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Cultivemos los buenos hábitos

Foto: Megamedia

Raúl Espinoza Aguilera(*)

Muchas veces hemos conocido a personas y amigos que desde jóvenes viven una serie de buenos hábitos —también llamados valores o virtudes— y los realizan con la mayor naturalidad.

Cuando les preguntas a esos conocidos cómo fue que los adquirió, su respuesta parece muy sencilla:

Mi papá me invitaba todos los días a levantarme temprano y nos íbamos a caminar, o a correr o andar un rato en la bicicleta.

También mi mamá nos animaba a aprovechar el tiempo. Nos decía, por ejemplo, “no quiero que nadie en la casa se pase horas y horas viendo películas o con los videojuegos. ¡Hay muchas más cosas útiles que hacer!”.

Algo similar ocurrió con mi educación en la escuela en Ciudad Obregón, Sonora. Tenía reuniones periódicas con mi preceptor o asesor académico y revisaba mis calificaciones mensuales, trimestrales o semestrales y me decía: “Está claro que tienes que mejorar en Biología, Química y Física. Si quieres, al finalizar las clases de cada día, te puedo ayudar a resolver dudas que tengas de estas materias o a resolver algunos problemas. Pero considero conveniente que subas de promedio. Al principio te costará esfuerzo, pero luego te dará mucho gusto por los resultados obtenidos. La clave es la disciplina y la constancia, ¡no lo olvides!”.

Gracias a ese buen maestro, al final de la preparatoria obtuve un magnífico promedio, que me ayudó a entrar sin problemas en la carrera universitaria.

Otro profesor, el de Literatura, me animaba mucho a leer a los clásicos de la Literatura Mexicana y Universal y biografías. Me parece que a él le debo mi afición por las buenas lecturas.

En casa, la costumbre era, en primer lugar, hacer bien las tareas escolares. Si algo se me dificultaba, me ayudaban mi madre o mi padre.

Un formativo detalle de ayuda fraterna era que al concluir mis tareas y el estudio, mi padre me pedía: “Ahora ayuda a tu hermano Enrique que se le dificultan mucho las matemáticas”. La verdad es que lo hacía con gusto por el ejemplo de generosidad que observaba en mis padres, invirtiendo tiempo en asesorar mis tareas.

Finalmente llegaba el momento esperado, practicar un poco de basquetbol con unos vecinos porque teníamos en la escuela un torneo deportivo.

Recuerdo en mi natal Sonora, aquellos calores del verano en que subía mucho la temperatura y casi todo el mundo tenía la costumbre de dormir un rato de siesta después de la comida.

Pero llegaba un buen amigo al que apodábamos “el Zurdo”. Como era de total confianza, entraba sin tocar hasta mi habitación, me despertaba de la siesta y me mostraba un balón de basquetbol y a continuación me decía:

—¡Imagínate, nos esperan libres todas las canchas de basquet de la escuela! Al principio, yo protestaba y le comentaba: —“¡Hace un ‘calorón’, ‘Zurdo’. Ahorita ni los chanates vuelan!”.

Pero, él volvía a insistirme: —Mira ya “picados” en el juego ni cuenta te das del calor. Además, después de sudar “te sientes a todo dar”. Y era verdad.

He de reconocer que debido a su entusiasmo me aficioné a este deporte, lo mismo que al beisbol.

A otro amigo, le gustaban mucho las carreras de 100 y 200 metros planos y pasaba a mi casa a invitarme. Para animarme me decía:

—Allá en la escuela nos espera el profesor de Educación Física que está empeñado en que mejoremos nuestras marcas personales para poder ir a competir a la gran final estatal en Hermosillo.

Y de esta manera, a través de mis padres y de las buenas amistades, fui adquiriendo una serie de buenos hábitos.

Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM y maestro en Comunicación por la Universidad de Navarra.

 

“Al principio te costará esfuerzo, pero luego te dará mucho gusto por los resultados obtenidos. La clave es la disciplina y la constancia”

Altruismo con doble objetivo

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