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Ejemplo de sacerdote

Fotografía de Isidro Ávila Villacís para Diario de Yucatán de la bendición por el arzobispo de Yucatán

El padre Arjona era exigente pero también cordial

El Seminario de Yucatán es hoy el resultado de la labor y la presencia de rectores, formadores, estudiantes y religiosas que han pasado por él en 270 años.

Nombres como los de Juan Arjona Correa, Luis Miguel Cantón Marín y Jorge Antonio Laviada Molina sobresalen en el repaso del camino como guías en la preparación de los futuros sacerdotes, en los que dejaron huellas intelectuales y afectivas.

A partir de hoy y en los siguientes dos sábados recordaremos, con el testimonio de sacerdotes que fueron sus alumnos y colegas y de seglares amigos, la figura de esos tres fallecidos rectores de la institución religiosa, que el próximo miércoles 24 celebra su día.

Institución en sí misma fue monseñor Juan Arjona Correa, quien encabezó al Seminario de Yucatán durante 54 años. Uno de sus exalumnos es el presbítero doctor Manuel Ceballos García, párroco de Nuestra Señora de Yucatán, quien a los 13 años de edad ingresó en la casa de formación, donde entró en contacto por primera vez con el rector.

“Encuentro en él un hombre impasible, sereno, en silencio, observador, lector constante, piadoso, ejemplar, platicador ameno. Caía muy bien, era simpático y cordial, disciplinado y amante de su obra, tanto de la encomienda de la formación eclesiástica como de la construcción del edificio”, señala.

“Es un hombre al que se le ve todos los días, antes de las 7 de la mañana, en la capilla general del Seminario”, continúa. “Mientras espera que nos formemos y entremos para las oraciones de la mañana, el hombre está con su rosario mirando, en silencio. Observa, busca que la disciplina sea signo que revele el interior de la persona”.

“Nos da ejemplo en todo. En las tres comidas camina por en medio del comedor, él está ahí, con nosotros; no vigilante para castigar, sino que observa para ayudar a disciplinar”.

“Eso es lo que miro durante 12 años (de 1960 a 1972), porque no va a haber un día en que no haga siempre lo mismo, solo cuando se ausentaba para buscar fondos para construir el edificio de Itzimná, que nada ha cambiado”, añade.

Herencia

La actual sede del Seminario Mayor es la herencia material más evidente del rectorado de monseñor Arjona. Antes de concretarse esta obra, los seminaristas tomaban clases en una casona de madera de dos pisos.

Esa época la recuerda bien el padre Miguel Castillo Castillo, quien fue alumno de 1944 a 1954. Aunque se trató de “una etapa muy bonita” con “un magnífico equipo de sacerdotes, maestros y laicos”, también fue de muchas carencias. “Nosotros hicimos trabajos de albañilería, de jardinería, de cuidado de los animalitos que se tenían. Hacíamos el aseo de toda la casa, ayudábamos también en la cocina”.

El rector “era muy diplomático, comunicativo, hábil para convencer a la gente que ayudara al Seminario, y con mucha visión”.

Los tres arzobispos de Yucatán con los que trató —Martín Tritschler y Córdova, Fernando Ruiz Solórzano y Manuel Castro Ruiz— “lo admiraban, lo presumían, porque era un hombre muy simpático, muy alegre; no era un santo triste”.

Los prelados encontraron en él a un brazo derecho e, incluso, monseñor Ruiz Solórzano, quien hizo “muy suya la obra del Seminario”, lo tuvo entre sus colaboradores predilectos.

De eso también da fe el padre Ceballos García, quien afirma que el arzobispo Ruiz Solórzano “tenía en el rector a su más íntimo colaborador”.

“Don Manuel Castro Ruiz, cuando llega como obispo auxiliar, recibe (de monseñor Arjona) el cálido ofrecimiento: ‘¿No tiene usted dónde vivir? Aquí está el Seminario, el Seminario es su casa’. Y Manuel Castro Ruiz aceptará vivir en el Seminario hasta que, por las razones de su dimisión, tiene que abandonarlo”.

“El vicario general, el colegio de canónigos, todos los sacerdotes de antaño lo apreciaban mucho, producto de su buen sentido de humor. Si alguna vez se molestó o tuvo un momento ríspido, habrá sido muy en privado, no corrió la voz”.

El padre rector “fue educado en el más estricto esquema de la formación de los jesuitas”, disciplina que trasladó al Seminario una vez que se hizo cargo de él, explica el padre Ceballos.

“Toda la formación académica fue humanista”, precisa. “Había clases de latín y griego durante los primeros cinco años; muchos de mis compañeros aprendieron a hablar, no simplemente traducir o balbucear, el latín y el griego. Leíamos a los clásicos en su idioma”.

“Había que leer a Esquilo, Sófocles, Cicerón, Julio César. Lo mismo va a suceder en la etapa filosófica: si hablo de Nietzsche tengo que leer en momentos que pueda ‘Así hablaba Zaratustra’; si hablamos de Camus, de Jean-Paul Sartre, había que leerlos”.

Equipo formador

Eran tiempos “de una formación humanística muy exigente” para la cual se tenía un equipo de sacerdotes preparados en España e Italia, como Ramón Bueno y Bueno, José Jaime Domínguez Rivero, Lázaro Pérez Jiménez y Luis Jorge Montañez Jure.

Como maestros se contó también con jesuitas, misioneros del Espíritu Santo y misioneros de Maryknoll, y a algunos procedentes de Morelia, Guadalajara y Puebla, afirma el padre Castillo Castillo. “Tuvimos varios sacerdotes brillantes que eran parte de los maestros, estuvimos muy arropados”.

Monseñor Juan, añade, “era partidario de mandar, hasta donde se pudiera, a muchachos a estudiar al extranjero”. Asimismo, en Yucatán los estudiantes tuvieron como compañeros a jóvenes de la ciudad y la zona maya, y originarios de Tabasco, Campeche, Quintana Roo y “un tiempo hasta de Guatemala”.

“Era sumamente hábil, inteligente, práctico, muy optimista; en sus clases se oía cómo sus alumnos se daban de carcajadas. Era muy culto, estaba muy preparado”.

“Tenía una personalidad poliédrica, la gente lo quería, lo respetaba. Por el Seminario pasaban el gobernador, el alcalde, el jefe de la policía... eran sus amigos, convivían con nosotros en la mesa del comedor”.

Concilio Vaticano

Entre las exigencias a las que supo responder el rector, el padre Ceballos García menciona la puesta en práctica de los lineamientos del Concilio Vaticano II. “Él dijo: ‘Aquí hay que hacerlo’. ¿Cómo? Había que inventar, no había nada escrito. Esto ocasiona la gran crisis en el mundo con respecto a los seminarios y el de Yucatán no fue ajeno”.

“No fue de la noche a la mañana, sino que cada semana desaparecían dos o tres estudiantes. Cuando terminó el año escolar el Seminario tenía muchísimos menos alumnos de cuantos habían sido al principio. Fue muy doloroso, pero lo afrontó; ahí estaba Juan Arjona siguiendo adelante, sin perder la esperanza”.

“Era para nosotros un verdadero ejemplo como sacerdote”, puntualiza el padre Castillo Castillo: “su vida de oración, su devoción a la Virgen, su familiaridad. Aprendimos mucho de su amor al Seminario, sobre todo su devoción a la Virgen María; decía: ‘Ella nos va a conseguir todo’”.

“Nos tocó una época muy bonita de cambio, de cimentación. Luego de ordenados, los sacerdotes sentíamos que el Seminario era nuestra casa; nos decía: ‘Vengan a comer, vengan a visitarnos’”.

Para el padre Castillo, la huella del rector Arjona “está a la vista” y su influencia “se proyectó en los sacerdotes de esa generación”.— Valentina Boeta Madera

 

Nos da ejemplo en todo. En las tres comidas camina por en medio del comedor, no vigilante para castigar, sino que observa para ayudar a disciplinar

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