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El Ave María de Gounod-Bach

Por:  Franck Fernández Estrada (*)

María, la madre de Jesús, es importante no solo para los cristianos. Sabemos que, incluso para los musulmanes, Mariam, como se le llama en árabe, es también un personaje muy querido. En el Corán se menciona a Mariam con mayor frecuencia que lo que se le menciona en las Santas Escrituras cristianas. Dentro de la tradición católica, la oración del Ave María es, sin lugar a duda, una de las oraciones más rezadas.

Esto ha llevado a muchos compositores, a varias decenas de ellos, a ponerle música a esta oración. Debemos reconocer que las más conocidas de todas son la versión del austríaco Franz Schubert y la del francés Charles Gounod y es precisamente de la versión de este compositor que les quiero hablar hoy.

Pero antes tengo que hablar un poco sobre la vida del compositor. Gounod nace en   1818, en un periodo de grandes convulsiones en Europa y, en particular, en Francia. Hacía solo tres años Napoleón había sido derrotado en la famosa batalla de Waterloo. Sus padres fueron un pintor y una cantante de ópera y, desde chico, tuvo una vida llena de ambivalencias. Como tenía facilidades tanto para la música toma para la pintura no sabía a cuál de ellas dedicar su futuro. Era un chico extremadamente travieso y al mismo tiempo con facilidad entraba en profundos trances de misticismo. Esto de pasar por profundos trances de misticismo acompañó a Gounod por el resto de su vida.

De joven fue enviado a Roma a completar su formación estética. Allí descubrió la música sacra en todo su esplendor. También conoció al que quizás fue su primer amor, Fanny Hensel, hermana del célebre compositor Félix Mendelssohn. También conoció en Roma a Paulina Viardot, soprano y hermana de la que posiblemente fuera la más importante soprano del momento, la española Malibrán. Su vida pasaba de amor intenso, incluso carnal, con las mujeres a momentos en que quería dedicar su vida a Dios.

De Roma viajó a Austria y a Berlín, donde volvió a encontrarse con Fanny que lo envió a Leipzig para que su hermano lo ayudara a encontrar su camino en la composición. A pesar de que manifestaba un interés fascinado por la ópera, lo único que componía era música sacra por la que había sido tan influenciado durante su viaje a Roma. Tan interesado se mostraba por las órdenes religiosas que, durante algunos meses llegó a vivir entre las Carmelitas y, con el permiso del arzobispo de París, se hizo llamar Abate Gounod. Más tarde en París se encuentra una vez más con Pauline, quien ardientemente le pide que escriba para ella una ópera.

Fue así como escribió la ópera Safo y más tarde La Monja Sangriente. Ninguna de las dos logró llegar a las 10 representaciones. Sin embargo, sí que sobresalía en la composición de música sacra. En la iglesia de San Eustaquio, a dos pasos de Châtelet, en París, inauguró en 1854 con mucho éxito una misa, la Misa de Santa Cecilia. Como suelen ser las misas, estaba escrita para orquesta, bajo, tenor, mezzosoprano, soprano y coro. Sin embargo, lo que catapultó a la fama a nuestro personaje de hoy fue una variación que realizó sobre el Primer Preludio de piano de Juan Sebastián Bach.

Para estas alturas, Gounod llevaba una relación formal con la señorita Anne Zimmermman, que más tarde sería su esposa. El padre de Anne era el Inspector General de estudios del Conservatorio Imperial de París. Sí, imperial. En estos momentos reinaba Napoleón III en lo que la historia reconoce como Segundo Imperio francés. En el salón de los Zimmermman había un piano y, mientras esperaba que su novia saliera de sus aposentos, Gounod se dedicaba a improvisar. Un día tuvo la idea de tocar algunos compases del Primer Preludio de piano de Juan Sebastián Bach. Lo tocó dos veces. Su futuro suegro, que lo escuchaba, tomó apuntes y, en una siguiente visita, se lo presentó tocando el señor Zimmermman el violín y pidiéndole que lo acompañara al piano. Es casi la misma melodía de Bach, pero una quinta por encima. Los que sepan de música me entenderán. El señor Zimmermman llevó la partitura a un editor quién le compró la obra y Charles Gounod recibió los 200 francos franceses que por ella pagaron. Se le puso el nombre “Meditación sobre un Preludio de Bach”.

Pasó el tiempo y en 1852 Charles Gounod ya estaba casado. Tenía una alumna, Rosalie, por la que sentía una viva y discreta admiración. Gounod tomó la melodía de la Meditación y le puso letra. La letra la tomó de un poema del poeta romántico francés Alphonse Lamartine. Como prueba de amor se le entregó a la joven Rosalie quien, de inmediato entendió la alusión. Rosalie había perdido a su madre y su padre se había casado en segundas nupcias con una señora extremadamente católica llamada Aurelie. Dicen que a las madres no se le escapa nada. Aurelie, dándose cuenta de la situación y temiendo que su hijastra Rosalie se enamorada de un hombre casado, tomó la partitura y, sobre la letra de Lamartine, como buena católica y con mucho esfuerzo, logró ajustar la oración del Ave María en latín.

La señora le mostró la partitura con su adaptación a Gounod quien se entusiasmó no solo por el trabajo realizado, sino por la finura de espíritu de la señora que, de forma tan sutil, le indicaba al pretendiente no equivocarse con su hijastra. De inmediato la obra, con su nueva letra dedicada a María y en latín, fue un éxito rotundo y ha sido interpretada desde entonces por miles de músicos y cantantes. A recordar la imperecedera interpretación de Barbra Streisand de 1967.

Como ya he mencionado con antelación, Gounod es más reconocido por el Ave María aunque ni lejos es su única obra. También muy famosa es su ópera Fausto, considerada como la más importante ópera lírica de Francia. Es necesario decir que tampoco Fausto logró la fama en su presentación al público parisino. Con la caída del Segundo Imperio, Gounod emigró a Inglaterra donde la presentó nuevamente. Fue el público londinense quien supo bien aquilatar esta ópera y, en particular, su reina, la famosa reina Victoria.

Desde entonces, este Ave María es conocido por todos como uno de los dos más importantes Ave María jamás compuestos y que conocemos como Ave María de Gounod-Bach.

(*) Traductor, intérprete y  filólogo; correo  electrónico: altus@sureste.com

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