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El descubrimiento del Laocoonte

Franck Fernández Estrada (*)

Las mañanas de enero en Roma son frescas, incluso frías. El 14 de enero de 1506 no fue una excepción. Cerca de la iglesia Santa María la Mayor, en terrenos que pertenecían a Felice de Fredis y que en ese momento eran un viñedo, los trabajadores encontraron un grupo escultórico. Se le dio la información al Papa, quien a su vez ordenó a Giuliano de Sangallo, escultor y arquitecto, junto a Miguel Ángel, a echarles un vistazo.

El padre de Giuliano, quien los acompañó, al verlas exclamó: “Este es el Laocoonte del que habla Plinio”.

Plinio el Viejo fue un escritor y militar que visitó el palacio del emperador Tito hacia el año 70 de nuestra era y dejó por escrito una detallada descripción de esta obra que se creía desaparecida.

En este emplazamiento estuvo el Domus Aurea, el gran palacio que pidió construir Nerón. Podemos deducir que fue este emperador el que instaló en su palacio esta hermosa obra. En esos terrenos, después, Tito construyó su propio palacio. Pero, para entender esta historia, tenemos que remontarnos a muchos siglos antes.

A la boda de Peleo fue invitado todo el Partenón griego. Todos los dioses se presentaron, pero en la lista de invitados se olvidó agregar a Eris, diosa de la discordia.

Ofendida y haciendo gala del sentimiento del que era diosa, tiró a la mesa de los comensales una manzana de oro con la inscripción: “Para la más bella”. Ahí estaban las tres principales diosas entre los griegos: Hera, esposa de Zeus y diosa del matrimonio, la fertilidad y la tierra; Afrodita, diosa de la sensualidad y del amor, y Atenea, diosa de la sabiduría, la guerra, las ciencias y la justicia. En un arrebato de vanidad, las tres se consideraban la más hermosa, por lo tanto, dignas de la manzana.

Pronto comenzó la disputa y Zeus, no queriendo tener problemas con ninguna de las tres, mandó a buscar a un mortal para que decidiera a quién se la entregaba. El escogido para realizar la elección fue Paris, hijo de Príamo, rey de Troya.

Cada una de las diosas ofreció lo que le daría a cambio a Paris si se le entregaba la manzana en un verdadero acto de corrupción. Heras le propuso un feliz matrimonio y muchos hijos. Atenea le propuso ser vencedor en todas las batallas en las que participara e incluso ser rey de Asia, y Afrodita le propuso el más profundo e incondicional de los amores.

Paris optó por esta proposición de Afrodita. A ella le entregó la manzana de oro y la diosa quedó deudora para con Paris hasta que este se encontró con Helena, esposa de Agamenón, rey de Esparta. De inmediato quedó Paris subyugado por esta hermosa mujer y le reclamó a Afrodita el favor que le debía. Helena quedó como embrujada de Paris, él la raptó y se la llevó a su reino, a Troya. Agamenón recurrió a la alianza que tenía con todos los otros reyes griegos y les exigió que le acompañaran en una guerra contra el reino de Troya.

Diez años duró esta guerra y, ante la imposibilidad de que un bando venciera al otro, los griegos optaron por la estratagema de, a modo de reconocimiento por su valentía, dejarles como regalo un inmenso caballo de madera que colocaron a las puertas de la amurallada ciudad de Troya. Creyendo los troyanos que los griegos se rindieron y huyeron, entraron al caballo y festejaron la victoria. Cuando todos estaban dormidos a consecuencias del generoso consumo de vino usado para festejar el fin de las hostilidades, desde las entrañas del caballo salieron los soldados griegos que, a sangre y fuego, destruyeron la ciudad de Troya.

Seguramente algunos lectores ya habrán entendido ahora el significado de “Caballo de Troya” utilizado en informática para nombrar a un tipo específico de virus.

Ahora bien, hubo alguien que veía en este caballo una clara estratagema de parte de los griegos para doblegar la valentía de los troyanos. Esa persona era Laocoonte, sacerdote que era de Apolo.

Debo aclarar que, en esta guerra de Troya, los diferentes dioses tomaron partido y ayudaban o castigaban a los humanos. Para que Leocoonte no convenciera con su palabra a los troyanos de no entrar al caballo dentro de la ciudad, esa mañana al dirigirse a la orilla del mar para realizar unos ritos a Poseidón en compañía de sus dos hijos, la diosa Atenea, aliada de los griegos, envío dos enormes serpientes marinas que saliendo del mar envolvieron a sus tres víctimas. La muerte fue por envenenamiento y estrangulación.

Este episodio fue el momento escogido por los artistas para dar vida a este inmenso bloque de mármol y representar la agonía del sacerdote y sus dos hijos. Y cuando hablo de artistas es que no uno, sino tres maestros trabajaron en esa obra, reconocida como obra maestra de la escuela de Rodas del perÍodo helenístico.

Este conjunto fue tallado en un solo bloque de mármol, teniendo 2.45 metros de alto. Al descubrir esta obra descrita por Plinio, de inmediato Miguel Ángel y Giuliano de Sangallo aconsejaron al Papa comprarla para adornar el Vaticano. Tras corta negociación fue comprada por Julio II por la suma de 600 ducados y desde entonces se encuentra en el Patio Octagonal del Museo Pío-Clementino del Vaticano, siendo una de las primeras obras en formar parte de la colección vaticana.

En el momento de su descubrimiento, al conjunto le faltaban algunas partes. Por ejemplo, los brazos derechos de Leocoonte y de uno de sus hijos y la mano derecha del otro. También faltaban algunos pedazos de las serpientes. En el grupo inicial de personas enviadas por el papa Julio II a observar la obra descubierta, había un artista que dejó testimonio con su dibujo del estado en que se encontraba la obra en ese momento.

De esto famoso grupo escultórico se realizaron varias copias. Una de ellas a solicitud del papa León X que fue enviada de regalo a Florencia y que hoy se puede ver en la Galería de los Uffizi de esa ciudad. Otra copia fue realizada a petición del rey francés Francisco I que mandó a hacer moldes en los que se fundieron una versión en bronce y que hoy se puede ver en el Palacio de Fontainebleau a las afueras de París. Existe otra copia en los jardines de Versalles.

El descubrimiento del Laocoonte con sus hijos fue muy importante en el decursar del arte. En esos momentos, el mundo vivía un redescubrimiento de los valores estéticos de los antiguos clásicos griegos. Es lo que conocemos como Renacimiento.

En el caso de Miguel Ángel, el estudio de Laocoonte influyó de manera decisiva en su obra, en particular al esculpir el Moisés que hoy podemos ver en la Iglesia San Pedro ad Víncula.

A lo largo de la historia del arte, esta leyenda de Laocoonte y esta estatua  han sido temas de inspiración para artistas. Una muestra de ello es la pintura realizada por El Greco y que hoy podemos ver en la Galería Nacional de Washington.

Laocoonte es el testimonio del castigo al que podrían ser sometidos los humanos por algún agravio, desobediencia o incluso algún celo de los dioses de la antigua mitología griega.

(*) Traductor, intérprete y filólogo.
altus@sureste.com

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