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El Bautista por fin llega a Maqueronte

Uno, dos, tres... por la adultez

Antonio Alonzo Ruiz(*)

Pisábamos ya la ribera oriental del Mar de Sal. Una suave llovizna hacía menos árida la temperatura.

A la vista, elevada a más de 700 metros de altura, estaba imponente la fortaleza de Mishnaqa (Maqueronte).

Se erguía entre dos valles derramados a sus pies por el Norte y por el Sur. Cuatro pétreas torres, de más de 30 metros de altura cada una, hacían guardia día y noche en cada uno de los puntos cardinales de la colina.

Era un majestuoso palacio, medía más de 100 metros de Oriente a Poniente y más de 70 de Norte a Sur.

Una extensa muralla enclaustraba toda la cima de la montaña cubriendo más de seis mil metros cuadrados de superficie.

Al costado Noreste de la montaña se extendía una vasta ciudadela, fortificada con murallas y torres y comunicada a la fortaleza a través de una amplia y empedrada calle en subida.

La fortaleza tenía muchas entradas y salidas —algunas de ellas secretas— pero la puerta principal era la del Oriente, por ser tocada antes que ninguna otra por los rayos del Sol.

Cassius Quera, quien era jefe de la guardia pretoriana, envía una avanzada a la fortaleza para avisar de nuestra llegada.

Por fin, los mezclados ruidos —graves y agudos— de las grandes bisagras de la gran puerta del sol, parecían ponerle fin a nuestra larga espera. El profeta, querido lector, había sido alcanzado por su destino.

Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento. WhatsApp: 9993-46-62-06. @delosabuelos Antonio Alonzo

 

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