien también señala al evento como la génesis de otra de las piedras de toque de su generación: “Confrontación 66”.

El mismo año de su debut en la Juan Martín participó en la VI Bienal de Jóvenes en París, Francia, y en el Colectivo de La Habana. Tres años más tarde se convirtió en miembro fundador del Salón Independiente.

En 1975 Gabriel Ramírez Aznar regresó a Mérida, donde hasta la fecha continúa trabajando en sus obras con la influencia de los colores y la luz de su tierra natal.

En abril de 2017, después de dos años de estar cerrada su sala permanente en el Museo Fernando García Ponce por labores de restauración del Ateneo Peninsular, ésta fue vuelta a abrir al público.

Sobre su obra han escrito Teresa del Conde, Jorge Alberto Manrique, Raquel Tibol, Justino Fernández, Álvaro Mutis, Juan García Ponce y Luis Carlos Emerich, entre otros.

Sus obras, que se han transformado de manera pausada a lo largo de su carrera, conservan la violencia de los amarillos, rojos, azules y verdes del Grupo CoBra. Se gestan en un promedio de tres sesiones, sin detenerse mucho en la planeación o en los bocetos. Su pintura, según José de la Colina, “es tan intensamente visual hasta el milagro que se podría ser ciego y, sin embargo, esa pintura nos resultaría perceptible, a través de la piel, de las yemas de los dedos, o estando de espaldas a ella o en total oscuridad”.

Lo difícil, de acuerdo el creador yucateco, es firmar un cuadro y ponerle un título: “decidir que se terminó es también otro problema porque nunca se sabe. Hay que terminarlos simplemente, sino estarías con un cuadro toda la vida. Porque esto es una cuestión que te planteas problemas sin respuestas. Ésa es la base, tanto de la pintura como cualquier otro proyecto de tipo artístico. Plantearte preguntas que no tengan respuesta. Tú no puedes solucionarlo, no se soluciona ni nada. Todo está constantemente en movimiento, es algo que no tiene fin. Es algo a lo que nunca llegas. Es un horizonte que se te aleja siempre, nunca llegas”.

Ha sido acreedor a diversos premios nacionales e internacionales, como el Premio Internacional de Dibuix “Joan Miró” en sus ediciones 1972 y 1975, en Barcelona, España; la Medalla Yucatán (1986) que otorga el gobierno de Yucatán; becario del Fonca en su calidad de creador artístico (1989 y 1999) y la Medalla al Mérito Artístico del Instituto de Cultura de Yucatán (1998).— Addy Cauich Pasos, para “El Macay en la cultura”

Otras facetas

A la par de la pintura, Gabriel Ramírez Aznar también se desenvuelve como escritor y crítico de cine. Ganó el Premio Literario “Antonio Mediz Bolio” en 1997 por la “Cosa cultural” publicada en el suplemento “Unicornio”.

Libros

Ha publicado libros acerca de la producción fílmica nacional, como “El cine yucateco”, en 1980, y “Crónica del cine mudo mexicano”, en 1989.

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